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Crédito: Rageforst

Una fortaleza, un oásis de tranquilidad en medio de la árida y bulliciosa zona de Buenavista. La Biblioteca Vasconcelos  me recordó, aún antes de conocerla, aquella historia de Borges “La Biblioteca de Babel”. Ciertamente es más impresionante en vivo que por medio de fotografías.

Al traspasar esa enorme puerta, entra uno a otro mundo, otro lugar, de contrastante frescura y tranquilidad. Serenidad relativa, ya que un bullicioso conjunto de voce, pertenecientes a los visiantes,  llena el amplio espacio del vestíbulo que presenta exposiciones varias. Hay un esqueleto de alguna creatura gigantesca  que no logré identificar, pero se pierde en la inmensidad del edificio.

La biblioteca es enorme, es gigantesca, es impresionante . A menos que sepas a lo que vas ¿por dónde empezar? Yo sólo estaba segura de que buscaba algo sobre la Historia del Arte. Consulté el mapa…¡séptimo piso! Un elevador me llevó rápidamente a mi destino.

Un piso y tres edificios para mi interés particular.  Al salir del elevador pude ver a través de una ventana el perfil de la ciudad, sus edificios, torres, un mar cubista de construcciones grises. En lo más alto ya no había ruido, pero tampoco un silencio sepulcral. Por los balcones se filtraba el sonido lejano de la música del Tianguis de El Chopo con canciones rancheras y la voz de una animadora que no sé de dónde vendrán. La abandonada, melancólica Torre de Banobras al poniente; las torres de Catedral y otra cúpula que no identifiqué al oriente. Y frente a mí el esqueleto desnudo de la próxima plaza que se construirá para el Tren Suburbano.

Cómodos sillones y una gran cantidad de sillas y mesas, en espera de que alguien las ocupe, lucen abandonadas. No debía de haber más de una veintena de lectores en todo el piso. La mayoría junto a sus laptops trabajaba en algún proyecto, ví por allí a un muchacho que observaba con detenimiento copias fotostáticas  de un libro de Leonardo Da Vinci.

Recorrí los estantes sin acercarme mucho al centro, donde el vacío me producía vértigo. La misma sensación de saberse de pie sobre unos gruesos vidrios que estaban casi suspendidos sobre la nada era un poco inquietante, pero después de un rato es posible ignorarla.

Libros, muchos libros. No tan especializados como yo lo querría, pero sí muy interesantes. Había un ejemplar muy grande de las Miniaturas de la Catedral Metropolitana. Había otro casi imposible de cargar sobre Leonardo Da Vinci. Había de todo un poco, libros sobre pintores, libros sobre teoría del arte, biografías, tratados, libros ilustrados, etc. Recorrí todo el edificio oriente hasta llegar a su extremo. Allí había un gran ventanal desde que se podía observar el norte del Valle de México. Y a lo lejos, la música de El Chopo y la del mariachi misterioso, llevados hasta arriba por la brisa, aunque ya muy atenuados, como en un sueño. En una esquina un sujeto roncaba a pierna suelta sobre un sillón. Una gotera en el techo había dejado un charco difícil de ignorar en el suelo.

Regresé por el otro lado de la estantería, examinando rápidamente cada uno de los libros. Hasta entonces no había tomado ninguno porque no había sentido el impulso de hacerlo. Entonces lo ví. “Paseos coloniales” de Manuel Toussaint. Sin dudar me arrodillé para remover de su cómodo espacio aquel libro empastado en rojo. Lo abrí. Me llegó el olor a nuevo combinado con el del indiscutible polvo acomulado. “Porrúa 1985″ decía la portada. Un libro pocas veces utilizado o tal vez nunca consultado, sentí la necesidad de acariciar sus páginas intactas. Aunque suene ridículo pensé lo triste que debe ser para un ejemplar como ese permanecer para siempre impecable por el abandono en alguna estantería. Estar por la eternidad en silencio, cuando lo que él más desea es que alguien lo abra, lea sus páginas, las disfrute para que él pueda cumplir con su misión y así vivir en el alma de quien lo lea. (Ya sé que suena ridículo y cursi…)

Me senté en uno de los sillones y al leer las primeras páginas me conmoví. No por lo que dijera, sino por el hecho de que me encontraba en un lugar donde me sentía como en casa. En el silencio, sobre la ciudad, los usuarios estudiosos, hasta el tipo roncando en una esquina. Las palmeras de Insurgentes se movían, debajo tenía un gran jardín que pertenecia a la biblioteca, la brisa y los murmullos…

Dejé a Manuel Toussaint y proseguí mi visita, pero sentía dentro de mí una especie de tranquilidad que no podría describir. Ví más estantes y cuando llegué al fin regresé a algunos sitios a echarle una ojeada a otros ejemplares que me interesaban. No me entretuve demasiado, ya era tarde y tenía hambre. Bajé los siete pisos, pregunté algo en la recepción y retorné a ese mundo ruidoso y árido que me esperaba afuera.

Si pueden vayan a la Biblioteca Vasconcelos. Tienen una hermosa vista de la ciudad y un lugar tranquilo para estudiar. Estoy segura de que yo pasaré no pocos días allí en el futuro.

 

Ya estuvo bueno

La verdad yo pensé que estaba amargada…hasta que conocí Twitter. Si usan este servicio de microblogging se habrán dado cuenta de la avalancha de twitts negativos al respecto de este 15 de septiembre. Que no hay nada que celebrar, que el país está hecho un asco, que pura mercadotecnia, que hay que darle la espalda a nuestros gobernantes, que hay que mentársela a Calderón, que México no tiene nada de bueno, que los impuestos, que la madre que los parió, etc.

Antes esto solo puedo decir que pues qué flojera, llega un momento que empiezo a leer dichos comentarios y…me da flojera. O sea ¿qué no tienen algo más que decir?¿Hacen algo para cambiar las cosas o sólo  twittean desde su comodidad de niños de clase media-alta? Decir insultos es liberador pero cuando eso pasa a cada momento se vuelve repetitivo, pierde el sentido y te da una muy mala imagen. ¿Ustedes creen que el verdadero “pueblo” se la piensa tanto? No, el verdadero pueblo que quesque les importa tanto está más ocupado en comer y luego celebrar.

Nuestro país tiene muchos problemas, pero tiene cosas buenas, y aunque yo también reniegue de aquí, lo quiero y estaré con él en las buenas y en las malas. Los que dicen lo contrario pero no se pueden salir de aquí deben sufrir mucho, pobrecitos. Supongo que no son tan chingones como se creen, de otra manera ya estarían ganando los millones en Silicon Valley.

En fin. Yo veo esta situación de crisis como algo bueno. El momento en que podemos cambiar definitivamente porque no tenemos de otra. Creo que nuestro problema es que el pasado es un grillete muy pesado que no nos deja avanzar. No podemos modernizar PEMEX porque “EL PETRÓLEO ES NUESTRO CHINGADA MADRE” nomás por lo que pasó hace 80 años.  No puede el gobierno darle de madrazos a una bola de pelagatos que están bloqueando la calle porque tiene miedo a ser etiquetado como represor gracias a lo que pasó en el 68. Se ve con desconfianza hacer negocios con los gringos o los españoles por ondas de hace más de cien años. Y mientras la India y Brasil y China pactan con sus antiguos “conquistadores” y avanzan poco a poco, viendo hacia el futuro, México se estanca en su propio lodo, regodéandose en el placer de la flagelación, porque entre peor te vaya y te trate mal la vida y te pasen miles de desgracias, más pretextos para que los otros se compadezcan de tí, y sobre todo tú mismo tengas razones para justificar el no haber hecho muchas cosas con tu vida.

Yo creo que ya estuvo bueno. Este país está contaminado, colapsado económicamente, lleno de ratas que se comen sus entrañas. Este México no es el que quisimos ser, no es el México que se prometía en los libros de texto, avanzado, civilizado, de primer mundo. No lo es y hay que aceptarlo. Hay que llorar ese país que nunca pudimos ser, para poder aceptar, comprender el México que somos, el que nos tocó cambiar a los que estamos ahora. No hay que olvidar el pasado, pero ya no hay que permitir que nos lastime e impida avanzar, tiene que dejar de ser una loza muy pesada, hay que dejar de vivir en el pasado, aceptar el presente y planear el futuro. Si no, dentro de treinta años estaremos haciendo lo mismo: sentadotes en un sillón renegando de los chinos que nos explotan.

¡Viva México!

Mil disculpas por no haber posteado inmediatamente, pero ya saben, cosas de la vida.

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Las semanas transcurrieron en ardua actividad, mientras uno a uno los encargos se terminaban, entregaban y cobraban. Don Cristóbal de vez en cuando tenía obligaciones sociales que le hacian abandonar su trabajo durante algunas horas; generalmente su mujer lo presionaba para que se fuera a sentar a su lado mientras entretenía con chocolate y bizcochos a las visitas que le encantaba mantener en su casa.

Unas veces esto le parecía fastidioso, pero no faltaba la ocasión en que recibiera en su taller a viejos amigos. Tal era el caso de su otro compadre, un tal Pedro Palotes, maestro dorador, buen hombre que había tenido buenos clientes en el pasado pero que los había perdido gracias a su afición a la botella. Aunque alegre, se notaba en él la necesidad de obtener algún dinero. Su buen amigo Cristóbal no dudó en echarle una mano y antes de que pasaran tres días, fray Bartolín decidió que el marco en el cual se montara el lienzo de San Miguel sería encargado al taller del Maestro Pedro.

Los meses pasaron. Sería redundante decir cuánto se trabajó en ese tiempo. Mejor lleguemos a la parte donde San Miguel Arcángel recibió las últimas pinceladas que le otorgaron más gracia de la que ya de por sí tenía. El cuadro partió hacia el taller de don Pedro, donde recibió un primoroso marco de cedro con hoja de oro, con decoraciones vegetales, vides, hojas, flores, además de pequeñas cabezas de querubines. Los frailes alabaron durante años la destreza de la ejecución del tallado de las figuras; quién podría pensar que habían sido esos indios callados de ojos tristes, que con trabajos hablaban la castilla, los artífices de tan maravillosas primuras.

Un frío día de finales de Noviembre de 1709, con gran pompa y ostentación, la remodelada Iglesia de los Pepinianos  reabrió sus puertas a lo más selecto del Virreinato, celebrando una misa imponente. Allí estaban en primera fila representantes de otras órdenes, funcionarios del Ayuntamiento, nobles y miembros de la Universidad. Pero más importantes eran el Arzobispo y el Virrey que escucharon con devoción el sermón. Don Cristóbal los vió desde los últimos lugares, con la curiosidad de quien mira a un personaje de interés; sin embargo nunca se esperó que terminada la misa ambos guiados por fray Bartolín, se detuvieran a examinar el retablo principal y los cuadros que decoraban las capilla lateral. Se detuvieron por un par de minutos frente a su San Miguel; por la expresión que tenían en sus rostros -menos aburrida- nuestro Maestro dedujo que les había llamado la atención. Todavía estuvieron dentro de la iglesia por una media hora, cuando se despidieron con efusividad del prior de los Pepinianos que no cabía en sí de orgullo. En una carta enviada unos días más tarde, felicitaba muy entusiasta al pintor diciéndole que sin duda su cuadro había añadido gallardía a su templo.

Aquel triunfo obtuvo los resultados esperados. Pronto personajes tan acomodados como el Marqués de Testagrande le encargaron copias de su obra, pagando generosas cantidades por ello. También había peticiones más modestas, como la de un Bachiller que lo quería para su hacienda, o del párroco de Nopaltultepec que quería ponerla en su sacristía. Dependiendo de la importancia del que pagaba, nuestro Maestro ponía más o menos atención a cada una de las copias. Así, el trabajo para el Marqués fue casi completamente de hechura suya, con algunos elementos pintados por Tomás. Otros como el del Bachiller, se lo dejaba a su oficial para que hiciera una buena parte del mismo, y en cuanto al del párroco de Nopaltepec, era casi todo obra de Tomás, que imitaba tan bien su estilo que nadie nunca habría notado la diferencia. Si existían encargos aún más modestos lo más probable es que algún otro oficial del taller lo llevara a cabo  con la ayuda de algún aprendiz lo suficientemente experimentado. Cristóbal los supervisaba todo el tiempo,por lo cual nadie podría decirle que pecaba de perezoso, sino que  simplemente debía de relegar el trabajo a otros porque no se daba abasto.

Durante el resto del año el dinero llegó y llegó sin problemas. El día del cumpleaños de nuestro pintor éste organizó una alegre fiesta para celebrar la buena fortuna que había tenido últimamente. Invitó a sus compadres, a sus parientes, a sus colegas de oficio -algunos se morían de envidia, por eso mismo los quería allí- que degustaron de buena gana una incontable cantidad de carnes, frutas, fritangas, un par de cerdos y carneros, además de enormes cantidades de vino que corrían libremente por las gargantas. Ya entrada la noche alguien trajo unas cuantas guitarras y se improvisó un sarao que tuvo a todo mundo de bueno humor durante la madrugada.

Los oficiales y aprendices también asistieron, divirtiéndose de lo lindo. Ya entrado en alcoholes a don Cristóbal se le ocurrió que sería una buena idea anunciar sus intenciones de casar a su única hija viva, su única descendencia, con Tomás.  Pero suposo bien que ella se mortificaría de vergüenza ante sus amigas si lo hiciera en ese momento. No, era mejor esperar a que el joven pagara la cuota correspondiente, hiciera el examen para convertirse en Maestro y fundara su propio taller. Con su ayuda económica y moral, hablando bien de él con sus compañeros pintores, aunada a su propio talento -que tenía mucho, lo aceptaba- no tendría problemas en pasar la prueba. Y cuando eso sucediera, estaría en condiciones de casarse con su hija, que sería el eslabón de sangre que lo uniría por siempre a su taller.  Le era tan útil que estaba dispuesto a todo con tal de conservarlo, para que no se independizara y se fuera lejos. Si para eso había que casarlo con la pequeña María, la daba con gusto. De todos modos ya sabía que le estaría demasiado agradecido como para rechazar un acuerdo tan conveniente.

¿Qué pensaba Tomás? Sospechaba de las intenciones de don Cristóbal desde seis meses atrás, cuando por una razón u otra éste le echaba a la chica por delante, o le hablaba acerca de sus virtudes, o de la conveniencia de entrar en el estado matrimonial, a la par que  le comentaba lo bien que estaban trabajando los dos juntos, que esperaba que cuando fuera Maestro siguieran con tan buena relación, que allí siempre sería bienvenido, etc. Nuestro oficial era práctico; obtener el más alto grado en el Gremio había sido su ambición. Si debía casarse con una adolescente que no tenía malos bigotes -y con algo de buen humor hasta podía ser guapa- para entrar a la familia de Salazar, trabajando en conjunto con su futuro suegro, quien le daba estabilidad y renombre, hasta la muerte de éste -que esperaba sucediera en un tiempo conveniente- cuando heredara su taller…lo haría. Aunque a la próxima suegra esto le pareciera abominable.

¿Y qué decía la pequeña María? Ni tan pequeña. A los catorce años había visto morir a todos sus hermanitos de enfermedad o de frío. A veces se molestaba por no haber nacido hombre para continuar con la tradición artística de su padre y su abuelo.  Criada entre pintores esperaba casarse con uno, famoso por supuesto, que le regalara joyas y sedas. Fantaseaba con ser íntima de la Virreina. Tomás no era precisamente lo que esperaba, pero era talentoso, ambicioso, tenía el aval de don Cristóbal y ella esperaba que progresara incluso más que su progenitor. Así que por ella estaba bien.

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Conclusión.

En éste texto fantasioso pasado de lanza intenté mostrar todos los aspectos del trabajo del pintor en la Nueva España.  Quise plasmar lo difícil de este oficio, cuando en aquellos años los “artistas” eran considerados artesanos de mayor categoría. Si lo tomamos con un grano de sal, podemos considerar a estos pintores como los diseñadores gráficos de su tiempo. A través del lenguaje visual (cuadros) comunicaban a los espectadores el mensaje que los que encargaban querían transmitir (mover a la devoción, estar prontos a luchar contra el mal a través del ejemplo de San Miguel) al mismo tiempo que demostraban su estatus en la sociedad (los Pepinianos son mejores que los Jícamos porque tienen una mejor iglesia con mejores cuadros).  Si les iba bien, tenían trabajo para rato, lo que hacía que los Maestros  extendieran sus talleres, admitieran más aprendices y subieran a más oficiales, quienes los apoyaban en la producción de sus obras. Se les pagaba por hacer las cosas; dependía de su talento, de la manera de ejecutar los temas para complacer a sus “clientes” el éxito que pudieran obtener en vida. Se guiaban, “inspiraban” o basaban sus composiciones en creaciones del pasado, algo que los diseñadores de hoy en día también hacemos. Y le daban duro a su chamba.

También representé las relaciones de sangre yfamiliares que muchas veces unían a los miembros de los gremios. Sólo que esto sí ya no aplica en nuestros días, ¿o ustedes se casarían con otros diseñadores para compartir el trabajo?

Espero que les haya gustado este relato, y si no pues no me odien. Buenas noches.


Pues como ya mencioné en el post anterior, decir “artista” hace unos cuantos siglos implicaba, sí talento pero además mucho trabajo organizado y matado que no obedece al ideal que tenemos hoy en día de estas personas como seres atormentados tocados por la inspiración.

En la Nueva España como en el resto del mundo, al menos en lo que se refiere a la pintura, la actividad “artística” estaba regida por la organización medieval del Gremio. Ésta era una especie de institución que agrupaba a gente que se dedicaba a lo mismo; había un gremio de armeros, de plateros, de escultores, etc. Una de las figuras principales del Gremio, si no la base, era el Maestro, un experto en su oficio que tenía un taller a su cargo donde trabajaban oficiales y aprendices.  Éllos eran el eslabón más bajo de la “cadena alimenticia” , niños y adolescentes a los cuales se les enseñaba a trabajar; a medida que aprendían podían llegar a ser oficiales, y éstos, Maestros en sí mismos siempre y cuando pasaran un examen aparte de pagar una cuota.

Para ejemplificar esto me tomé la libertad de crear una historia con personajes ficticios, ubicada en la ciudad de México. ¿Porqué 1709? No sé, ese año me gustó.

——Un cuadro del Pepino (nombre sujeto a cambios o sugerencias)——

En una fría mañana del año de 1709, el maestro don Cristóbal de Sandoval no ponía atención a la misa, y con riesgo de condenar su alma no dejaba de pensar en la cita que tendría más adelante con  el Prior del convento de la orden de los Pepinianos.  De modo que en cuanto el cura los libró de sus obligaciones religiosas, salió con rapidez de la iglesia y se dirigió a su hogar que quedaba a tan sólo tres casas de la misma. Impacientemente devoró el desayuno consistente en panes, carnes y chocolate mientras su mujer le recriminaba sutilmente su aire distraído de esa mañana, pero como solía suceder desde hace unos quince años, no le puso atención. Acto seguido se dirigió al cuarto que hacía las veces de estudio, tomó la carta repasando los destalles, se ciñó la espada, se ató la capa, se puso el sombrero y salió a la calle.

Recorrió un par de cuadras esquivando los charcos de agua puerca de la ciudad, así como a los vendedores de todo tipo de mercancías y a los ociosos que se paseaban. Rápidamente llegó al convento de San Pepino, que era uno de los más importantes de la ciudad. El prior lo recibió todo amabilidad planteándole el asunto mientras degustaban algunos dulces enviados como regalos por las santísimas monjas Caramelas.  Resultaba que, como era de dominio popular, se estaba remodelando una capilla lateral de la iglesia de los Pepinianos; el retablo ya se estaba construyendo pero había que decorar algunas paredes y el prior, conocedor del trabajo del maestro, quería que éste elaborara un cuadro de San Miguel Arcángel derrotando a Satanás.

De haber sido más joven, don Cristóbal habría saltado a sus brazos por pura alegría, pero a su edad ya había aprendido a templar su carácter, así que luego de agradecer la oportunidad moderada y efusivamente a la vez-un arte que pocos dominan- acordó reunirse posteriormente con fray Bartolín -que así se llamaba el ilustre personaje-  para elaborar un contrato. En esos menesteres estuvo toda la semana, entrando y saliendo de su casa que también albergaba su taller, llevando a un compadre que era Licenciado, negociando los términos en que se llevaría a cabo el encargo, los pagos, los detallitos, la letra chiquita y demás. Una vez firmado el documento nuestro maestro se puso a trabajar, no sin antes recibir de muy buena gana un generoso adelanto por parte de su nuevo cliente.

Con éste dinero en la mano mandó a llamar a Tomás, que era su oficial preferido. Con tan sólo 20 años,  se había convertido en la mano derecha de don Cristóbal, quien confiaba en él plenamente, o al menos tanto como se podía en el hijo segundón de una india cacique y un español con trazas de moro*. Aún recordaba cuando se lo trajeron hace casi diez años, todo él un manojo de nervios y torpeza, pero el maestro había visto algo en él que lo llevó a enseñarle con particular atención. Tal interés había rendido sus frutos, ya que el joven  le era muy útil, podía delegar en él responsabilidades que no habría dejado a ningún otro, ni siquiera a oficiales de mayor edad. A él le ordenó mandar a preparar el lienzo sobre el cual habría de pintar, además de supervisar  la creación de los pigmentos en lo que el Maestro le daba los toques finales a encargos que ya tenía atrasados, como una Inmaculada para una iglesia en Oaxaca o una Dolorosa para los jesuitas de Santa Lucía. También tenía atorada una serie de pinturas que versaban sobre los siete Dolores de la Virgen, pero como los que se la habían encargado (los de la Cofradía del Chocorol) eran bastante necios para pagar y soltar dinero decidió suspender el proyecto hasta que todo se arreglara.

También sacó su colección entera de estampas y grabados, los cuales le servirían de referencia a la hora de crear la pintura.Para la cabeza de San Miguel eligió una de una estampa flamenca, para el cuerpo, otra pero italiana y para la Satanás separó una de un grabado español. El fondo sería negro con nubes iluminadas por una luz divina, lo usual.

En pocos días estuvieron listos el lienzo, las pinturas y los pinceles, elaborados por los aprendices que trabajaban en el taller.  Fueron éstos, junto con los oficiales, quienes detuvieron sus actividades por un instante para observar en silencio cómo él con toda su autoridad daba la primera pincelada. Estuvo unos segundos dudando, concentrándose a pesar de tener el boceto en la mano. Luego, simplemente comenzó. Los demás mirones suspiraron, aliviados, se rascaron la espalda o se sacaron un moco, y volvieron a su trabajo.

Las semanas pasaron. Don Cristóbal empleaba la mayor parte del día en San Miguel porque se trataba de un encargo muy importante que tal vez le abriría las puertas a mejores oportunidades. Nadie se atrevía a molestarlo a menos que fuera muy necesario. Debido a esto las figuras empezaron a aparecer rápidamente en la tela, una mañana se perfilaba el rostro, se insinuaba suavemente y en la tarde adquiría ya facciones. Poco a poco se le agregaban las luces y las sombras, se moldeaban los labios y los ojos, los rubios bucles que caían a sus lados. Lo mismo pasó con el poderoso torso, los musculosos brazos que blandían la lanza, o las brillantes alas. De Satanás ni hablar, fue pintado con tal maestría que la sirvienta de don Cristóbal se sobresaltó al verlo. Él se sonrio, sin duda a fray Bartolín le iba a gustar.

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Como ésta entrada ya se extendió, dejemos la conclusión para mañana.
*es lo que pensarían en aquel entonces criollos como Cristóbal, no es lo que pienso yo

En otro día en mi ociosidad me acordé que en la Universidad tuve uno de esos típicos compañeritos de diseño que querían hacer todo de manera “artística” y “conceptual”. O sea que hacía cada jalada extraña cuando podía, sin importar que el diseñito que creara tuviera algo que ver con la necesidad que se supone debería resolver (p. ej. una caja de cereal). Los que estudiaron diseño ya habrán identificado a éste tipo de personajes, que más bien se malviajaban por ir a La Esmeralda pero como no lo lograron se metieron a la carrera y no comprendieron dónde andaban y siempre tuvieron problemas por eso.

Nosotros vivimos en la concepción romántica del artista, a saber, un sujeto que vive en las más extremas y terribles condiciones, atormentado, desaliñado, genial y loco que se la pasa sufriendo por no poder crear hasta que un día tiene una chispa de inspiración, trabaja incansablemente sin comer ni dormir hasta que termina su obra. Luego con muchas dificultades la exhibe, recibe la crítica no siempre favorable, sufre por no ser comprendido y después de mucho tiempo alguien se da cuenta que sus creaciones son la gran cosa, lo presentan en todos lados y vive feliz (entre comillas) para siempre. En pocas palabra, hace lo que se le pega la gana y el mundo puede irse al diablo por no entenderlo.

Sin embargo después de haber leído e investigado sobre la historia del arte, he llegado a la conclusión que en realidad, ésta estampa que tenemos no es mas que algo bastante reciente y que durante muchos siglos los que llamamos “artistas” han desempeñado su labor impulsados más por el esfuerzo, la constancia y la dedicación, aparte de la necesidad monetaria, que por la llamada “inspiración”.

Tomemos de ejemplo a Miguel Ángel. El sujeto no pintó la Capilla Sixtina porque sintiera la imperiosa necesidad de hacerlo. Era su trabajo, su empleo, su chamba que alguien le había encargado, en éste caso la iglesia.  Alguien le pagó para que decorara esa Bóveda; la manera en que lo hizo se puede leer de distintas maneras pero el resultado es tan monumental y hermoso que simplemente no podemos evitar admirar al hombre que creó tal escena.


Tomemos el caso de otro personaje que es el máximo ideal de artista considerado por Hollywood y los creadores de Bets Sellers: Leonardo Da Vinci ¿De qué vivía?¿De inventar artefactos que no servían o de despanzurrar cadáveres para ver qué tenían adentro? ¡Pues de hacer chambitas! Pintando para la Iglesia, haciendo retratos de los cortesanos que rodeaban a su patrón Ludovico Sforza o diseñando las fastuosas fiestas que éste daba de vez en cuando. Después se daba tiempo de hacer lo que le interesaba, pero mientras tanto a darle a la pintura, con la cual, hay que admitir, llegó a alturas insospechadas gracias a su talento.

Podría sacar más ejemplos, pero si estudiamos un rato a los pintores entre los siglos XVI al XVIII podemos encontrar una constante sin importar nacionalidad. Un pintor era un hombre al cual cierta entidad, ya sea un personaje o una institución -generalmente la Iglesia- le pagaba para producir una obra que le serviría para ser exhibida ante un público. Dicha obra transmitiría algún tipo de mensaje al expectador, ya que no se trataba de un objeto meramente decorativo de carácter anecdótico. Por ejemplo, la nueva y pujante burguesía de los Países Bajos  le pagaba a alguien para retratar a los miembros de las corporaciones  comerciales, vistiendo severos ropajes que daban cuenta de sus valores morales y religiosos, pero a la vez reflejando la riqueza de sus encajes, joyas y viviendas. No se quedaban conformes con preservar para la posteridad las facciones de sus integrantes, sino la importancia que ellos tenían para la sociedad en que vivían, expresada a través de la imagen.

O la Ilgesia española encargaba una gran obra donde se mostrara la grandiosidad y majestad de Dios y del Papa que era su emisario en la tierra, para que los que iban a los templos no sintieran la inquietud de escuchar las habladurías de los herejes protestantes.

En fin, que los pintores de aquellos tiempos eran hombres que se tomaban muy en serio su trabajo, sin importar de dónde fueran.  Su labor era, como dijo Edison “90% transpiración, 10% inspiración”. Se les empleaba para resolver la necesidad de comunicación gráfica de sus “clientes”. ¿Les suena familiar?

¿Y en la Nueva España, qué pasaba? Eso lo veremos en nuestra próxima entrada.

San Juditas me odia

Nunca he sido una persona que crea en cualquier asunto relacionado con milagros, apariciones, santitos y demás cosas. Desde pequeña mi educación, residuo del pasado comunista-light de mis padres me inculcó un gran escepticismo hacia todo ese tipo de cosas. Es más, incluso de más joven yo detestaba enormemente aglomeraciones de gente acudiendo a pedirle a X o Y entidad celestial milagros de todo tipo. Hasta dicen que cuando tenía la tierna edad de 6 o 7 años hice un dibujo del cura Hidalgo con su estandarte que decía QUE NO VIVA LA VIRGEN DE GUADALUPE

El hecho es que simple y sencillamente no me gustan ni las peregrinaciones, ni las procesiones, ni las  misas multitudinarias. Si no me gusta mucha gente en un mismo lugar, mucho menos eventos donde hay miles de personas reunidas por una causa que considero absurda.

Desde hace algunos años, por cuestiones de trabajo, tengo que pasar diario por el centro y más específicamente por el Metro Hidalgo. ¿Y qué templo está a las afueras de dicha estación? Adivinaron, el de San Hipólito, mejor conocido por ser de los principales donde se ejerce el culto a San Judas Tadeo, el santo de las causas imposibles, que usa una túnica blanca con verde y tiene una flamita sobre la cabeza cual Pokemón.Quesque es muy milagroso y no se que, el hecho es que es harto popular por estos lares.

Por si no lo sabían el 28  de cada mes es SU DÍA (¿conocen a un santo que tuviera tantos días al año? ese compa de veras debe ser bueno en su chamba) y cuando eso pasa, torrentes de personas de no muy confiable apariencia se lanzan hacia la pobre iglesia barroca cargando imágenes de distintos tamaños, atascadas de escapularios, cuentitas de colores, rosas y demás. Generalmente son jóvenes a los que denominaré “fans” porque visten playeras negras con el dibujito de Judas que además exhiben la oración correspondiente. Y en no pocos casos de ellos puedo decir que me daría miedo encontrármelos en una calle oscura en la noche, esas caras se cargan. Supongo que entre ellos debe haber raterillos y criminales de verdad, y  sus culpas han de ser directamente proporcionales al tamaño del San Judas que llevan cargando, algunos de ellos de escala casi natural.

Digamos que no me gustan esas multitudes, digamos que no me gustan esos ritos, digamos que no me agrada esa multitud en particular y el desmadre que causan en todos los medios de transportes de la región, entre los cuales se encuentra el Metro, noble limosina naranja que yo utilizo.

Pues resulta que este pasado martes llovía a cántaros, yo bajé en Hidalgo en la línea azul. Dada mi experiencia previa yo sabía que en transbordo a la línea verde, dirección Indios Verdes, iba a estar del vómito, cosa que se confirmó. Así que decidí tomar la ruta habitual, que es salirme del metro y abordar la pecera que me deja en mi casa. Alli empezó mi pequeño infierno, pues resulta que en mi gran inteligencia había olvidado que ese día se pone un horrendo tianguis garnachero frente al Templo de San Judas, desplazando a las peseras hasta un lugar indeterminado  que en medio de la lluvia, el aire y la multitud nunca pude divisar.

Verme contrariada casi me hace chillar de la desesperación. No podía regresar al Metro porque la bola de gente y vendedores de rosarios me tapaban la entrada, quise llegar hacia Reforma pero antes me tardé más de diez minutos en recorrer como 20 metros de terreno tapizado de puestos ambulantes de comida, basura, gente mojada, yo pisando charcos inmundos hechos de una mezcla de agua de lluvia ácida y fluidos de origen indeterminado con mis pobres lindos flats del Palacio de Hierro que tanto quiero, el líquido radioactivo empapando mis pies.

Al llegar a Reforma le pregunté a un Poli si sabía donde salían las peseras para mi casa, pero obviamente no sabía. Me tuve que subir a una que se fuera hasta La Villa, llena hasta las cachas de Fans From Hell de San Juditas con sus respectivas figuras de yeso, incluyendo un adolescente que llevaba una más grande que sí mismo (el chofer debió haberle cobrado pasaje también, IMHO). Yo mojada y de malas me mareaba por el aire encerrado del vehículo, maldiciendo a los mil demonios y santos de este país. Afortunadamente el trayecto no fue tan largo o de lo contrario sí me hubiera vomitado.

Cuando llegué a La Villa seguia lloviendo horriblemente. Mi paraguas chino extra chafa se deshacía con el aire, volví a pisar más asquerosos charcos provenientes de los puestos que rodeaban al metro hasta llegar a la entrada del mismo. Finalmente conseguí meterme al vagón deliciosamente vacío y pude llegar a mi casa, donde procedí a lavarme los pies esperando no haber contraído una nueva variedad de ÉBOLA JUDAISANO o a ver que.

Esa misma noche se murió mi PC, aunque después revivió. Conclusión: San Judas me odia. u_u

El sexenio del CHALE

Si en el futuro los rubicundos e ingenuos niños me preguntan “Oh decrépita anciana ¿cómo era la vida allá por el 2009?” yo les responderé que viví en el Sexenio del CHALE. ¿Y porqué lo nombré así, en honor a tan afamada palabra? Bueno, que levante la mano quién no ha dicho CHALE nada más viendo las portadas de cualquier periódico impreso, leyendo alguna noticia en internet o escuchando la radio. Las cosas están tan feas que CHALE es lo menos que llegamos a pensar.

De todos modos, éstas son mis razones para nombrar a éste Sexenio, el Sexenio del CHALE:

1.”Es la economía, estúpido”. Yo sé que el presidente Calderón no tiene la culpa de la crisis económica mundial que se avecinó. Pero bueno, por allí analistas y gentes sesudas dicen que la política económica del gobierno no está surtiendo efecto, otros dicen que se reaccionó tarde ante la situación, y otros que es una conspiración mundia blablabla. Tal vez don Carstens no actuó con la rapidez o la competencia que su puesto merecía, cosa que sorprendería ya que ocupó un alto puesto en el FMI y se educó en la Universidad de Chicago.

No comparto esa idea paranoica setentera tercermundista de que se están robando el dinero. Pienso en algo peor, que es que simplemente la gente que está en esos grandes puestos es medio inepta o campechana. Aunque ésta es sólo una opinión emitida al aire porque yo no sé absolutamente nada de macroeconomía; tal vez sí lo están haciendo bien pero como es costumbre quejarse de lo que uno desconoce , yo también lo hago. Mas incluso si su desempeño va por el camino correcto llego a la conclusión de que estamos bien fregados.CHALE

2. No hay empleos. Llevo ya un rato buscando chamba sin encontrarla. Las ofertas sí han disminuido aunque no tanto como pensaba; lo que sí es que los hambreados peleándonos por una vacante somos muchísimos más por lo que el porcentaje de probabilidad de quedarme con un puesto  ha disminuído. Éste no ha sido precisamente el Sexenio del trabajo, y ni se ve cuándo mejorará la cosa.CHALE

3. Narco War.Todos estaremos de acuerdo que ya era necesario ponerle un hasta aquí a esos delincuentes (a menos que tú seas un narco), sólo que para estos días lo único que hay de cierto es que esta Guerra es una GUERRA de verdad. Todos los días tenemos noticias de no se cuántos detenidos que supuestamente eran los meros meros de alguna organización delictiva. De decomisos gigantescos. Pero también de encajuelados, descabezados, ejecutados, balaceras, muertitos a diestra y siniestra. Personalmente yo ya tengo terror de viajar a algunos estados, andar por carreteras desoladas o pasar cerca de algún soldado o Policía Federal. Lo que parece es que al Preciso se le acabaron las ideas y se dedica a mandar a soldados a diestra y siniestra, como carne de cañón, cuando lo que se debería hacer es labor de inteligencia, de infiltración, operaciones encubiertas muy bien planeadas. A éste paso se va a acabar el Ejército (o se van a hartar) y patitas pa que las quiero.

Es triste pensar que la única organización -institución no podemos llamarla- cuyas partes están perfectamente bien coordinadas y organizadas, sin importar quién sea el jefe, es el narco. CHALE.

Dentro de éste rubro también debería incluir al crimen organizado. Ambos nos revelan lo corruptos que somos y lo descompuesta que está nuestra sociedad, pero mejor ya le paro porque ésto sí está traumante. Todo ésto nos lleva a pensar que tristemente ya no estamos seguros ni en nuestra casa, que son los criminales los que dictan cuánto debemos ganar, por dónde podemos pasar y en quién podemos confiar. CHALE.

4. Los partidos políticos. Sean quienes sean, los miembros de nuestros HDP Partidos Políticos sólo piensan en ellos, ellos y ellos. Seguro por allí debe haber un idealista que quiere cambiar las cosas, pero los otros grillos profesionales se los comen. Tener un Partido político es un negocio, si tu corriente no es la primordial no importa ya que seguirás teniendo ganancia. ¿Para qué inventar propuestas reales o siquiera pretender que importa la gente, si el gobierno los mantiene? Y como sus diputadillos y senadorcillos son los que hacen las leyes, seguro jamás harán una que les quite presupuesto o poder. Sería meterse autogol. CHALE.

5. Los góbers. Sin palabras, son caciques enormes que les vale un queso la población que “gobiernan”, y sólo andan pensando en “La Grande” a ver si se les cumple. Aparte son todos antipáticos,  se creen bellos e inteligentes, además de que practican esos arcaicos mecanismos de los acarreados y otras cosas (ejem Peña Nieto). Acá incluyo al Carnal Marcelo Ebrard, Mayor de la Ciudad de México.

6. El PEJE. Durante años hemos tenido que aguantar a este personaje, quien junto con su puñado de seguidores fieros y sordos recrean un MiniReich Región 4. Me irritan su discurso de los setentas, su actitud provocadora, sus delirios de grandeza, su Gobierno Legítimo que nadie pela, sus acciones violentas dignísimas ya ni de un país bananero, y el hecho de que se financíe todo esto con gobierno público. Y no se ve cercano el día en que  por gracia del universo se abra una grieta debajo de sus pies que se lo trague para siempre. Lo peor del caso es que éste tipo no existiría si no hubieran tanta ignorancia y pobreza. CHALE

7. La influenza. Pues el evento es tan reciente que todo mundo sabe a dónde voy, así que podemos repetir juntos: CHALE. CHALE y DOBLE CHALE.

8. El Presidente sale en la tele hasta para decir que ya salieron las tortillas. En lo personal a mí no me cae mal el Preciso, pero cada vez que veo que todos los canales lo transmiten dando algún mensaje, me da terror de que vaya a decir algo feo, como que ya nos fuimos al cuerno. Sin mencionar que me fastidia que siempre diga “hay que crear consensos”. COMO ODIO ESA FRASE. CHALE.

9. La selección mexicana. Bueno, sí, disfruto con placer cuando el equipo verde pierde contra Estados Unidos porque los gringos me caen bien. ¿Porqué? Porque serán unos palos sin gracia, pero son constantes, disciplinados, pacientes y trabajan en equipo. Eso vale más que tener una escuadra de divas que trabajan juntos 3 días al año y se confían en la inspiración.

Sin embargo yo iba al siguiente punto: es irritante toda la cobertura que se le hacen a esos tipos, es irritante cómo la gente se emociona con ellos y ELLOS son irritantes. Parece que no le echan ganas aunque ganen más de lo que yo ganaré jamás; me pone de malas su actitud que no es profesional porque les pagan unos sueldazos y no los desquitan.  Frustra bastante que no le echen ganas.

Finalmente, aquí entre nos, podríamos trazar una comparación entre estos monigotes y el estado del país: caído, sin rumbo, sin saber qué hacer y yéndose al caño.  CHALE

Y eso que voté por el Calderas y lo apoyo…pero..

CHALE.

Ojos azules

Les presento una lectura corta, muy a propósito para ésta oscura noche lluviosa del 30 de Junio. Hoy se cumplen 489 años de la famosa “Noche Triste”.

Ojos azules
Arturo Pérez-Reverte

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Llovía a cántaros. Llovía, pensó, como si el dios Tlaloc o la puta que lo parió hubieran roto las compuertas del cielo. Llovía mientras resonaban afuera los tambores, y los capitanes iban llegando cubiertos de hierro, sombríos, con las gotas de agua corriéndoles por los morriones y la cara y las cicatrices y las barbas. Llovía sobre Tenochtitlán, cubriendo la capital azteca de una noche húmeda; lágrimas siniestras que repiqueteaban en los charcos del patio del templo mayor, y disolvían en regueros pardos las manchas de sangre de la última matanza, la de centenares de indios mexicanos, cuando en plena fiesta el capitán Alvarado mandó cerrar las puertas y los hizo degollar, ris, ras, visto y no visto, hombres, mujeres y niños, por aquello de que al que madruga Dios lo ayuda, y más vale adelantarse que llegar tarde. Los he cogido en el introito, dijo luego Alvarado, cuando Cortés fue a echarle la bronca. Se me fue la mano, jefe, se disculpaba, huraño. Pero por lo bajini se reía, el animal. Los he cogido en el introito.

Bum, bum, bum, bum. Apoyado en el portón, bajo la lluvia, el soldado de ojos azules reprimió un escalofrío mientras se ajustaba el peto y ceñía la espada. A su alrededor los compañeros se miraban unos a otros, inquietos. Al otro lado de los muros del palacio, afuera, los tambores llevaban sonando una eternidad. Bum, bum, bum, bum. Había toneladas de oro, pero ahora Moctezuma estaba muerto y se acababan las provisiones y todo se había ido al carajo. Bum, bum, bum, bum. También había miles y miles de mexicanos en la ciudad, alrededor, cubriendo las terrazas, llenando las piraguas de guerra en los canales y la calzada entre los puentes cortados. Mexicanos sedientos de venganza. Bum, bum, bum. Así todo el día y toda la noche, mientras en lo alto de los templos los sacerdotes alzaban los brazos al cielo y preparaban los sacrificios. Bum, bum, bum, bum. Aquello sonaba adentro, precisamente en el corazón, que los más cenizos ya imaginaban fuera del cuerpo, ensangrentado, abierto el pecho por el cuchillo de obsidiana. Bum, bum, bum. Menudo plan, pensó el soldado mirando las caras mortalmente pálidas de los otros. Venir desde Cáceres y Tordesillas y Luarca y Sangonera, que están lejos de cojones, para terminar abierto como un gorrino, con las asaduras hechas brochetas en lo alto de un templo, aquí donde Cristo dio las tres voces. Bum, bum, bum. Y además, de tanto oírlos, aquellos tambores habían adquirido un lenguaje propio. Si uno prestaba atención podía oír que decían: Teules malditos, perros, vais a morir todos hasta el último, y pagaréis el deshonor de nuestros ídolos, y vuestra sangre correrá por las aras y los escalones de los templos.

Bum, bum, bum. Eso decían aquella noche, pensó estremeciéndose, los jodidos tambores de Tenochtitlán.

Cortés, con cara de funeral, no se había ido por las ramas: tenían que romper el cerco. Dicho en claro, eso significaba Santiago y Cierra España, todos corriendo a Veracruz, y maricón el último. De modo que cargaron en caballos cojos y en ochenta indios aliados tlaxcaltecas la parte del oro que correspondía al rey, y luego dijo Cortés aquello de ahí queda el oro sobrante, más del que podemos salvar, y el que quiera que se sirva antes de darlo a los perros. De modo que los soldados de Pánfilo de Narváez, que habían llegado los últimos, se atiborraron de botín dentro del jubón y del peto, y bolsas atadas a la espalda, y anillos en cada dedo. Pero los veteranos que habían estado en Ceriñola y en sitios de Flandes e Italia y llevaban con Cortés desde el principio, y nunca se las habían visto como en el matadero de México, procuraban ir sueltos de cuerpo, sin mucho peso. Si acaso, como Bernal Díaz y algún otro, se embolsaron alguna joya pequeña, algún anillo de oro. Cosas que no les impidieran correr en una huida que iba a ser, eso lo sabían todos, de piernas para qué os quiero. Que no era bueno, como decía la mala bestia del capitán Alvarado, pasearse con los bolsillos llenos en noches toledanas como aquélla.

Bum, bum, bum. Seguía lloviendo cuando abrieron las puertas y empezaron a salir en la oscuridad. Sandoval y Ordás en la vanguardia, con ciento cincuenta españoles y cuatrocientos tlaxcaltecas, con maderos paya reparar los puentes cortados. En el centro, Cortés, otros cincuenta españoles y quinientos tlaxcaltecas con la artillería y el quinto del tesoro correspondiente al rey. Después salieron los heridos, los rehenes, doña Marina y las otras mujeres, protegidos por treinta españoles y trescientos tlaxcaltecas, entremetidos entre los capitanes y la gente de Narváez. Y por fin, Alvarado y Velázquez de León en la retaguardia, con un grupo de los cien soldados más jóvenes que debían moverse a lo largo de la columna, acudiendo allí donde el peligro fuese mayor. Eso, en teoría. En la práctica no había más órdenes que andar ligeros, pelear como diablos y abrirse paso por los puentes y la calzada como fuera. A partir de cierto punto, cada uno cuidaría de su pellejo. Dirección: primero Tacuba y luego Veracruz. Eso, los que llegaran.

Era el tumo de los últimos. Tiritando de frío bajo la lluvia, el soldado de los ojos azules terminó de atarse el saco de oro sobre el hombro izquierdo, se ajustó el barbuquejo del morrión, sacó la espada y echó a andar. El agua sobre los ojos lo cegaba, y la oscuridad le impedía ver dónde iba poniendo los pies. La columna se movía con ruido de pasos, oraciones, blasfemias, rumor metálico de armas y corazas. Iba a ser un largo camino, se dijo. Tacuba, Veracruz, Cuba, España. El peso del oro lo reconfortaba. Había venido muy lejos a buscarlo, había peleado y sufrido y visto morir a muchos camaradas por ese oro. Él tenía la certeza de que iba a salir con bien de aquélla; y a su regreso ya no tendría que arar la tierra ingrata en la que había nacido, seca y maldita de Dios, tierra de caínes esquilmado por reyes, curas, señores, funcionarios, recaudadores de impuestos y alguaciles; por sanguijuelas que vivían del sudor ajeno. Con aquel oro tendría para vivir bien y hacer una buena boda, para poseer su propia tierra y su propia casa. Para envejecer tranquilo, como un hidalgo, contándole a sus nietos cómo conquistó Tenochtitlán. Para morir anciano y honrado sin deber nada a nadie, porque hasta el último gramo de oro lo había ganado con su sangre, sus peligros, sus combates, su salud y su miedo.

Sintió un hueco en el corazón, y antes de ser consciente de su pensamiento, supo que pensaba en ella. Los soldados que iban delante se habían parado, y allí, inmóvil bajo la lluvia, mientras esperaba a que la columna reanudara su marcha, recordó. Sólo era una india, se dijo. Sólo era una de esas indias. Las había a cientos, y ésta no tenía nada de particular. No era ni especialmente bonita ni especialmente nada. Pero él la encontró en el momento oportuno, al principio, cuando las relaciones de españoles y mexicanos aún eran buenas. Se la había tirado como lo que era: una perra pagana. Se la había tirado disfrutándola, con rudeza. Sin embargo, ella le cobró afición al teule barbudo de ojos azules; volvió un día tras otro, y él repetía hembra entre las bromas groseras de sus compañeros. Qué la das, decían socarrones. Aquella mexicana se le quedaba mirando los ojos y lo acariciaba hablando cosas extrañas en su lengua. Era muy joven y muy triste; no se reía nunca, como si viviera envuelta en un presentimiento. Un día, ella le dio a entender que estaba preñada, y él se lo contó a los otros y todos se rieron mucho. Luego se la calzó por última vez antes de echarla a patadas, a ella y al bastardo pagano que llevaba en la tripa. Sin embargo, a la segunda o tercera noche en que no volvió, se sintió extraño. Anduvo un par de días buscándola, sin admitirlo ni siquiera ante sí mismo. Pero no dio con ella. Por fin reconoció, aunque tarde, que añoraba su piel sumisa, y eltono quedo de su voz cuando lo acariciaba, y aquella mirada oscura que a veces fijaba en él, orgullosa y lúcida e inconquistable allá adentro; y experimentaba una indefinible nostalgia de algo que apenas había llegado aconocer. Pensaba en aquella india con un hueco raro en el corazón, igual que el que sentía esta noche. Un hueco cuya intensidad superaba, incluso, la del miedo.

Porque el miedo ya era mucho. Los tambores habían acelerado su batir, y Tenochtitlán entera resonaba de trompetas y gritos de los mexicanos alertados: se van, los teules se van, acudid y atajadlos y que no quede uno con vida. Y de la noche surgían cientos y miles de guerreros que caían en turba sobre la columna, y la laguna y los canales se cubrían de canoas de indios vociferantes, y los pasos y los puentes se taponaban de caballerías muertas, y de fardos con oro abandonados, y de mexicanos armados y feroces tirando con lanzas y flechas y mazas. Resbalaban los caballos en la calzada mojada de lluvia y caían los hombres desventrados, gritando, a los canales, y avanzaban los españoles en la oscuridad, por los vados a medio llenar de los puentes, el agua por la cintura, lastrados por el peso del oro bajo el que se ahogaban muchos. Atrás, volvamos, gritaban algunos, corriendo a encerrarse de nuevo allí de donde ya no saldrían jamás. Otros apretaban los dientes y seguían entre la turba de indios, arremetiendo a cuchilladas, adelante, adelante, a Tacuba y Veracruz o al infierno esta noche; y Cortés y los que iban a caballo se alejaban ya a salvo picando espuelas con la vanguardia, dejando muy atrás los puentes y a los que iban a pie, dejando atrás a esa retaguardia sumergida bajo miles de mexicanos sedientos de venganza, a la retaguardia que ya no era sino un desorden de hombres luchando a la desesperada por abrirse paso, gritos por todas partes, gritos de los hombres que clavaban las espadas ensangrentadas, gritos de los heridos y agonizantes, gritos de los mexicanos que caían con valor inaudito sobre los soldados rebozados de hierro, sangre y fango de los canales, gritos de los españoles apresados a quienes cortaban los tendones de los pies para que no escapasen, antes de arrastrarlos vivos hasta las pirámides de los templos, donde los sacerdotes no daban abasto y la sangre corría en regueros espesos bajo la lluvia.

El soldado de los ojos azules peleó con bravura, a la desesperada, chapoteando en el barro, abriéndose paso a estocadas. El saco de oro le pesaba en el hombro pero no quiso dejarlo. Había ido muy lejos a buscarlo, y no pensaba regresar sin él. Avanzaba con un grupo de compañeros, batiéndose todos como perros salvajes, matando y matando sin tregua, y de vez en cuando alguno de ellos caía o era arrancado por las manos de los mexicanos y se oían sus gritos mientras se lo llevaban. La noche era cada vez más negra y turbia de bruma y lluvia, y en lo alto de los templos las antorchas ardían iluminando siluetas que se debatían en lo alto de los peldaños rojos, y los cuchillos de obsidiana bajaban y subían sin descanso, y seguían sonando los tambores. Bum, bum, bum, bum. Pero el soldado de los ojos azules ya no oía los tambores porque su corazón latía aún más fuerte en su pecho y en sus tímpanos. Las piernas se le hundían en el barro y el brazo le dolía de matar. Una piragua vomitó más guerreros aullantes que se abalanzaron sobre el grupo, y éste se deshizo, y se oyó la voz del capitán Alvarado diciendo corred, corred que ya no queda nadie detrás, corred cuanto podáis y que cada perro se lama su badajo. Y luego todo fue una carnicería espesa, tunc, y cling, y chas, carne desgarrada y golpes de maza y tajos de espadas, y el soldado oyó más gritos de españoles que morían o pedían clemencia mientras los arrastraban hacia los templos, y se dijo: yo no. El hijo de mi madre no va a terminar de ese modo. Llegaré a Veracruz y a Cuba y a España, y compraré esa tierra que me espera, y envejeceré contando mil veces cómo fue esta asquerosa noche.

El oro le pesaba cada vez más y lo hundía en el barro, pero no quiso dejarlo, no lo dejaré nunca, he pagado por cada onza, y sigo pagando. Vio ante sí unos ojos oscuros como los de aquella india en la que pensaba a trechos, pero éstos venían llenos de odio y la mano que se alzaba ante él enarbolaba una maza. Se abrazó al mexicano, un guerrero águila pequeño y valiente, y abrazados rodaron por el fango, golpeando el otro, acuchillando él. Tajó en corto con la daga, porque había perdido la espada. Sácame de aquí, Dios, sácame de aquí, Dios de los cojones, sácame vivo, maldito seas, sácame y la mitad de este oro la emplearé en misas, y en tus condenados curas, y en lo que te salga de los huevos. Llévame vivo a Veracruz. Llévame vivo a Tacuba. Llévame vivo aunque sólo sea hasta el próximo puente, que ya me las apañaré yo luego. Siguió adelante, y ya ningún otro español iba a su lado. Soy el último, pensó. Soy el último de nosotros en este puñetero sitio. Soy la retaguardia de una vanguardia que ya está a una legua de aquí. Soy la retaguardia de Cortés y de su puta madre, y este oro me pesa tanto que ya no puedo caminar. Estaba cubierto de barro y de agua y de sangre suya y mexicana, y los pies se negaban a moverse, y el brazo le dolía de tanto acuchillar. Estaba ronco de dar gritos y le ardían los pulmones y la cabeza; pero el hueco del corazón seguía allí, y no podía dejar de pensar en ella. Estará en alguna parte de esta ciudad con su bastardo en la tripa, mirando lo que pasa. Mirando cómo a los teules nos hacen filetes. Igual hasta piensa en mi. Igual se pregunta si he logrado pasar. Igual hasta siente que me vaya.

Más indios. Ahora ya no intentó escapar. Carecía de fuerzas, así que acuchilló resignado, una y otra vez, cuando la turba le cayó encima dando alaridos. Acuchilló a tajos con una mano sobre el saco de oro y la daga en la otra hasta que sintió un golpe en la cabeza, y luego otro, y otro, y varias manos lo sujetaron, y aún intentó clavarles la daga hasta que comprendió que ya no la tenía. Entonces le arrancaron el saco de oro y se lo llevaron por la calzada bajo la lluvia, a la carrera, arrastrando los pies por el suelo, hacia una de las pirámides cuyos escalones brillaban rojos a la luz de las antorchas en las que crepitaba la lluvia. Y gritó, claro. Gritó cuanto pudo, desesperado, de forma muy larga, muy angustiada, a medida que lo iban subiendo a rastras pirámide arriba. Gritó de pavor ante la multitud de rostros que lo miraba, y de pronto dejó de gritar porque la había visto a ella. La había visto allí, entre la gente, observándolo fijamente con aquellos ojos grandes y oscuros. Lo miraba como si quisiera retenerlo en su memoria para siempre; y él apenas tuvo tiempo de verla un instante, porque siguieron arrastrándolo hasta el altar ensangrentado, que rodeaban cadáveres de españoles con las entrañas abiertas.

Ahora oía otra vez los tambores. Bum, bum, bum. Tiene huevos acabar así, pensó. Bum, bum, bum. Es un lugar extraño, y nunca imaginé que fuese de esta manera. Sintió cómo lo levantaban en vilo, tumbándolo boca arriba sobre el altar mojado que olía a sangre fresca, a vómitos de miedo, a vísceras abiertas. Le quitaron el peto, el jubón y la camisa. Sentía un terror atroz, pero se mordió la lengua para no gritar, porque ella estaba allí, alrededor, en alguna parte, y él sabía que seguía mirándolo. Varias manos le inmovilizaron brazos y piernas. Quiso rezar, pero no recordaba una sola palabra de maldita oración alguna. Tenía los ojos desorbitados, muy abiertos a la lluvia que le caía en la cara, y de ese modo vio el cuchillo de obsidiana alzarse y caer sobre su pecho, con un crujido. Y en el último segundo, antes de que la noche se cerrara en sus ojos, aún pudo ver latir en alto, entre las manos del sacerdote, su propio corazón ensangrentado. Ojalá, pensó, mi hijo tenga los ojos azules.

Un sueño raro.

No puedo dejar de escribir este sueño raro que tuve hace dos noches, siquiera para que luego en la posteridad me ría de su extrañeza.

Estaba en compañía de mis coworkers, conocidos y algunos compañeros de la universidad. Éramos un grupo nutrido que andaba por las calles de Los Ángeles , pero luego no sé porqué terminamos en el interior de un lujoso hotel estilo escandinavo, con muebles de madera diseñados con formas orgánicas, paredes blancas impecables, etc. En éste hotel había muchas piscinas de aguas termales azules donde se solazaban cientos de jóvenes escandinavos rubios con trajes de baño de rayitas rojas y blancas.

Mis acompañantes y yo les miramos, unos entraron, otros quisimos hacerlo pero no pudimos porque no sabíamos nadar. Yo sabía que éste hotel se encontraba cerca del pueblo natal de mi papá, así que me entraba la urgencia por salir a caminar, cosa que hice vestida con chamarra y acompañada por personas que no tenían rostro, o más bien su cara estaba borrosa como cuando quieren esconder la identidad de alguien.

Ya afuera en los hostiles llanos semi-desérticos helados cubiertos de palmitos, mi pequeño grupo se perdía. Nos subíamos a un Chevy azul o algo así, yo conducía tratando de encontrar el camino al pueblo de mi papá en medio de un escenario desolado apenas cubierto por algunas casas, hasta que me metía en un sendero de terracería que conducía hasta una especie de mina abandonada o más bien, una cantera.  De pronto sentía que no estaba bien andar por allí así que conduje torpemente hasta llegar a una casa. Allí un campesino me dijo cómo llegar al pueblo de mi papá, solamente tenía que montar un caballo que me llevaría con un burro, debía de subirme a éste animal para que me llevara al lugar que yo quería. Yo no tenía que hacer nada, sólo treparme.

Cuando monté el caballo, éste se desbocó y traté de guiarlo torpemente. Allí me desperté.

La historia de la moda es un tema que ha sido de mi interés  desde hace algunos años.  Incluso tengo libros caros al respecto además de una colección virtual de imágenes que van desde el siglo XVI hasta la actualidad.

A lo largo del tiempo mis periodos favoritos han ido cambiando. Justo en estos momentos estoy en mi etapa siglo XVIII, con especial énfasis en la década de 1780. Es por eso que decidí escribir ésta entrada, donde trataré de hablar un poco acerca de lo que se llevaba puesto en aquella época.

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Para la década de 1780, la moda femenina comenzaba a sufrir  cambios. A partir de los 1720 y hasta los 1770 la prenda más utilizada era el llamado robe à la francaise, que consistía en una especie de saco abierto por delante, profusamente decorado, con mangas llamadas de pagoda que llegaban hasta el codo. El saco  se unía mediante alfileres a una pechera también decorada, la cual a su vez se colocaba encima del corsé que en aquellas épocas era de madera.  Por detrás iba suelto. La falda, del mismo material, iba sobre unas estructuras que se extendían a los lados llamadas pannier, las cuales eran utilizadas para darle más volúmen a la parte inferior del traje.

Madame de Pompadour por 1750
Madame de Pompadour por 1750. Pueden apreciarse con algo de atención las distintas partes de su conjunto: saco, pechera y falda.  Reine des Centfeuilles

¿Se pondrían esas cosas? Los tremendos panniers¿Se pondrían esas cosas? Los tremendos panniers

Éste estilo fue el común para todo el mundo durante casi cincuenta años, y con sus respectivas variaciones de materiales, bordados y acabados, servía para toda ocasión. Era el más claro ejemplo de la fastuosidad, delicadeza y racargo casi ridículo de la corte francesa.

Para la década de 1770 se empezó a popularizar el robe á la anglaise (llamado así porque supuestamente se originó en Inglaterra), consistente en un conjunto de dos partes: la superior, una especie de saco-corsé en una pieza que a veces simulaba ser de dos, y la inferior  caracterizada por una falda sobre la cual se ponía otra abierta hacia el frente. Todo el conjunto armonizaba en tela, color y ornamentación.

0246-014 El típico robe á la anglaise.

Ustedes han notado, queridos lectores, que se abanadonaron los moños, los excesivos encajes y los brocados para dar paso a la ligereza del algodón, la sobriedad de un corte sencillo y la apariencia fresca y “ligera” de la portadora.  Dependiendo de la ocasión el róbe á la angláise podía ser elaborado con materiales más onerosos y con detalles más cargados, o permanecer como una sencilla (relativamente) prenda de vestir.

Otro traje  muy representativo, ésto sí de los 1780, es el llamado redingote, modificación francesa del término inglés “riding coat”. Ésta había sido utilizada por los gentlemen británicos desde principios del siglo XVIII que  utilizaban mientras cabalgaban por sus tierras. Las damas de aquel país terminaron por adoptarlo y luego fueron copiadas por las francesas.

El redingote consistía en un saco con cuello y solapas abierto por delante, revelando el corsé exterior que con sus coquetos botones imitaba el chaleco de los caballeros. Se hacía acompañar de una falda de un color combinable, y para rematar, un pañuelo de seda se amarraba al cuello de la portadora. Era un atuendo indispensable si se quería ir a cabalgar, a dar un paseo en coche o a pie.

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Sin embargo una dama no podía salir a la calle sin el peinado de moda. En los 1770’s Georgiana, Duquesa de Devonshire y una celebridad de su tiempo, comenzó a usar peinados excesivamente altos, rígidos, armados sobre estructuras metálicas y complementados con cabello falso y empolvado, plumas, rizos postizos y demás.

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En los 1780’s el pelo no perdió volúmen, sólo cambió la manera de obtenerlo. Ahora se estilaban los tirabuzones enmarcando el rostro, sobre las orejas,  cayendo por los hombros y la espalda.

María Antonieta y su peinado más "natural"María Antonieta y su peinado más “natural”Me estalló el boiler.

Ningún peinado podría estar completo sin un sombrero gigantesco adornado con plumas y cintas.

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En cuanto a los caballeros no hay mucho que decir. El conjunto de casaca, chaleco, calzones, medias y zapatos permanecía inalterado con mínimos cambios. Y usaban pelucas empolvadas.

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A pesar de que puede observarse un cambio en la indumentaria entre 1770 y 1790, aún están presentes la ostentación y la extravagancia propia de regímenes autoritarios y monárquicos,  evidentes en el cabello empolvado o el excesivo maquillaje. No sería sino hasta la Revolución Francesa que la moda daría un giro completamente diferente, influenciada por los acontecimientos de su tiempo.

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