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Del RENAUT y los patanes

Creo que todos estamos de acuerdo en que el RENAUT es un trámite inútil, una pérdida de tiempo que no va a ayudar a combatir la delincuncia y que en cambio presenta fallas de seguridad muy evidentes. Para registrar un teléfono solo se necesita mandar un mensaje con la CURP de la persona, quedando en el sistema que tal número es responsabilidad de dicho usuario.

Esto ha dado pie a que periodistas, ociosos y curiosos hayan registrado números a nombre de funcionarios del gobierno y celebridades, con el objeto de evidenciar las deficiencias  del RENAUT.

Sin embargo he leído en algunos blogs y en twitter que la gente ha considerado y de hecho HA utilizado la CURP de alguien más (un conocido, por ejemplo) para registrar su celular. Esto se me hace lamentable, estúpido y patético. Una cosa es que el gobierno sea un inepto, incapaz de implantar un control que proteja la información, y otra que los ciudadanos se aprovechen de este vacío para saltarse el orden.

Yo quisiera saber si esas creaturas, chistositas que andan robándole la identidad a otra persona, tienen idea de las consecuencias de sus actos. Porque nunca se sabe, imaginemos que pierden su teléfono o se lo roben, al no estar registrado a su nombre no hacen la denuncia correspondiente ni lo dan de baja, ese número es utilizado para cometer crímenes y terminan llevando a la cárcel -o de menos dándole un susto- al verdadero titular la CURP que tan graciosamente usurparon.¿Y quién termina sufriendo, ellos? ¡No! Ni siquiera les importa.

Y no estoy hablando de rateros o secuestradores, sino ejemplares clasemedieros que curiosamente justifican sus actos con el hartazgo que les produce la mala actuación del Gobierno Federal. Como Calderón es un inepto voy a hacer cualquier cosa que lo contraríe, así que para burlarme de él voy a robarme los datos de alguien más y le voy a jugar una broma al gobierno, ja, ja, ja, qué chistosito, listo y chingón soy.

Yo me pregunto si conocen algo que se llama “empatía”. ¿Les gustaría que les hicieran eso?¿Que un día lleguen a molestarlos por un crimen que no cometieron, solo porque por allí a algún enojadito y revolucionario con causa se le ocurrió la ingeniosísima idea de obtener su CURP de la página de SEGOB y registrar un teléfono, sin su consentimiento?

Luego se sorprenden por que les clonan la tarjeta de crédito, los extorsionan o los asaltan. De inmediato extienden su dedo flamígero, despotrican contra la lentitud y corrupción de las autoridades (que no les niego)exigen justicia, reclaman sus derechos. Pero se olvidan de sus obligaciones, esas que tenemos no ya con el estado, sino con la sociedad y con el prójimo: no hagas a otros lo que no quisieras que te hagan a tí.

Me parece bien que se opongan a la medida, si no quieren cumplir no lo hagan, no pasa de que se queden sin servicio y tengan que comprar otro teléfono. Excelente que sean críticos del gobierno y exijan calidad y honestidad. Lo que no se vale es que jodan a otro con el pretexto de que “están enojados” y hagan cosas que podrían afectar a alguien más sin importar las consecuencias.

No se hagan, eso es de patanes.

Ánima ubicado al costado sur de la Catedral Metropolitana, México
Ánima ubicado al costado sur de la Catedral Metropolitana, México

Para nosotros, habitantes del siglo XXI, científico y racionalista, el tema de la muerte se evita y oculta. Pero durante cientos de años la muerte fue una presencia cotidiana y familiar;  los desórdenes sociales, las frecuentes epidemias y las condiciones climatológicas que destruían las cosechas  sesgaban con frecuencia la vida de hombres, mujeres y niños de todas las edades y condiciones sociales.

En aquel ambiente, carente de  explicaciones racionales que permitieran comprender los desdichados eventos que sucedían, las personas hallaban consuelo en la religión. El Catolicismo alentaba la creencia de que esta vida era sólo un tránsito pasajero del alma, cuyo verdadero destino se encontraba más allá de la muerte. Es por ello que los sufrimientos pasados en el mundo eran sólo una prueba para gozar de la presencia de Dios, pero únicamente si se seguían los preceptos que la Iglesia había establecido. Dependiendo de la conducta llevada durante la vida cambiaba  el lugar al que el alma se dirigía una vez que hubiera abandonado el cuerpo.

En el Cielo uno se encontraría de la presencia de la Trinidad, la Virgen María, los Ángeles y los Santos. Sin embargo era casi imposible que cualquiera fuera allí inmediatamente al morir, incluyendo aquellos que se habían portado bien. Dicho privilegio sólo estaba reservado para los mártires y santos.

Al Infierno llegaban aquellos que hubieran muerto en Pecado Mortal (como el suicidio y el asesinato), sin haberse confesado, o los “herejes” (como los musulmanes). Se trataba de un lugar espantoso, donde los condenados sufrirían por toda la eternidad de torturas acordes con los pecados cometidos mientras ardían en el fuego que causaba más dolores que todos los males del mundo juntos.

El Purgatorio era una zona que se encontraba en medio de los dos. Era un lugar de purificación, en donde   pasarían una temporada las almas de quienes fallecían en pecado venial, como los chismosos, los glotones o los perezosos. Es decir, casi todo mundo.  El fuego del purgatorio causaba grandes dolores, había oscuridad por todas partes y sólo se escuchaban los quejidos de las ánimas en pena. Dependiendo de las faltas era el número de años que se pasaba allí, en cualquir caso se creía que no podían ser menos de unos miles. Al final de la penitencia las almas eran rescatadas por los ángeles, quienes las llevaban ante la presencia de Dios.

La existencia del Purgatorio fue reconocida por el Iglesia Católica desde el siglo XII, sin embargo se le dio un fuerte impulso y difusión a partir del Concilio de Trento (1545-1563) como parte de la Contrarreforma, un poderoso movimiento en respuesta a las acciones de Lutero.  Para evitar que los fieles cayeran en las garras protestantes se necesitaba reafirmar su fe por medio de pinturas y sermones, haciendo vívidos las delicias del cielo o los tormentos del infierno y el purgatorio. Lo segundo se consideró más efectivo, ya que el temor al castigo era mejor motivador que la promesa de una recompensa.

Nos ocuparemos del purgatorio, por ser un espacio que ha producido interesantes fuentes iconográficas.

EL PURGATORIO

Para los habitantes de América, especialmente la Nueva España, que vivieron en el último tercio del siglo XVI y finales del XVII, era casi un hecho de que al morir sus almas irían al purgatorio. No era un pensamiento reconfortante, ya que los sermones que daban los sacerdotes, con gran teatralidad, se encaminaban a hacer sentir e imaginar en carne propia las penurias que les esperaban.

El alma, se halla despeñada en aquel profundo abismo despedazada con la pena de sentidos:nadando en aquel tenebroso lago, de negras llamas, ciega, a oscuras, sin poder ver la cara de Dios su Padre…

Para reforzar dichos contenidos los pintores retrataban a las ánimas solas, purgantes, desesperadas, abrazadas por las llamas de la purificación. En dichas representaciones podemos ver a hombres y mujeres desnudos, con las manos unidas en actitud de rezo, rostros compungidos y generalmente con los ojos vueltos hacia arriba, ansiosos de reunirse con Dios.

Las imágenes de las ánimas podían encontrarse solas o dentro de la composición de un cuadro mayor. Un ejemplo claro es el que presenta a las tres Iglesias:La Purgante, donde están las almas; la Militante que es la que se encuentra en la tierra, compuesta por sacerdotes y fieles, y la Triunfante que tiene su asiento en el cielo y como jefe a Dios, Jesús y la Virgen.

Una vez que el tiempo de expiar los pecados había pasado, un ángel descendía al purgatorio para rescatar al ánima y llevarla hacia la Gloria.

La creencia popular atribuía a la Virgen del Carmen  la capacidad de “sacar” a las almas del Purgatorio. Para ello se necesitaba llevar el escapulario, y si se moría usándolo el alma sería liberada al siguiente sábado de su fallecimiento. Por supuesto que esto tenía que estar acompañado por una vida ejemplar, porque si se ponían
el escapulario únicamente para salir del purgatorio no tendría efecto.

Los pobres sufrientes no podían hacer nada desde su ubicación para mejorar su situación, así que todo dependía de la ayuda que podían obtener del mundo terrenal. Habían misas especiales generales donde se rezaba para que las ánimas terminaran con su penitencia lo más rápido posible. Y es que un alma podía acortar su tiempo de estancia en el purgatorio a través de obras pías, donaciones, y sobre todo misas. Era muy común en los testamentos de la época dejar cierta cantidad de dinero para la “celebración de misas por mi alma” ; los más acaudalados donaban sumas muy fuertes o bien establecían capellanías para que rezaran por ellos eternamente. Quienes comunmente realizaban tal servicio eran los Carmelitas, cuyo fundador, San Simón Stock había recibido la revelación del escapulario por medio de la Virgen.

También se podían comprar indulgencias, literalmente se pagaba para acelerar el proceso.

Aquellos que no eran tan afortunados rezaban por las almas de sus parientes, esperando acortar su tiempo de purificación.  Se creía que una vez que estuvieran liberadas, dichas almas intercederían por los vivos con Dios. Durante el siglo XVII éste culto se propagó y llegó a ser muy fuerte. Los sermones respecto a las ánimas se realizaban los lunes a las ocho de la noche, en iglesias sumidas en la semi oscuridad, dictados por un sacerdote que recreaba, con habilidad casi teatral, el ambiente que se sufría en el purgatorio. Algunos fieles reportaron haber recibido visitas de las almas de sus parientes muertos, quienes les rogaban que hicieran tal o cual cosa para poder ser liberados y ascender al Cielo. La sugestión estaba a la orden del día en una sociedad para la cual no había una gran diferencia entre lo natural y lo sobrenatural.

Con el tiempo y la llegada del racionalismo en el siglo XVIII, poco a poco fue disminuyendo el poder del purgatorio en el ánimo de las personas. Sin embargo creo que aún quedan reminiscencias del culto a las almas, ya que ¿no abundan historias de fantasmas que no pueden obtener el descanso eterno por alguna razón, y vuelven a la tierra a completar una misión? Tal vez el pasado nos persigue.

Bi#FAILtenario

” Sólo protegemos lo que amamos, sólo amamos lo que conocemos, y sólo conocemos lo que entendemos”


El “Arco Bicentenario” que de arco no tiene mucho

Me encontraba yo sentada en un trolebús  del Corredor Cero Emisiones, observando el movimiento de las calles, cuando llamó mi atención de entre el tráfico un camioncito rotulado completamente con contenido alusivo a los Festejos del Bicentenario. Se leían frases como “Orgulloso ser ser mexicano”, “Date de ALTA al número fulanito”, etc. El vehículo, al parecer vende artículos  del 2010. Al llegar a Av. Hidalgo se dio la vuelta y desapareció.

No pude evitar sentir una especie de tristeza mezclada con lástima. No creo que eso fuera lo que los organizadores quisieran haber provocado. Pero cómo no deprimirse cuando una lee las frases optimistas, ve la foto de la bandera ondeando, fotos de niños indígenas felices, y luego se acuerda de todos los problemas que actualmente enfrentamos en nuestro país.

Pero volvamos a los “Festejos”, que es lo que me ocupa en ésta entrada. He de admitir que me tienen decepcionada, y les voy a decir porqué.

En el año de 1910, el gobierno encabezado por Porfirio Díaz tuvo la oportunidad de mostrar al mundo su proyecto de Nación. México era, después de un siglo del inicio de su Guerra de Independencia,  ya no un país donde de un día para otro habían asonadas militares, golpes de estado, revoluciones, contrarrevoluciones, fusilamientos, pronunciamientos e invasiones extranjeras. La mano de hierro del oaxaqueño había logrado pacificar la nación, logrando un crecimiento económico sin precedentes. Se tendieron miles de km de vías ferroviarias, se abrieron fábricas, se levantaron innumerables construcciones. México se enfilaba hacia el progreso, gracias al orden establecido por Díaz, sostenido por decisiones autoritarias, explotación de los más pobres y sangre derramada de los opositores.

Pero eso al presidente lo tenía sin cuidado. Sus objetivos eran claros, y su discurso era directo. Los Festejos del Centenario estaba enfilados para hacerlo parecer a él como el nuevo padre de la Patria, aquel que había  terminado con la violencia y lo había conducido por el camino de la modernidad.

Para demostrarlo, se inauguraron muchas edificaciones, en la capital y en los estados. Varias de ellas se han vuelto parte de nuestro paisaje urbano,como la Columna de la Independencia, símbolo muy querido de nuestra ciudad, y tan bien cimentado que todo el Distrito Federal se hunde mientras que ella permanece en su sitio. El Palacio de Bellas Artes,que sólo pudo ser concluído hasta 1934, sin embargo su construcción se inició durante el Porfiriato. Incluso se proyectó un magnífico nuevo Palacio Legislativo, que al final no se hizo por falta de recursos, pero que sin duda hubiera sido mucho mejor que el Monumento a la Revolución que se erigió en su lugar.

Hubieron muchos actos conmemorativos, bailes, recepciones con representantes extranjeros, conciertos y espectáculos públicos. Se realizó un desfile donde se hizo un repaso de toda la historia de México, incluyendo sujetos disfrazados de Moctezuma, Cortés, Hidalgo e Iturbide. Hasta se iluminaron los edificios del centro, cosa nunca antes vista. Porfirio Díaz y sus allegados querían dar un mensaje, y a cien años se nos muestra muy claro.

El proyecto de Palacio Legislativo

La catedral iluminada

Y para el 2010 ¿qué? ¿Cuál es el discurso oficial? ¿Qué nos quiere decir el gobierno? No hay una línea clara que es la que tiene que proporcionarnos el estado. Los Festejos me parecen flojos, difusos, raros, sin sustancia. Bien que estemos orgullosos, pero ¿porqué?

Son tiempos difíciles, la economía anda mal, la inseguridad está peor que nunca en muchos años, la sociedad se encuentra polarizada y el cambio climático nos comienza a golpear. Condiciones duras, aunque no tanto para iniciar una Revolución, como los ociosos dicen. ¿Cómo hacerle con una ciudadanía apática, quejosa, llorona y enojada?¿Qué decirle aparte de palabras bonitas?¿Qué hacer para que se “alegren” por el Bicentenario y el Centenario?¿Para que no prefieran huir hacia otra parte del mundo donde vivirán de lavar excusados?

Se van a hacer espectáculos y cosas bonitas, programas de tele, series y alguna cosa muy vistosas en el Zócalo. Pero cuando eso acabe seguiremos en las mismas. La misma ignorancia histórica de lo que somos, lo cual inevitablemente conduce al hoyo al que nos enfilamos.

El Bicentenario hubiera sido una magnífica oportunidad para educar a la gente. Lograr entrar en su conciencia para limpiarla de esa historia oficial, maniquea, extrema, corrosiva y dañina que fomenta el rencor, la autocompasión y el amor por la miseria (los españoles malos, los gringos malos, los ricos malos, los pobres buenos). Hacerles entender que los sucesos que nos marcaron tienen un contexto previo, el cual explica su desarrollo. Que no todo es blanco o negro, o que sólo hay héroes inmaculados y villanos malévolos.

Sólo a través del conocimiento nos podemos deshacer de prejuicios que nos evitan crecer, que no nos dejan ser libres en pensamiento y acción.Es gracias al saber que entendemos lo que somos y logramos aceptarlo. Cuando la gente común y corriente comprenda  que las pirámides son más que piedritas encimadas, que una iglesia virreinal fue construída por manos indígenas que años antes hubieran tallado ídolos aztecas,o que al comerse una tortilla están repitiendo un acto de más de 30 siglos, yo creo que entonces las cosas van a cambiar.

Y no sólo me refiero a historia. ¿Qué no ven los ríos, los mares, las montañas, los volcanes, los desiertos? La nacionalidad es un evento fortuito, pero contemplar la majestad de la naturaleza forma un vínculo permanente con la tierra en la que nacemos y crecemos. Claro que cómo va alguien a querer un bosque cuando ni siquiera sabe que existe.  O peor aún, cómo se va a enterar si ni siquiera le interesa, si prefiere ver el Muévete o escuchar reggaeton, o quejarse de todo (como esas personas tan útiles a la patria,  los analistas y los intelectuales).

Yo opino que esa debía de haber sido la obligación de la Comisión Organizadora. Lograr despertar el interés, la curiosidad por México. No tanto contratar  a un extranjero para que haga un espectáculo, o levantar un portal lleno de datos (aunque se agradece). Lo primero se olvida, lo segundo no alcanza a todos.  Las mesas como Discutamos México son una buena idea, pero ¿a un ama de casa le va a interesar que hablen de gente que vivió hace mucho?

Pero no fue así. Sí hay eventos que me llaman la atención, pero ninguno por el cual faltaría al trabajo. Lástima por José Manuel Villalpando, el Presidente de la misma, me cae bien ya que gracias a sus intervenciones en la radio le tomé un gran gusto a la historia. Pero eso no quiere decir que sepa ejercer presupuestos inteligentemente, o a lo mejor no lo dejan.

Lo que pudo haber sido una gran oportunidad para dejarle algo a las próximas generaciones, aparte de una enorme fiesta, se pierde. Por desgracia a éste paso lo que tendremos será un “Arco Bicentenario” amorfo que ni siquiera han empezado a construir y un camioncito que venda tarjetitas de los héroes de la Independencia y la Revolución.

Igual yo lo hubiera hecho peor, sólo digo…


Crédito: Rageforst

Una fortaleza, un oásis de tranquilidad en medio de la árida y bulliciosa zona de Buenavista. La Biblioteca Vasconcelos  me recordó, aún antes de conocerla, aquella historia de Borges “La Biblioteca de Babel”. Ciertamente es más impresionante en vivo que por medio de fotografías.

Al traspasar esa enorme puerta, entra uno a otro mundo, otro lugar, de contrastante frescura y tranquilidad. Serenidad relativa, ya que un bullicioso conjunto de voce, pertenecientes a los visiantes,  llena el amplio espacio del vestíbulo que presenta exposiciones varias. Hay un esqueleto de alguna creatura gigantesca  que no logré identificar, pero se pierde en la inmensidad del edificio.

La biblioteca es enorme, es gigantesca, es impresionante . A menos que sepas a lo que vas ¿por dónde empezar? Yo sólo estaba segura de que buscaba algo sobre la Historia del Arte. Consulté el mapa…¡séptimo piso! Un elevador me llevó rápidamente a mi destino.

Un piso y tres edificios para mi interés particular.  Al salir del elevador pude ver a través de una ventana el perfil de la ciudad, sus edificios, torres, un mar cubista de construcciones grises. En lo más alto ya no había ruido, pero tampoco un silencio sepulcral. Por los balcones se filtraba el sonido lejano de la música del Tianguis de El Chopo con canciones rancheras y la voz de una animadora que no sé de dónde vendrán. La abandonada, melancólica Torre de Banobras al poniente; las torres de Catedral y otra cúpula que no identifiqué al oriente. Y frente a mí el esqueleto desnudo de la próxima plaza que se construirá para el Tren Suburbano.

Cómodos sillones y una gran cantidad de sillas y mesas, en espera de que alguien las ocupe, lucen abandonadas. No debía de haber más de una veintena de lectores en todo el piso. La mayoría junto a sus laptops trabajaba en algún proyecto, ví por allí a un muchacho que observaba con detenimiento copias fotostáticas  de un libro de Leonardo Da Vinci.

Recorrí los estantes sin acercarme mucho al centro, donde el vacío me producía vértigo. La misma sensación de saberse de pie sobre unos gruesos vidrios que estaban casi suspendidos sobre la nada era un poco inquietante, pero después de un rato es posible ignorarla.

Libros, muchos libros. No tan especializados como yo lo querría, pero sí muy interesantes. Había un ejemplar muy grande de las Miniaturas de la Catedral Metropolitana. Había otro casi imposible de cargar sobre Leonardo Da Vinci. Había de todo un poco, libros sobre pintores, libros sobre teoría del arte, biografías, tratados, libros ilustrados, etc. Recorrí todo el edificio oriente hasta llegar a su extremo. Allí había un gran ventanal desde que se podía observar el norte del Valle de México. Y a lo lejos, la música de El Chopo y la del mariachi misterioso, llevados hasta arriba por la brisa, aunque ya muy atenuados, como en un sueño. En una esquina un sujeto roncaba a pierna suelta sobre un sillón. Una gotera en el techo había dejado un charco difícil de ignorar en el suelo.

Regresé por el otro lado de la estantería, examinando rápidamente cada uno de los libros. Hasta entonces no había tomado ninguno porque no había sentido el impulso de hacerlo. Entonces lo ví. “Paseos coloniales” de Manuel Toussaint. Sin dudar me arrodillé para remover de su cómodo espacio aquel libro empastado en rojo. Lo abrí. Me llegó el olor a nuevo combinado con el del indiscutible polvo acomulado. “Porrúa 1985″ decía la portada. Un libro pocas veces utilizado o tal vez nunca consultado, sentí la necesidad de acariciar sus páginas intactas. Aunque suene ridículo pensé lo triste que debe ser para un ejemplar como ese permanecer para siempre impecable por el abandono en alguna estantería. Estar por la eternidad en silencio, cuando lo que él más desea es que alguien lo abra, lea sus páginas, las disfrute para que él pueda cumplir con su misión y así vivir en el alma de quien lo lea. (Ya sé que suena ridículo y cursi…)

Me senté en uno de los sillones y al leer las primeras páginas me conmoví. No por lo que dijera, sino por el hecho de que me encontraba en un lugar donde me sentía como en casa. En el silencio, sobre la ciudad, los usuarios estudiosos, hasta el tipo roncando en una esquina. Las palmeras de Insurgentes se movían, debajo tenía un gran jardín que pertenecia a la biblioteca, la brisa y los murmullos…

Dejé a Manuel Toussaint y proseguí mi visita, pero sentía dentro de mí una especie de tranquilidad que no podría describir. Ví más estantes y cuando llegué al fin regresé a algunos sitios a echarle una ojeada a otros ejemplares que me interesaban. No me entretuve demasiado, ya era tarde y tenía hambre. Bajé los siete pisos, pregunté algo en la recepción y retorné a ese mundo ruidoso y árido que me esperaba afuera.

Si pueden vayan a la Biblioteca Vasconcelos. Tienen una hermosa vista de la ciudad y un lugar tranquilo para estudiar. Estoy segura de que yo pasaré no pocos días allí en el futuro.

 

Ya estuvo bueno

La verdad yo pensé que estaba amargada…hasta que conocí Twitter. Si usan este servicio de microblogging se habrán dado cuenta de la avalancha de twitts negativos al respecto de este 15 de septiembre. Que no hay nada que celebrar, que el país está hecho un asco, que pura mercadotecnia, que hay que darle la espalda a nuestros gobernantes, que hay que mentársela a Calderón, que México no tiene nada de bueno, que los impuestos, que la madre que los parió, etc.

Antes esto solo puedo decir que pues qué flojera, llega un momento que empiezo a leer dichos comentarios y…me da flojera. O sea ¿qué no tienen algo más que decir?¿Hacen algo para cambiar las cosas o sólo  twittean desde su comodidad de niños de clase media-alta? Decir insultos es liberador pero cuando eso pasa a cada momento se vuelve repetitivo, pierde el sentido y te da una muy mala imagen. ¿Ustedes creen que el verdadero “pueblo” se la piensa tanto? No, el verdadero pueblo que quesque les importa tanto está más ocupado en comer y luego celebrar.

Nuestro país tiene muchos problemas, pero tiene cosas buenas, y aunque yo también reniegue de aquí, lo quiero y estaré con él en las buenas y en las malas. Los que dicen lo contrario pero no se pueden salir de aquí deben sufrir mucho, pobrecitos. Supongo que no son tan chingones como se creen, de otra manera ya estarían ganando los millones en Silicon Valley.

En fin. Yo veo esta situación de crisis como algo bueno. El momento en que podemos cambiar definitivamente porque no tenemos de otra. Creo que nuestro problema es que el pasado es un grillete muy pesado que no nos deja avanzar. No podemos modernizar PEMEX porque “EL PETRÓLEO ES NUESTRO CHINGADA MADRE” nomás por lo que pasó hace 80 años.  No puede el gobierno darle de madrazos a una bola de pelagatos que están bloqueando la calle porque tiene miedo a ser etiquetado como represor gracias a lo que pasó en el 68. Se ve con desconfianza hacer negocios con los gringos o los españoles por ondas de hace más de cien años. Y mientras la India y Brasil y China pactan con sus antiguos “conquistadores” y avanzan poco a poco, viendo hacia el futuro, México se estanca en su propio lodo, regodéandose en el placer de la flagelación, porque entre peor te vaya y te trate mal la vida y te pasen miles de desgracias, más pretextos para que los otros se compadezcan de tí, y sobre todo tú mismo tengas razones para justificar el no haber hecho muchas cosas con tu vida.

Yo creo que ya estuvo bueno. Este país está contaminado, colapsado económicamente, lleno de ratas que se comen sus entrañas. Este México no es el que quisimos ser, no es el México que se prometía en los libros de texto, avanzado, civilizado, de primer mundo. No lo es y hay que aceptarlo. Hay que llorar ese país que nunca pudimos ser, para poder aceptar, comprender el México que somos, el que nos tocó cambiar a los que estamos ahora. No hay que olvidar el pasado, pero ya no hay que permitir que nos lastime e impida avanzar, tiene que dejar de ser una loza muy pesada, hay que dejar de vivir en el pasado, aceptar el presente y planear el futuro. Si no, dentro de treinta años estaremos haciendo lo mismo: sentadotes en un sillón renegando de los chinos que nos explotan.

¡Viva México!

Mil disculpas por no haber posteado inmediatamente, pero ya saben, cosas de la vida.

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Las semanas transcurrieron en ardua actividad, mientras uno a uno los encargos se terminaban, entregaban y cobraban. Don Cristóbal de vez en cuando tenía obligaciones sociales que le hacian abandonar su trabajo durante algunas horas; generalmente su mujer lo presionaba para que se fuera a sentar a su lado mientras entretenía con chocolate y bizcochos a las visitas que le encantaba mantener en su casa.

Unas veces esto le parecía fastidioso, pero no faltaba la ocasión en que recibiera en su taller a viejos amigos. Tal era el caso de su otro compadre, un tal Pedro Palotes, maestro dorador, buen hombre que había tenido buenos clientes en el pasado pero que los había perdido gracias a su afición a la botella. Aunque alegre, se notaba en él la necesidad de obtener algún dinero. Su buen amigo Cristóbal no dudó en echarle una mano y antes de que pasaran tres días, fray Bartolín decidió que el marco en el cual se montara el lienzo de San Miguel sería encargado al taller del Maestro Pedro.

Los meses pasaron. Sería redundante decir cuánto se trabajó en ese tiempo. Mejor lleguemos a la parte donde San Miguel Arcángel recibió las últimas pinceladas que le otorgaron más gracia de la que ya de por sí tenía. El cuadro partió hacia el taller de don Pedro, donde recibió un primoroso marco de cedro con hoja de oro, con decoraciones vegetales, vides, hojas, flores, además de pequeñas cabezas de querubines. Los frailes alabaron durante años la destreza de la ejecución del tallado de las figuras; quién podría pensar que habían sido esos indios callados de ojos tristes, que con trabajos hablaban la castilla, los artífices de tan maravillosas primuras.

Un frío día de finales de Noviembre de 1709, con gran pompa y ostentación, la remodelada Iglesia de los Pepinianos  reabrió sus puertas a lo más selecto del Virreinato, celebrando una misa imponente. Allí estaban en primera fila representantes de otras órdenes, funcionarios del Ayuntamiento, nobles y miembros de la Universidad. Pero más importantes eran el Arzobispo y el Virrey que escucharon con devoción el sermón. Don Cristóbal los vió desde los últimos lugares, con la curiosidad de quien mira a un personaje de interés; sin embargo nunca se esperó que terminada la misa ambos guiados por fray Bartolín, se detuvieran a examinar el retablo principal y los cuadros que decoraban las capilla lateral. Se detuvieron por un par de minutos frente a su San Miguel; por la expresión que tenían en sus rostros -menos aburrida- nuestro Maestro dedujo que les había llamado la atención. Todavía estuvieron dentro de la iglesia por una media hora, cuando se despidieron con efusividad del prior de los Pepinianos que no cabía en sí de orgullo. En una carta enviada unos días más tarde, felicitaba muy entusiasta al pintor diciéndole que sin duda su cuadro había añadido gallardía a su templo.

Aquel triunfo obtuvo los resultados esperados. Pronto personajes tan acomodados como el Marqués de Testagrande le encargaron copias de su obra, pagando generosas cantidades por ello. También había peticiones más modestas, como la de un Bachiller que lo quería para su hacienda, o del párroco de Nopaltultepec que quería ponerla en su sacristía. Dependiendo de la importancia del que pagaba, nuestro Maestro ponía más o menos atención a cada una de las copias. Así, el trabajo para el Marqués fue casi completamente de hechura suya, con algunos elementos pintados por Tomás. Otros como el del Bachiller, se lo dejaba a su oficial para que hiciera una buena parte del mismo, y en cuanto al del párroco de Nopaltepec, era casi todo obra de Tomás, que imitaba tan bien su estilo que nadie nunca habría notado la diferencia. Si existían encargos aún más modestos lo más probable es que algún otro oficial del taller lo llevara a cabo  con la ayuda de algún aprendiz lo suficientemente experimentado. Cristóbal los supervisaba todo el tiempo,por lo cual nadie podría decirle que pecaba de perezoso, sino que  simplemente debía de relegar el trabajo a otros porque no se daba abasto.

Durante el resto del año el dinero llegó y llegó sin problemas. El día del cumpleaños de nuestro pintor éste organizó una alegre fiesta para celebrar la buena fortuna que había tenido últimamente. Invitó a sus compadres, a sus parientes, a sus colegas de oficio -algunos se morían de envidia, por eso mismo los quería allí- que degustaron de buena gana una incontable cantidad de carnes, frutas, fritangas, un par de cerdos y carneros, además de enormes cantidades de vino que corrían libremente por las gargantas. Ya entrada la noche alguien trajo unas cuantas guitarras y se improvisó un sarao que tuvo a todo mundo de bueno humor durante la madrugada.

Los oficiales y aprendices también asistieron, divirtiéndose de lo lindo. Ya entrado en alcoholes a don Cristóbal se le ocurrió que sería una buena idea anunciar sus intenciones de casar a su única hija viva, su única descendencia, con Tomás.  Pero suposo bien que ella se mortificaría de vergüenza ante sus amigas si lo hiciera en ese momento. No, era mejor esperar a que el joven pagara la cuota correspondiente, hiciera el examen para convertirse en Maestro y fundara su propio taller. Con su ayuda económica y moral, hablando bien de él con sus compañeros pintores, aunada a su propio talento -que tenía mucho, lo aceptaba- no tendría problemas en pasar la prueba. Y cuando eso sucediera, estaría en condiciones de casarse con su hija, que sería el eslabón de sangre que lo uniría por siempre a su taller.  Le era tan útil que estaba dispuesto a todo con tal de conservarlo, para que no se independizara y se fuera lejos. Si para eso había que casarlo con la pequeña María, la daba con gusto. De todos modos ya sabía que le estaría demasiado agradecido como para rechazar un acuerdo tan conveniente.

¿Qué pensaba Tomás? Sospechaba de las intenciones de don Cristóbal desde seis meses atrás, cuando por una razón u otra éste le echaba a la chica por delante, o le hablaba acerca de sus virtudes, o de la conveniencia de entrar en el estado matrimonial, a la par que  le comentaba lo bien que estaban trabajando los dos juntos, que esperaba que cuando fuera Maestro siguieran con tan buena relación, que allí siempre sería bienvenido, etc. Nuestro oficial era práctico; obtener el más alto grado en el Gremio había sido su ambición. Si debía casarse con una adolescente que no tenía malos bigotes -y con algo de buen humor hasta podía ser guapa- para entrar a la familia de Salazar, trabajando en conjunto con su futuro suegro, quien le daba estabilidad y renombre, hasta la muerte de éste -que esperaba sucediera en un tiempo conveniente- cuando heredara su taller…lo haría. Aunque a la próxima suegra esto le pareciera abominable.

¿Y qué decía la pequeña María? Ni tan pequeña. A los catorce años había visto morir a todos sus hermanitos de enfermedad o de frío. A veces se molestaba por no haber nacido hombre para continuar con la tradición artística de su padre y su abuelo.  Criada entre pintores esperaba casarse con uno, famoso por supuesto, que le regalara joyas y sedas. Fantaseaba con ser íntima de la Virreina. Tomás no era precisamente lo que esperaba, pero era talentoso, ambicioso, tenía el aval de don Cristóbal y ella esperaba que progresara incluso más que su progenitor. Así que por ella estaba bien.

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Conclusión.

En éste texto fantasioso pasado de lanza intenté mostrar todos los aspectos del trabajo del pintor en la Nueva España.  Quise plasmar lo difícil de este oficio, cuando en aquellos años los “artistas” eran considerados artesanos de mayor categoría. Si lo tomamos con un grano de sal, podemos considerar a estos pintores como los diseñadores gráficos de su tiempo. A través del lenguaje visual (cuadros) comunicaban a los espectadores el mensaje que los que encargaban querían transmitir (mover a la devoción, estar prontos a luchar contra el mal a través del ejemplo de San Miguel) al mismo tiempo que demostraban su estatus en la sociedad (los Pepinianos son mejores que los Jícamos porque tienen una mejor iglesia con mejores cuadros).  Si les iba bien, tenían trabajo para rato, lo que hacía que los Maestros  extendieran sus talleres, admitieran más aprendices y subieran a más oficiales, quienes los apoyaban en la producción de sus obras. Se les pagaba por hacer las cosas; dependía de su talento, de la manera de ejecutar los temas para complacer a sus “clientes” el éxito que pudieran obtener en vida. Se guiaban, “inspiraban” o basaban sus composiciones en creaciones del pasado, algo que los diseñadores de hoy en día también hacemos. Y le daban duro a su chamba.

También representé las relaciones de sangre yfamiliares que muchas veces unían a los miembros de los gremios. Sólo que esto sí ya no aplica en nuestros días, ¿o ustedes se casarían con otros diseñadores para compartir el trabajo?

Espero que les haya gustado este relato, y si no pues no me odien. Buenas noches.


Pues como ya mencioné en el post anterior, decir “artista” hace unos cuantos siglos implicaba, sí talento pero además mucho trabajo organizado y matado que no obedece al ideal que tenemos hoy en día de estas personas como seres atormentados tocados por la inspiración.

En la Nueva España como en el resto del mundo, al menos en lo que se refiere a la pintura, la actividad “artística” estaba regida por la organización medieval del Gremio. Ésta era una especie de institución que agrupaba a gente que se dedicaba a lo mismo; había un gremio de armeros, de plateros, de escultores, etc. Una de las figuras principales del Gremio, si no la base, era el Maestro, un experto en su oficio que tenía un taller a su cargo donde trabajaban oficiales y aprendices.  Éllos eran el eslabón más bajo de la “cadena alimenticia” , niños y adolescentes a los cuales se les enseñaba a trabajar; a medida que aprendían podían llegar a ser oficiales, y éstos, Maestros en sí mismos siempre y cuando pasaran un examen aparte de pagar una cuota.

Para ejemplificar esto me tomé la libertad de crear una historia con personajes ficticios, ubicada en la ciudad de México. ¿Porqué 1709? No sé, ese año me gustó.

——Un cuadro del Pepino (nombre sujeto a cambios o sugerencias)——

En una fría mañana del año de 1709, el maestro don Cristóbal de Sandoval no ponía atención a la misa, y con riesgo de condenar su alma no dejaba de pensar en la cita que tendría más adelante con  el Prior del convento de la orden de los Pepinianos.  De modo que en cuanto el cura los libró de sus obligaciones religiosas, salió con rapidez de la iglesia y se dirigió a su hogar que quedaba a tan sólo tres casas de la misma. Impacientemente devoró el desayuno consistente en panes, carnes y chocolate mientras su mujer le recriminaba sutilmente su aire distraído de esa mañana, pero como solía suceder desde hace unos quince años, no le puso atención. Acto seguido se dirigió al cuarto que hacía las veces de estudio, tomó la carta repasando los destalles, se ciñó la espada, se ató la capa, se puso el sombrero y salió a la calle.

Recorrió un par de cuadras esquivando los charcos de agua puerca de la ciudad, así como a los vendedores de todo tipo de mercancías y a los ociosos que se paseaban. Rápidamente llegó al convento de San Pepino, que era uno de los más importantes de la ciudad. El prior lo recibió todo amabilidad planteándole el asunto mientras degustaban algunos dulces enviados como regalos por las santísimas monjas Caramelas.  Resultaba que, como era de dominio popular, se estaba remodelando una capilla lateral de la iglesia de los Pepinianos; el retablo ya se estaba construyendo pero había que decorar algunas paredes y el prior, conocedor del trabajo del maestro, quería que éste elaborara un cuadro de San Miguel Arcángel derrotando a Satanás.

De haber sido más joven, don Cristóbal habría saltado a sus brazos por pura alegría, pero a su edad ya había aprendido a templar su carácter, así que luego de agradecer la oportunidad moderada y efusivamente a la vez-un arte que pocos dominan- acordó reunirse posteriormente con fray Bartolín -que así se llamaba el ilustre personaje-  para elaborar un contrato. En esos menesteres estuvo toda la semana, entrando y saliendo de su casa que también albergaba su taller, llevando a un compadre que era Licenciado, negociando los términos en que se llevaría a cabo el encargo, los pagos, los detallitos, la letra chiquita y demás. Una vez firmado el documento nuestro maestro se puso a trabajar, no sin antes recibir de muy buena gana un generoso adelanto por parte de su nuevo cliente.

Con éste dinero en la mano mandó a llamar a Tomás, que era su oficial preferido. Con tan sólo 20 años,  se había convertido en la mano derecha de don Cristóbal, quien confiaba en él plenamente, o al menos tanto como se podía en el hijo segundón de una india cacique y un español con trazas de moro*. Aún recordaba cuando se lo trajeron hace casi diez años, todo él un manojo de nervios y torpeza, pero el maestro había visto algo en él que lo llevó a enseñarle con particular atención. Tal interés había rendido sus frutos, ya que el joven  le era muy útil, podía delegar en él responsabilidades que no habría dejado a ningún otro, ni siquiera a oficiales de mayor edad. A él le ordenó mandar a preparar el lienzo sobre el cual habría de pintar, además de supervisar  la creación de los pigmentos en lo que el Maestro le daba los toques finales a encargos que ya tenía atrasados, como una Inmaculada para una iglesia en Oaxaca o una Dolorosa para los jesuitas de Santa Lucía. También tenía atorada una serie de pinturas que versaban sobre los siete Dolores de la Virgen, pero como los que se la habían encargado (los de la Cofradía del Chocorol) eran bastante necios para pagar y soltar dinero decidió suspender el proyecto hasta que todo se arreglara.

También sacó su colección entera de estampas y grabados, los cuales le servirían de referencia a la hora de crear la pintura.Para la cabeza de San Miguel eligió una de una estampa flamenca, para el cuerpo, otra pero italiana y para la Satanás separó una de un grabado español. El fondo sería negro con nubes iluminadas por una luz divina, lo usual.

En pocos días estuvieron listos el lienzo, las pinturas y los pinceles, elaborados por los aprendices que trabajaban en el taller.  Fueron éstos, junto con los oficiales, quienes detuvieron sus actividades por un instante para observar en silencio cómo él con toda su autoridad daba la primera pincelada. Estuvo unos segundos dudando, concentrándose a pesar de tener el boceto en la mano. Luego, simplemente comenzó. Los demás mirones suspiraron, aliviados, se rascaron la espalda o se sacaron un moco, y volvieron a su trabajo.

Las semanas pasaron. Don Cristóbal empleaba la mayor parte del día en San Miguel porque se trataba de un encargo muy importante que tal vez le abriría las puertas a mejores oportunidades. Nadie se atrevía a molestarlo a menos que fuera muy necesario. Debido a esto las figuras empezaron a aparecer rápidamente en la tela, una mañana se perfilaba el rostro, se insinuaba suavemente y en la tarde adquiría ya facciones. Poco a poco se le agregaban las luces y las sombras, se moldeaban los labios y los ojos, los rubios bucles que caían a sus lados. Lo mismo pasó con el poderoso torso, los musculosos brazos que blandían la lanza, o las brillantes alas. De Satanás ni hablar, fue pintado con tal maestría que la sirvienta de don Cristóbal se sobresaltó al verlo. Él se sonrio, sin duda a fray Bartolín le iba a gustar.

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Como ésta entrada ya se extendió, dejemos la conclusión para mañana.
*es lo que pensarían en aquel entonces criollos como Cristóbal, no es lo que pienso yo

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