
Pues como ya mencioné en el post anterior, decir “artista” hace unos cuantos siglos implicaba, sí talento pero además mucho trabajo organizado y matado que no obedece al ideal que tenemos hoy en día de estas personas como seres atormentados tocados por la inspiración.
En la Nueva España como en el resto del mundo, al menos en lo que se refiere a la pintura, la actividad “artística” estaba regida por la organización medieval del Gremio. Ésta era una especie de institución que agrupaba a gente que se dedicaba a lo mismo; había un gremio de armeros, de plateros, de escultores, etc. Una de las figuras principales del Gremio, si no la base, era el Maestro, un experto en su oficio que tenía un taller a su cargo donde trabajaban oficiales y aprendices. Éllos eran el eslabón más bajo de la “cadena alimenticia” , niños y adolescentes a los cuales se les enseñaba a trabajar; a medida que aprendían podían llegar a ser oficiales, y éstos, Maestros en sí mismos siempre y cuando pasaran un examen aparte de pagar una cuota.
Para ejemplificar esto me tomé la libertad de crear una historia con personajes ficticios, ubicada en la ciudad de México. ¿Porqué 1709? No sé, ese año me gustó.
——Un cuadro del Pepino (nombre sujeto a cambios o sugerencias)——

En una fría mañana del año de 1709, el maestro don Cristóbal de Sandoval no ponía atención a la misa, y con riesgo de condenar su alma no dejaba de pensar en la cita que tendría más adelante con el Prior del convento de la orden de los Pepinianos. De modo que en cuanto el cura los libró de sus obligaciones religiosas, salió con rapidez de la iglesia y se dirigió a su hogar que quedaba a tan sólo tres casas de la misma. Impacientemente devoró el desayuno consistente en panes, carnes y chocolate mientras su mujer le recriminaba sutilmente su aire distraído de esa mañana, pero como solía suceder desde hace unos quince años, no le puso atención. Acto seguido se dirigió al cuarto que hacía las veces de estudio, tomó la carta repasando los destalles, se ciñó la espada, se ató la capa, se puso el sombrero y salió a la calle.
Recorrió un par de cuadras esquivando los charcos de agua puerca de la ciudad, así como a los vendedores de todo tipo de mercancías y a los ociosos que se paseaban. Rápidamente llegó al convento de San Pepino, que era uno de los más importantes de la ciudad. El prior lo recibió todo amabilidad planteándole el asunto mientras degustaban algunos dulces enviados como regalos por las santísimas monjas Caramelas. Resultaba que, como era de dominio popular, se estaba remodelando una capilla lateral de la iglesia de los Pepinianos; el retablo ya se estaba construyendo pero había que decorar algunas paredes y el prior, conocedor del trabajo del maestro, quería que éste elaborara un cuadro de San Miguel Arcángel derrotando a Satanás.
De haber sido más joven, don Cristóbal habría saltado a sus brazos por pura alegría, pero a su edad ya había aprendido a templar su carácter, así que luego de agradecer la oportunidad moderada y efusivamente a la vez-un arte que pocos dominan- acordó reunirse posteriormente con fray Bartolín -que así se llamaba el ilustre personaje- para elaborar un contrato. En esos menesteres estuvo toda la semana, entrando y saliendo de su casa que también albergaba su taller, llevando a un compadre que era Licenciado, negociando los términos en que se llevaría a cabo el encargo, los pagos, los detallitos, la letra chiquita y demás. Una vez firmado el documento nuestro maestro se puso a trabajar, no sin antes recibir de muy buena gana un generoso adelanto por parte de su nuevo cliente.
Con éste dinero en la mano mandó a llamar a Tomás, que era su oficial preferido. Con tan sólo 20 años, se había convertido en la mano derecha de don Cristóbal, quien confiaba en él plenamente, o al menos tanto como se podía en el hijo segundón de una india cacique y un español con trazas de moro*. Aún recordaba cuando se lo trajeron hace casi diez años, todo él un manojo de nervios y torpeza, pero el maestro había visto algo en él que lo llevó a enseñarle con particular atención. Tal interés había rendido sus frutos, ya que el joven le era muy útil, podía delegar en él responsabilidades que no habría dejado a ningún otro, ni siquiera a oficiales de mayor edad. A él le ordenó mandar a preparar el lienzo sobre el cual habría de pintar, además de supervisar la creación de los pigmentos en lo que el Maestro le daba los toques finales a encargos que ya tenía atrasados, como una Inmaculada para una iglesia en Oaxaca o una Dolorosa para los jesuitas de Santa Lucía. También tenía atorada una serie de pinturas que versaban sobre los siete Dolores de la Virgen, pero como los que se la habían encargado (los de la Cofradía del Chocorol) eran bastante necios para pagar y soltar dinero decidió suspender el proyecto hasta que todo se arreglara.
También sacó su colección entera de estampas y grabados, los cuales le servirían de referencia a la hora de crear la pintura.Para la cabeza de San Miguel eligió una de una estampa flamenca, para el cuerpo, otra pero italiana y para la Satanás separó una de un grabado español. El fondo sería negro con nubes iluminadas por una luz divina, lo usual.
En pocos días estuvieron listos el lienzo, las pinturas y los pinceles, elaborados por los aprendices que trabajaban en el taller. Fueron éstos, junto con los oficiales, quienes detuvieron sus actividades por un instante para observar en silencio cómo él con toda su autoridad daba la primera pincelada. Estuvo unos segundos dudando, concentrándose a pesar de tener el boceto en la mano. Luego, simplemente comenzó. Los demás mirones suspiraron, aliviados, se rascaron la espalda o se sacaron un moco, y volvieron a su trabajo.
Las semanas pasaron. Don Cristóbal empleaba la mayor parte del día en San Miguel porque se trataba de un encargo muy importante que tal vez le abriría las puertas a mejores oportunidades. Nadie se atrevía a molestarlo a menos que fuera muy necesario. Debido a esto las figuras empezaron a aparecer rápidamente en la tela, una mañana se perfilaba el rostro, se insinuaba suavemente y en la tarde adquiría ya facciones. Poco a poco se le agregaban las luces y las sombras, se moldeaban los labios y los ojos, los rubios bucles que caían a sus lados. Lo mismo pasó con el poderoso torso, los musculosos brazos que blandían la lanza, o las brillantes alas. De Satanás ni hablar, fue pintado con tal maestría que la sirvienta de don Cristóbal se sobresaltó al verlo. Él se sonrio, sin duda a fray Bartolín le iba a gustar.
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Como ésta entrada ya se extendió, dejemos la conclusión para mañana.
*es lo que pensarían en aquel entonces criollos como Cristóbal, no es lo que pienso yo