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Archive for 17 septiembre 2008

Patriotismo No barato II

En fin, que nos habíamos quedado en que al terminar el 13 de septiembre de 1847 los gringos se encontraban ya en el umbral de la ciudad de México, habiendo derrotado a los mexicanos (aunque no con pocas bajas) en las batallas de Padierna, Churubusco, Molino del Rey y Chapultepec. Además hubo un difícil combate para tomar las garitas de la capital.

Mi general Santa Anna había decidido en consejo de guerra en La Ciudadela, a donde se habían replegado el resto de las tropas, que ya no valía la pena someter a la ciudad de México a los trabajos de la defensa y que ordenaba de inmediato evacuar la plaza. Habían salido en desorden al amparo de la noche rumbo al pueblo de Guadalupe Hidalgo, La Villa.

A la una y media de la mañana del 14 de septiembre una comisión formada por miembros del Ayuntamiento de la capital se encaminó valientemente hacia Tacubaya, donde estaba el cuartel del general Scott. Iban a pedir garantías para su ciudad, dado que el presidente de la república no les había dejado más órdenes de que le hicieran como pudieran.

Llegaron a eso de las cuatro al campamento norteamericano. Llevaban una capitulación donde decían que se rendían pero de mala gana, y una serie de puntos que esperaban los gringos se comprometieran a seguir; puntos que en resumen estipulaban que los invasores se sujetarían a las leyes mexicanas. Scott se negó rotundamente a firmar cualquier documento pero juró por su honor que respetaría las vidas y bienes de los mexicanos.

Muy temprano el mismo Scott entró a México con una buena parte de sus hombres, los cuales ocuparon la Plaza Mayor. Les observaban desde las ventanas, los zaguanes entreabiertos, las calles aún oscuras, cientos de ojos asustados e incrédulos que no podían aceptar lo que estaban viendo. Finalmente los yankees, que tal lejanos parecían, estaban frente a sus narices.

Poco antes de las siete de la mañana un soldado americano ondeó la bandera de las barras y las estrellas sobre la estructura de una estatua que nunca se construyó (el Zócalo) siento imitado por otro que hizo lo mismo desde lo más alto de Palacio Nacional, donde poco después se izó el lábaro estadounidense. Para entonces ya había amanecido y los ojos curiosos habían salido de sus escondrijos para situarse anonadados, un tanto furiosos, en las calles que antes habían sido suyas.

Cuando el general Scott apareció en el balcón para pronunciar algunas palabras, la multitud empezó a gritar toda clase de improperios e insultos, alzando los brazos amenazadoramente, agitándose.

Mientras tanto dos columnas, una lidereada por el general Worth y otra por el general Quitman entraron en la ciudad. Esta última es la que nos interesa. Se dirigía a la Plaza Mayor por la calle de Plateros (hoy Madero) cuando a la altura del callejón de López (¿? changos, y yo antes me sabía cuál era el callejón de López) una bala anónima, dirigida a Worth, impactó a uno de sus subalternos en la pierna. Los gringos de forma imprudente se metieron con violencia a la casa desde la cual creyeron había salido el tiro, castigando a sus habitantes. Y este fue el inicio de todo.

Como si se tratara de una señal aquellos mirones, gente común y corriente como nosotros, aterrorizada, furiosa, frustrada y enloquecida, se lanzó con sanguinarios instintos sobre los yankees, acorralándolos con la sorpresa. Rápidamente el alboroto se extendió y de todas partes comenzaron a salir mexicanos, de las casas, de los zaguanes, de los callejones, de las esquinas y plazas. Armados de palos, piedras, machetes y uno que otro con pistolas o fusil, cayeron sobre los americanos en un acto de defensa que nadie hubiera esperado de los capitalinos.Porque los habitantes de esta noble urbe en más de trescientos años sólo habían dado unas cuantas sorpresas al amotinarse contra virreyes, mientras que en los pocos años de vida independiente se habían limitado a suspirar cada vez que aparecía un pronunciamiento que obligaba a que dos bandos contrarios se bombardearan en medio de la ciudad.

Quién sabe qué fue. Tal vez fue patriotismo, tal vez fue odio, tal vez fueron patadas de ahogado, intentos desesperados de salvar sus vidas y bienes. De las azoteas de las casas llovían los adoquines que se habían mandado quitar semanas antes, así como piedras. En las calles se improvisaron barricadas, de la nada se formaron pequeños grupos conformados por licenciados, comerciantes, catrines, cargadores, artesanos y gente del pueblo en general que seguían espontáneamente a anónimos enardecidos portando banderas rojas, o negras, o incluso calzones de gringo ensangrentados.

Estos ciudadanos se les lanzaban encima con sus machetes o sus palos, los tiraban a pedradas de los caballos, les disparaban desde el anonimato y la protección de los edificios aledaños, desde las habitaciones de sus esposas, desde las entradas de sus comercios, al amparo de alguna fuente o zagúan que les sirviera como refugio. Vaguitos y muchachitos sin temor alguno se le encaraban a los americanos, retándolos y engañándolos, apedreándolos o echándoles cohetes.

Las mujeres derramaban agua hirviente desde sus balcones, o pedazos de loza, macetas, sus platos y tazas, cualquier cosa que encontraran incluyendo muebles que se iban a despedazar contra la calle descalabrando yankees. Otras tantas mujeres llevaban mensajes, agua, alimentos o municiones a los improvisados que combatían o bien abrían sus casas a los heridos. Y no faltaban las muchas que enfurecidas por la muerte de algún hijo, esposo, padre o hermano se salieran a la calle sin nada en las manos, acorralando gringos, echándoseles encima llenándolos de arañazos.

Frailes y sacerdotes arremangándose los hábitos, a pie o a caballo, en un brazo un estandarte de la Virgen y en el otro un cuchillo, palo o pistola, iban de un lado para otro en medio de la refriega gritando “¡Viva México!” a lo que sus fieros feligreses respondían con un “¡Viva!”

Las familias acomodadas colgaron de sus balcones banderas blancas, o de nacionalidades diferentes esperando hacerse pasar como ingleses, franceses o españoles para evitar el saqueo. Pero esto no le importó mucho a los yankees que de cualquier modo no dejaron de meterse en muchas casas para matar al padre, violar a la hija y pillar todo lo que pudieran. No fue esta conducta la de los oficiales y cuerpos regulares, sino la de los voluntarios que eran numerosísimos, gente bruta que se había enrolado por aventura o por codicia. Fueron estos voluntarios los que mayores disgustos causaron durante la guerra y la ocupación, pues nada respetaban, no conocían el honor sino sólo sus impulsos. Ellos mataron gente y persiguieron a los defensores, que escapaban junto con sus familias por las azoteas.

Por todas partes había escaramuzas, combates cuerpo a cuerpo, gringos despojados de todo y despedazados por nuestros compatriotas, así como mexicanos mutilados o moribundos que habían sucumbido ante las balas.

Cuando cayeron las tinieblas terminaron las revueltas. Las calles estaban llenas de muertos que nadie quería recoger por el puro miedo. Se escuchaban los gemidos de los heridos, en cada patio el llanto de aquellos que habían perdido un familiar o un amigo. Los sobrevivientes, hombres, mujeres,niños y ancianos encerrados en su hogares, no cenaron porque ninguna tienda había abierto sus puertas. Nadie quiso encender una luz, la ciudad de México estuvo a oscuras. Así transcurrió esa noche triste.

Apenas al amanecer el 15 de septiembre de 1847, el caos retornó. Tal vez convencidos de que la resistencia del día anterior habría de conmover a Santa Anna, quien estaba en Guadalupe Hidalgo, los capitalinos volvieron a las andadas. A las pedradas, los machetazos, los tiros de fusil, las emboscadas, el agua hirviendo.

Los ánimos se encendieron cuando en el transcurso del día corrió el rumor de que Santa Anna estaba a punto de volver. La llegada de un destacamento de dragones que fue despedazado por los norteamericanos parecía confirmar dicha idea. Los mexicanos esperaron una fuerza más numerosa pero esta nunca llegó.

El Presidente había sido efectivamente informado de que una resistencia espontánea se había llevado a cabo en la ciudad, pero al dirigirse a Peralvillo para evaluar la situación, dijo que se habían escuchado pocos disparos, insignificancias por las cuales no valía la pena molestarse.

Los yankees estaban furiosos y sorprendidos por lo que se habían encontrado. Una voz americana dijo que “los mexicanos celebraban bien su independencia”.

Así fue que el 15 las escenas del día anterior se repitieron. Pero a medida que menguaba el día, también empezaron a apagarse las energías de los defensores. Saber que el Presidente de la República, estando tan cerca no había hecho nada, fue desmoralizante. También ayudó un mensaje que había amanecido pegado en los muros de la ciudad, escrito por el alcalde de la misma, donde instaba a sus compatriotas a terminar con esa barbarie ya que no podía ofrecerle garantías a los gringos y por consiguiente Scott estaba amenazando con entregarla al pillaje (si ese no era pillaje, nada más imaginarse cómo sería el real pondría los pelos de punta a cualquiera…). Aparte recordemos que este era un movimiento espontáneo, sin organización, hecho por gente que estaba desesperada y realmente no sabía lo que hacía, mientras que las clases leídas y escribidas, aquellas capaces de darle rumbo prefirieron sentarse a esperar.

Lentamente los que quedaban vivos se metieron a su casas agujereadas por la metralla o los cañones; los que pudieron recogieron a sus muertos y heridos; los demás con ese suspiro característico cerraron sus zaguanes y volvieron a las sombras una vez más.

La noche del 15 al 16 transcurrió como la anterior, a oscuras, con hambre y lágrimas. No hubo ni gritos ni celebraciones ni ganas de hacerlo.

El 16 tuvo un amanecer sobre el Valle de México coronado con la bandera de los Estados Unidos de América ondeando sobre Palacio Nacional. ¿Qué humillación, qué frustración, que coraje y vergüenza habrán sentido los mexicanos, y los capitalinos en especial?Es difícil saberlo, pero alguna idea nos haremos al pensar que 161 años después este es un hecho que aún nos causa indignación, y a muchos los pone furiosos. Porque fue una guerra injusta, hecha por una nación que se aprovechó de las debilidades de otra. Y tal vez lo que de más coraje es que todo pasó por nuestra propia idiotez. A qué extremo se llegó que el que más arriesgó, se esforzó y puso todo en esta guerra fue el propio Santa Anna. Porque no hay que echarle la bola al bribón ese; para aquellos tiempos ya todo mundo sabía cómo era pero prefirieron dejarle la bronca a ver cómo la resolvía. ¿Quiénes fueron peores, él o los que lo llamaban para que les resolviera los problemas, liberales y conservadores?

Examinen a don Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón para encontrar todos sus defectos y virtudes y verán que es el perfecto mexicano, pero exagerado. Igual por eso a muchos les cae mal, no es más que un reflejo de sí mismos.

Esta es la increíble y triste historia de la defensa espontánea de la ciudad de México que realizaron sus habitantes, el 14 y 15 de septiembre de 1847. Un relato que bien valdría la pena contarle a todo el que se dejara, para que vean que la historia no sólo la hacen los señorones con nombre de calles sino también los anónimos como nosotros, esperando a formarla.

———

PD. 1. Sí, Juan Nepomuceno Almonte hijo de Morelos fue siempre un personaje con tintes conservadores, allegado a Santa Anna. Incluso llegó a ser Regente del Imperio Mexicano en tiempos de Maximiliano, pero esto nadie lo dice.

PD.2. La guerra contra Estados Unidos fue para ese país el primer gran conflicto llevado a cabo fuera de su territorio, su primer gran invasión. Allí se probaron jóvenes militares que después serían grandes estrategas de la Guerra Civil.

Los voluntarios cochinos y brutos que durante la ocupación violaron templos y se metían a las pulquerías serían de los primeros Marines en probar fuego enemigo a gran escala. Por si les quedaba duda he aquí la primer estrofa de su himno actual, el que cantan hoy en día en este momento

From the halls of Montezuma,
To the shores of Tripoli;
We fight our country’s battles
In the air, on land, and sea;
First to fight for right and freedom
And to keep our honor clean;
We are proud to claim the title
Of United States Marine.

Pues eso es todo, la ocupación es otro costal de harina bastante interesante, pues los gringos estuvieron diez meses en esta capital. Pero esa es oootra historia.

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No recuerdo unas celebraciones patrias tan tristes y negras como las de este 2008. Probablemente las ha habido peores, más tristes y miserables, pero en mi corta vida jamás había sentido un estado de ánimo tan, pero tan disminuído.

Sin embargo recordé que en nuestra historia hemos enfrentado días muy, muy aciagos, que han sido los más, y entre estos no se exceptúan aquellos que cayeron en las “fiestas patrias”.

Fiel a mí misma no me pude aguantar a poner una entrada en este blog acerca de algún tema histórico. Lo más lógico es que hubiera elegido algo acerca de la Independencia, pero la verdad no soy muy estudiosa en ese tema. Claro que si quieren chismes, les diré que Hidalgo era bastante aficionado a los libros prohibidos y a la picardía, la Corregidora era una mujer guapa a quien le hacía ojitos Allende, y nuestro héroe Morelos tuvo un hijo ilegítimo, Juan Nepomuceno Almonte, a quien envió a estudiar a los Estados Unidos y terminó siendo un catrinzote de primera.

Pero regresando a lo que iba a tratar, había mencionado que días malos hemos tenido muchos. Y para muestra os hablaré de lo que pasó en el desgraciado año de 1847, cuando la ciudad de México, saliendo de su ensimismamiento, se lanzó a defender a sangre y fuego lo que le quedaba de dignidad.

En septiembre del año de 1847 la guerra contra los Estados Unidos estaba a punto de llegar a su fin. Militarmente hablando. Los gringos habían hecho mucho daño tratando de llegar por el norte con tropas al mando del general Taylor. Pero como ya estaban hartos se mandó una segunda fuerza al mando del General Winfield Scott para que llegara por Veracruz y de allí directo a la capital. Los norteamericanos fueron eficientes, tomaron Veracruz, vencieron en Cerro Gordo (cerca de Jalapa) y luego entraron a Puebla sin disparar un sólo tiro ya que la ciudad estaba aterrorizada y prefirió abrir sus puertas a los invasores antes que sufrir estragos en sus aristocráticas fachadas.

Los primeros días de agosto los yankees abandonaron Puebla. El día 9 las campanas de la Ciudad de México tocaron a rebato, mientras el ejército tocaba la generala y las fuerzas militares, así como los cuerpos de voluntarios se pusieron en movimiento. Los aterrorizados ciudadanos eran así informados que el enemigo emprendía su marcha final sobre el Valle de México. Se dieron las órdenes de quitar los adoquines de las calles y llevarlos a las azoteas de las casas; se construyeron barricadas en las calles. A partir de ese día quienes pudieron salir de la ciudad lo hicieron, mayoritariamente los más ricos.

Los demás habitantes, la gente común y corriente como lo somos nosotros en estos días, no tuvieron más remedio que esperar en medio de la incertidumbre.

La defensa de la capital se vio plagada de ineptitudes, envidias y malas leches. Por eso es que en la batalla de Padierna, del 20 de agosto,estando el ejército mexicano dividido en dos partes, una a cargo del general Santa Anna y otra al mando del General Valencia, ninguno de los dos próceres quiso ir en auxilio del otro.Tiempo después Santa Anna dijo que Valencia era un mezquino que pretendía su derrota para quedarse él con el poder. Valencia por su parte aseguró que Santa Anna no le había querido prestar auxilio porque era un envidioso celoso quien creía que si se conseguía la victoria por medio de su intervención, este iba a utilizar su popularidad para sublevarse después.

Por eso es que en la famosa Batalla de Churubusco del 20 de agosto, nadie hizo nada y la guarnición apostada en ese lugar, constituída mayoritariamente por las llamadas Guardias Nacionales (burguesitos, comerciantes y profesionistas voluntarios) y el infortunado Batallón de San Patricio,tuvo que arreglárselas como pudo. En determinado momento, a ver las municiones que les habían sido enviadas, notaron con horror que esas no eran del calibre que necesitaban. Después una bomba cayó en el depósito de pólvora y todo terminó. Fue al final de esta batalla cuando el general Pedro María Anaya, encargado de la defensa del Convento pronunció su memorable frase “Si hubiera parque, no estaría usted aquí”.

Luego vino un armisticio sugerido por el propio Scott ya que los yankeees habían sufrido terribles bajas. Desde su cuartel en Tacubaya se pactó una tregua esperando que se diera paso a negociaciones para establecer la paz.

La tregua no duró mucho.No sólo por las fallidas negociaciones. También porque al ir a abastecerse los carros de los norteamericanos a la ciudad de México, como indicaba el armisticio, la multitud furiosa los apedreó y les mató a tres carreteros.

El 8 de septiembre las hostilidades se reanudaron en la Batalla de Molino del Rey, lo que es Los Pinos hoy en día. Se batieron con denuedo entre las balas, y tal vez las cosas hubieran sido un poco diferentes si el general Juan Álvarez, cacique del sur y viejo insurgente, en ese momento al mando de toda la caballería, hubiese ordenado una carga mortífera sobre los gringos. Pero sólo se limitó a ver todo desde un cerro sin nunca mover un dedo. Así se perdió Molino del Rey.

La siguiente fue Chapultepec. Desde el día 12 los yankees se dedicaron a bombardear el cerro y las fortificaciones que allí se habían levantado. El día 13, ni tardos ni perezosos, se lanzaron al ataque. Fue difícil pero no imposible; para defenderlo sólo estaba el general Bravo, otro insurgente, con sus hombres, mas el triste batallón de San Blas al mando de Santiago Xicoténcatl y los catrincitos alumnos del Colegio Militar, los más ya por los veinte años. Fueron verdaderos héroes no porque seis de ellos se hubieran muerto y uno quesque aventándose envuelto en la bandera, cosa que no es más que una vil patraña que se inventó el PRI para vender patriotismo barato, sino porque días antes se les ordenó que se fueran a sus casas, y no quisieron. Prefirieron quedarse a defender a su Patria, con todo lo que esto implica

Los gringos subieron por la rampa, aniquilaron al Batallón de San Blas en una gran carnicería, pelearon con los del Colegio y finalmente bajaron la bandera que ondeaba en el asta y se la llevaron, para no devolverla sino unos cien años después. Tomaron prisioneros a los cadetes sobrevivientes, entre los que destacó un muchachito de 15 años de nombre Miguel Miramón, quien luego sería el principal general del bando conservador.

Una vez que las barras y las estrellas ondeaban en Chapultepec, se dio la orden de que 36 irlandeses del Batallón de San Patricio, hechos prisioneros en Churubusco, fueran ahorcados. Los habían tenido con las sogas al cuello durante toda la acción para que vieran cómo eran despedazados aquellos por quienes habían peleado.Que por si no lo sabían, los de San Patricio eran irlandeses que en un principio habían luchado del lado norteamericano, pero que convencidos de que era una barbaridad hacerle la guerra a una nación católica como ellos, así como muy interesados en las supuestas tierras y dinero que el gobierno mexicano les había prometido, se cambiaron de bando. Pobres.

Pero ahora había que terminar la acción, así que los americanos avanzaron hacia la ciudad dispuestos a todo. Se lanzaron a la carga por las calzadas de la Verónica y la calzada de Anzures, con el objetivo puesto en la toma de las garitas de la ciudad. Fueron las de San Cosme y las de Belén las que sufrieron las más sangrientas luchas. Los miembros de las Gurdias Nacionales que aún quedaban así como gente del pueblo y por supuesto soldados, animados por mi general Santa Anna que iba de un lado a otro despreciando las balas, ofrecieron resistencia pero al final no pudieron con las superiores fuerzas del ejército norteamericano. Al caer la noche todas las garitas estaban tomadas.

El resto del ejército se replegó a la Ciudadela donde un consejo de guerra tuvo lugar. Santa Anna decidió que era mejor abandonar a la ciudad de México, porque según él ya no valía la pena efectuar una resistencia que haría sufrir a la capital. Los soldados y pertrechos salieron en marcado desorden hacia Guadalupe Hidalgo, La Villa.

Los ciudadanos comunes y corrientes, como nosotros, aterrorizados e incrédulos, nerviosos por todo el cañoneo que había estado aproximándose día con día a sus hogares, observaron enmudecidos aquella retirada. Tenían miedo. De las batallas anteriores habían llegado temibles reportes de carnicerías y lamentables bajas, que se veían confirmadas por el desfile cada vez más nutrido de heridos y mutilados. Entonces se dieron cuenta que en realidad ya estaban a la buena de Dios.

Pero si creían que no podíamos estar más mal…se puso aún peor. Esto lo leerán en la siguiente entrega, porque esta ya estuvo muy pesada. Así sabrán cómo fue que los capitalinos celebraron su independencia. Creánme..les va a gustar.

PD. Sí, así es. Nadie, nunca, jamás en la vida ni por toda la eternidad, se envolvió en la bandera mexicana en la Batalla de Chapultepec y se aventó al vacío. Nadie, nadie, nadie. No hay testimonio de la época, ni gringo ni mexicano, que lo confirme. Eso, como el Pípila, es una vil y asquerosa mentira. NO ES CIERTO.Si tienen hijos, hermanitos, sobrinitos, primitos, etc,etc, NO LES ENSEÑEN ESA SARTA DE MENTIRAS. No sigamos con la espiral de patrañas inventadas por una bola de embusteros

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