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Archive for 21 diciembre 2008

ESTE POST NO TIENE QUE VER CON PLANTAS….CASI

Saben sus mercedes que yo siempre me esfuerzo por ponerles contenidos de calidad, no sólo la primera cosa que se me venga a la mente. Ya no hablo de mi vida personal porque no es muy interesante que digamos, nada de antros gay a las 4 de la mañana, autos, consejerías estudiantiles, grandes proyectos, etc,etc…respecto a lo que me gusta y lo que no, tampoco planeo excederme porque si no, me van a conocer sin siquiera verme en persona, y eso no suena muy divertido. Sin mencionar a los malvados Ojos que todo lo ven.

De todos modos les pongo un ridículo relato que se me ocurrió ayer por la mañana. Está relacionado con las próximas festividades, basado en personajes reales con una o dos liencias literarias.

——

Joel Roberts Poinsett era un personaje diabólico, oriundo de Carolina del Sur, donde debía de tener una plantación mantenida por esclavos negros. Era médico de profesión, botánico aficionado, curioso, ocioso y malvado, como ya dije anteriormente. El primer embajador plenipotenciario de los Estados Unidos de Norteamérica para México.

Podemos imaginarlo una límpida mañana de diciembre a mediados de la década de 1820, ataviado en una elegante y larga levita entallada, ajustados pantalones blancos, dos o tres chalecos cuadriculados y el cuello envuelto por un pañuelo tan azul como el cielo. Para rematar, un sombrero de copa. Y como era Norteamericano, un mondadientes danzando entre sus labios, porque a pesar de haber estudiado en las Europas y tener una profesión, lo gringo loco no se lo quitaba fácilmente.

Poinsett caminó esquivando los puestos de fritangas y garnachas, siempre abundosos en la Plaza Mayor de la ciudad de México. Penetró en el hostil y hediondo Palacio Nacional, donde algún ayudante militar con uniforme desvaído, los ojos rojos y el aliento insoportable debido a la parranda de la noche anterior, le conducía a través de solitarios corredores desgastados que habían conocido mejores tiempos.

Finalmente llegaron a un despacho privado. El ayudante se retiró, dando salida a los numerosos gases intestinales que lo acosaban, dejando a los dos hombres solos.El Presidente Guadalupe Victoria, vestido como Dios manda, de uniforme de botones dorados y hombreras de oropel con infinitos pelitos que danzaban de un lado a otro cada vez que se movía, le pidió amablemente que tomara asiento.

Poinsett no se hizo del rogar. Apenas había asentado sus posaderas en la desvaída silla de tercipelo rojo bordado, llevó la mano hacia el bolsillo de su levita, de donde sacó una gorda chequera. Luego desprendió una pluma de exótico faisán fucsia del extremo de su sombrero de copa para mojarla en el tintero de plata del presidente, adornado con un águila devorando una serpiente. Esbozó algo en la chequera antes de alzar los ojos, el mondadientes moviéndose de un lado para otro.

Entonces, ¿cuánto querer por la mitad de su teritorio?

Podemos imaginarnos el gran esfuerzo que tuvo que realizar el Presidente Victoria para no sacar el sujeto a patadas de allí. En vez de eso optó por tener un ataque epiléptico. Poinsett suspiró, fue a buscar al ayudante medio ebrio, que trajo a un anciano doctor en no mejor estado. Hecho lo que creía su deber, guardó la chequera, limpió la pluma de faisán fucsia, se la colocó en el sombrero de copa y salió a la calle.

Victoria era un buen tipo, pensó. Sólo que un poco tocado, después de haber vivido como ermitaño en una cueva de la selva de Veracruz por algunos años, escondiéndose de los realistas. Eso no debió haber sido muy divertido.

Poinsett volvió a esquivar los puestos de fritangas, su estómago revuelto al oler el tufo de grasa a esas tempranas horas del día. Caminaba pensativo; no sería la última vez que lo intentaría. Seguiría al presidente a palacio, a su casa, a los bailes, a las cenas, al mercado y a la letrina, si fuera necesario. Mientras tanto se entretendría en intrigar, dividir, fundar logias masónicas, amarrar navajas entre los mexicanos y enfrentarlos, porque para eso lo habían mandado.

De todos modos, los Estados Unidos de América, Dios los bendiga, tendrían tarde o temprano ese pedazo de tierra. Por las buenas o por las malas.

Estaba pues en esos pensamientos nuestro amigo, cuando de la nada una piara le atacó. En realidad no la había escuchado venir por las polvosas calles de la ciudad, arrollando en su andar los puestos de frutas y pulque, así como infinidad de cristianos. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue un peludo hocico de un monumental cerdo rosado.

-O-

Al despertar arrumbado junto a una pared maloliente, notó con tristeza que ni la chequera, ni la pluma de faisán fuscsia, ni el sombrero de copa, ni el pañuelo, ni media levita, estaban con él. Algún lépero estaría en ese momento disfrutando de ellas. Suspiró resignado, así eran las cosas por allí. Lo bueno es que la chequera era falsa, un engaño hecho a propósito para tentar al presidente Victoria. Ni que fuera tan tonto para sacarla por allí.

Estaba ajustando su visión doble cuando entonces ella apareció ante sus ojos. Se encontraba allí, rozagante, fresca y coqueta, descansando en un jardín al otro lado de la calle. Lucía magnífica entre el polvo que la furiosa piara había dejado. El amor nació en ese mismo instante.

Poinsett no lo dudó. Miró a su alrededor; sólo habia aturdidos hombres y mujeres mareados por el atropello y por el pulque. De un sólo salto se acercó al jardín, tomó a la bella que le había robado el corazón con firme delicadeza, y salió corriendo de allí.

Nadie nunca se enteró, o más bien el importó aquel rapto. La acomodó en su casa, donde la veía por horas. La tenía a su lado cuando no se encontraba intrigando. Era tanto el amor que por ella sentía, que no dudó en llevársela a los Estados Unidos de Norteamérica, Dios los Bendiga, donde la pesumió con la intelectualidad de aquellos lares. Sus amigos, conocidos y parientes no dejaban de admirarla.

Poinsett fue muy feliz con ella. Por eso la compartía con todos. No podía dejarla en secreto. Si querían que se las pestara, la prestaba. A lo largo de los años, bajo su cuidado, tendría una prolífica descendencia, cuyos descendientes ahora se encuentran en muchas casas alrededor del mundo.

Esta es la historia de cómo Joel Roberts Poinsett, médico de profesión, botánico de corazón e intrigante profesional, sacó a la Euphorbia pulcherrima conocida en náhuatl como cuitlaxóchitl (planta de estrella) del anonimato para deleite de este geoide planeta. Especialmente los gringos le tienen tanta adoración, que el 12 de diciembre es su día oficial.

Curiosamente, aquí la conocemos como flor de Nochebuena. En muchas otras partes del mundo, se le llama Poinsettia .

“Qué ironía” se dijo un gordo lépero, que ataviado con media levita azul, un pañuelo del mismo color y un sombrero de copa, escribía cheques falsos en una chequera ídem con una pluma de faisán fucsia.

Cuando acabó de estafar a los inocentes pastorcitos que iban a Belén,se fue a la pulquería más cercana a ponerse borracho.

FIN

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By zeziliastrangelo
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Como advertí, este cuento tiene demasiadas licencias y jaladas literarias. Pero es cierto que Poinsett la introdujo a los Estados Unidos, que ese es el nombre de la planta en náhuatl y latín, y que existe el día Nacional de la Poinsettia.

Y lo de la cueva, también.

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