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Archive for 29 junio 2009

Un sueño raro.

No puedo dejar de escribir este sueño raro que tuve hace dos noches, siquiera para que luego en la posteridad me ría de su extrañeza.

Estaba en compañía de mis coworkers, conocidos y algunos compañeros de la universidad. Éramos un grupo nutrido que andaba por las calles de Los Ángeles , pero luego no sé porqué terminamos en el interior de un lujoso hotel estilo escandinavo, con muebles de madera diseñados con formas orgánicas, paredes blancas impecables, etc. En éste hotel había muchas piscinas de aguas termales azules donde se solazaban cientos de jóvenes escandinavos rubios con trajes de baño de rayitas rojas y blancas.

Mis acompañantes y yo les miramos, unos entraron, otros quisimos hacerlo pero no pudimos porque no sabíamos nadar. Yo sabía que éste hotel se encontraba cerca del pueblo natal de mi papá, así que me entraba la urgencia por salir a caminar, cosa que hice vestida con chamarra y acompañada por personas que no tenían rostro, o más bien su cara estaba borrosa como cuando quieren esconder la identidad de alguien.

Ya afuera en los hostiles llanos semi-desérticos helados cubiertos de palmitos, mi pequeño grupo se perdía. Nos subíamos a un Chevy azul o algo así, yo conducía tratando de encontrar el camino al pueblo de mi papá en medio de un escenario desolado apenas cubierto por algunas casas, hasta que me metía en un sendero de terracería que conducía hasta una especie de mina abandonada o más bien, una cantera.  De pronto sentía que no estaba bien andar por allí así que conduje torpemente hasta llegar a una casa. Allí un campesino me dijo cómo llegar al pueblo de mi papá, solamente tenía que montar un caballo que me llevaría con un burro, debía de subirme a éste animal para que me llevara al lugar que yo quería. Yo no tenía que hacer nada, sólo treparme.

Cuando monté el caballo, éste se desbocó y traté de guiarlo torpemente. Allí me desperté.

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La historia de la moda es un tema que ha sido de mi interés  desde hace algunos años.  Incluso tengo libros caros al respecto además de una colección virtual de imágenes que van desde el siglo XVI hasta la actualidad.

A lo largo del tiempo mis periodos favoritos han ido cambiando. Justo en estos momentos estoy en mi etapa siglo XVIII, con especial énfasis en la década de 1780. Es por eso que decidí escribir ésta entrada, donde trataré de hablar un poco acerca de lo que se llevaba puesto en aquella época.

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Para la década de 1780, la moda femenina comenzaba a sufrir  cambios. A partir de los 1720 y hasta los 1770 la prenda más utilizada era el llamado robe à la francaise, que consistía en una especie de saco abierto por delante, profusamente decorado, con mangas llamadas de pagoda que llegaban hasta el codo. El saco  se unía mediante alfileres a una pechera también decorada, la cual a su vez se colocaba encima del corsé que en aquellas épocas era de madera.  Por detrás iba suelto. La falda, del mismo material, iba sobre unas estructuras que se extendían a los lados llamadas pannier, las cuales eran utilizadas para darle más volúmen a la parte inferior del traje.

Madame de Pompadour por 1750
Madame de Pompadour por 1750. Pueden apreciarse con algo de atención las distintas partes de su conjunto: saco, pechera y falda.  Reine des Centfeuilles

¿Se pondrían esas cosas? Los tremendos panniers¿Se pondrían esas cosas? Los tremendos panniers

Éste estilo fue el común para todo el mundo durante casi cincuenta años, y con sus respectivas variaciones de materiales, bordados y acabados, servía para toda ocasión. Era el más claro ejemplo de la fastuosidad, delicadeza y racargo casi ridículo de la corte francesa.

Para la década de 1770 se empezó a popularizar el robe á la anglaise (llamado así porque supuestamente se originó en Inglaterra), consistente en un conjunto de dos partes: la superior, una especie de saco-corsé en una pieza que a veces simulaba ser de dos, y la inferior  caracterizada por una falda sobre la cual se ponía otra abierta hacia el frente. Todo el conjunto armonizaba en tela, color y ornamentación.

0246-014 El típico robe á la anglaise.

Ustedes han notado, queridos lectores, que se abanadonaron los moños, los excesivos encajes y los brocados para dar paso a la ligereza del algodón, la sobriedad de un corte sencillo y la apariencia fresca y “ligera” de la portadora.  Dependiendo de la ocasión el róbe á la angláise podía ser elaborado con materiales más onerosos y con detalles más cargados, o permanecer como una sencilla (relativamente) prenda de vestir.

Otro traje  muy representativo, ésto sí de los 1780, es el llamado redingote, modificación francesa del término inglés “riding coat”. Ésta había sido utilizada por los gentlemen británicos desde principios del siglo XVIII que  utilizaban mientras cabalgaban por sus tierras. Las damas de aquel país terminaron por adoptarlo y luego fueron copiadas por las francesas.

El redingote consistía en un saco con cuello y solapas abierto por delante, revelando el corsé exterior que con sus coquetos botones imitaba el chaleco de los caballeros. Se hacía acompañar de una falda de un color combinable, y para rematar, un pañuelo de seda se amarraba al cuello de la portadora. Era un atuendo indispensable si se quería ir a cabalgar, a dar un paseo en coche o a pie.

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Sin embargo una dama no podía salir a la calle sin el peinado de moda. En los 1770’s Georgiana, Duquesa de Devonshire y una celebridad de su tiempo, comenzó a usar peinados excesivamente altos, rígidos, armados sobre estructuras metálicas y complementados con cabello falso y empolvado, plumas, rizos postizos y demás.

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En los 1780’s el pelo no perdió volúmen, sólo cambió la manera de obtenerlo. Ahora se estilaban los tirabuzones enmarcando el rostro, sobre las orejas,  cayendo por los hombros y la espalda.

María Antonieta y su peinado más "natural"María Antonieta y su peinado más “natural”Me estalló el boiler.

Ningún peinado podría estar completo sin un sombrero gigantesco adornado con plumas y cintas.

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En cuanto a los caballeros no hay mucho que decir. El conjunto de casaca, chaleco, calzones, medias y zapatos permanecía inalterado con mínimos cambios. Y usaban pelucas empolvadas.

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A pesar de que puede observarse un cambio en la indumentaria entre 1770 y 1790, aún están presentes la ostentación y la extravagancia propia de regímenes autoritarios y monárquicos,  evidentes en el cabello empolvado o el excesivo maquillaje. No sería sino hasta la Revolución Francesa que la moda daría un giro completamente diferente, influenciada por los acontecimientos de su tiempo.

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Pues después de haber hecho todos los rituales necesarios, me encontraba finalmente ante el legendario examen, que tantos miles a lo largo de los años han calificado como extremadamente difícil, duro e  imposible de resolver.

La primera sección era de la matemáticas. En ella había ejercicios que claramente me recordaban los que yo había hecho en la secundaria y la preparatoria. Cosas como despejar, sistemas de ecuaciones con dos y tres incógnitas, trigonometría, hacer gráficas que acababan en parábolas e hipérboles, cálculo diferencial e integral, etc. Ejercicios en los que siempre saqué diez, sólo que ya me había olvidado cómo hacerlos, por lo que los omití.

Lo mismo me sucedió con los problemas de física. Claramente recordaba que en la preparatoria yo los habría contestado sabiéndome las fórmulas de memoria, pero después de tres años mi cerebro ya los había eliminado de su sistema, o al menos los había relegado a la parte más lejana de la cómoda más escondida de la habitación más oculta de mi materia gris.

En química y biología las cosas fueron un poco diferentes, porque no tenía idea de lo que me estaban preguntando en la primera y no me acordaba nada de la segunda, a excepción de qué era la ósmosis y un poco de genética.

Fue hasta que llegué a la parte de español que todo cambió. A partir de ese momento me puse a responder todas las preguntas sin dudar, porque eran bastante fáciles. Después de las analogías, la ortografía y la lectura de comprensión, seguimos con algo de literatura y luego pasé a las bienaventuradas  preguntas de historia y geografía, que al ser muy generales no presentaron grandes dificultades. También hubo una parte de filosofía, la cual versaba principalmente sobre ontología, que curiosamente era algo que estaba viendo en la UAM (quién sabe porqué).

Una vez respondidas estas cuestiones, regresé a lo que no había contestado y guiándome unas veces por seudorazonamientos lógicos, otras, medio acordándome de mis clases pasadas,  y las más dejándome llevar por el azar que me hablaba a través del “Tin marín de don pingüé” XD acompleté mi linda hoja de bolitas. Luego revisé las respuestas que sí me sabía, guardé mis cositas, me puse de pie y entregué mi examen. Creo que fui la primera o la segunda o a lo mucho la tercera. El que estaba cuidando me vio con algo de incredulidad, pero lo divertido eran las miradas de terror que me dirigieron mis demás compañeritos de odisea. Al retirarme  ellos sentían cómo el mundo se les venía encima, que su tiempo se agotaba, y sin duda de estarían imaginando que ya nada más faltaban como veinte minutos  para que los obligaran a regresar los cuadernillos, y ellos sin siquiera llevar la mitad de su examen. O tal vez les llegó la sensación de que yo era demasiado lista, mientras ellos eran muy tontos y por eso había sido de las primeras en salir. Pobres chicos, si supieran…

De regreso a casa me sentí de lo más despreocupada. Sinceramente no me cabía duda de que iba a pasar la prueba porque se me había hecho bien fácil. Tal vez le estaba dando demasiado crédito a ese examen, el que hice para entrar a la UAM era infinitamente más difícil, habían muchos problemas de lógica y razonamiento. Nunca olvidaré esa que decía “Si dos catarinas caminan en direcciones opuestas sobre lados opuestos de una banda de Moebius que mide x cm a una velocidad de x m/s ¿en qué punto de la banda y en cuánto tiempo se encontrarán?” y yo estuve fácil unos veinte minutos bien angustiada tratando de contestar esa maldita pregunta, llegando a dibujar a las catarinas a ver si me iluminaba. O el problema de las banderitas, o el del tinaco con un hoyo en el fondo, o el de las escuadras, o el de cuadrado-rectángulo-círculo-trapecio, y varios otros ejemplos más que fueron numerosos. Cuestionamientos que no tenían una fórmula ya establecida para ser resueltos mas que tu propia capacidad de raciocinio, a diferencia de lo que sucedía con éste examen de la UNAM, donde tan sólo te tenías que saber las fórmulas y cómo aplicarlas. Cualquiera que hubiera sido un alumno regular durante toda su vida y que hubiera estudiado en serio unos seis meses antes lo habría pasado, no es una cosa de genios sino de simple constancia. Obviamente esto funcionaría en un país con un sistema educativo eficiente donde los maestros de escuelas públicas no dieran sólo 4 ínfimas horas de clase ni los padres dejaran que Televisa educara a sus hijos, o donde el estado garantizara trabajos dignos y bien pagados para todos aunque tan sólo hubieran estudiado hasta la secundaria, para que los jóvenes no se precipitaran en manada a tratar de conseguir un lugar en una universidad pública cuya capacidad ha sido rebasada, con la idea de que tener una “licenciatura”  los va a sacar de pobres. Claro, en teoría.

Las semanas pasaron mientras yo era asediada por el morbo de vez en cuando. Al llegar el día consulté en internet y tal y como lo esperaba, había pasado. Para donde yo quería entrar se necesitaban 67 preguntas, habiendo yo obtenido la nada honrosa cantidad de 74.  En otras circunstancias me habría avergonzado, pero aquí no porque ahora tenía un lugar en la gloriosa UNAM sin siquiera haber estudiado. Yo creo que las preguntas de ontología fueron decisivas, finalmente por siete reactivos estaba dentro, y si no hubiera sabido algo de filosofía no las habría tenido.

Así fue como entré a la UNAM. Luego hice todos los trámites de rigor, hasta me vacunaron para la Hepatitis B, metí todos mis papeles, tuve mis primeras clases…y allí la puerca torció el rabo. Porque el Sistema de Universidad Abierta no era ABIERTA, sino que tenía que ir todos los viernes de 3 a 9 a que me atiborraran de información sin siquiera dejarme descansar un poquito. Era algo muy desgastante salir del servicio social o de la UAM AZC e ir hasta CU, tener 6 horas de clase con una de comida en una cafetería que por cierto, no cobra $2.50 por un almuerzo, y después  regresarme con toda la bola para llegar a mi casa a las 10…no estaba bien para mí. Aparte habían otros detallitos que no mencionaré, sólo que la UNAM y yo no funcionamos, aunque yo quiero y respeto mucho a la Máxima Casa de Estudios de nuestro país. De buena manera terminó nuestra relación…o no del todo, no me he salido completamente. Quién sabe…aún tengo 5 años para terminar O_O Además no deja de darme vueltas la idea de estudiar la Maestría en Historia del Arte en Estéticas, pero sí dudo con fuerza aventurarme a dar ese paso, si no me dan la beca no sé de qué viviré y aunque me apasiona el tema, presiento que el medio sería muy rígido para mí.

Esa fue mi narración acerca del romance de verano que tuvimos la UNAM  y yo. Es todo lo que tengo que decir al respecto, no me odien jajajaja.

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Pobres ilusos...Pobres ilusos…

Corría el feliz año de 2006. En esos tiempos yo me encontraba a disgusto en mi carrera de Diseño de la Comunicación Gráfica en la UAM AZC. Me sentía fuera de lugar, sentía que era no era mi vocación. Por eso cada vez que podía leía libros de historia e investigaba sobre diversos temas de lo mismo; era una manera de “escaparme” de la realidad que no me gustaba dando cauce a mis intereses naturales, ya que desde pequeña esta disciplina me interesaba mucho. Luego un día se me ocurrió que sería buena idea hacer una segunda licenciatura, precisamente en Historia. Según yo era una decisión pensada que ya no podía esperar más, tal era mi interés por aprender, por volcarme en ella (ajá), por cambiar de ambiente, de las computadoras, el youtube y los videojuegos a los libros, las bibliotecas y los documentos antiguos. Sentía que era allí a donde yo pertenecía.

Después de consultar brevemente la información disponible, la única alternativa que tenía era la Licenciatura en Historia en Sistema de Universidad Abierta (SUA) en la UNAM, con sede en la Facultad de Filosofía y Letras en C.U. El centro mismo de las humanidades de nuestro  país, o al menos esa fama tiene. No ocultaré que yo me encontraba emocionada porque era algo completamente diferente a donde estaba estudiando , y en cierta forma, más afin al modo de vida que había llevado hasta entonces, completamente ñoño-ratón-de-biblioteca.

Mis padres me apoyaron aunque permanecieron escépticos. Cuánta razón tenían XD.

Como correspondía, hice todos los trámites de rigor. No me pregunten cuáles fueron porque ya se me olvidaron. Sólo es importante destacar que llevé el proceso en tiempo y forma, con gran dedicación y constancia, entregando documentos, sacando ficha, leyendo las instrucciones en internet, etc. Lo único que no hice fue estudiar; no estudié NADA a pesar de haberme bajado la guía oficial y haberla checado varias veces. Siempre lo dejaba para después, argumentando que no iba a ser tan difícil agarrar un buen ritmo en cuanto me aplicara de veras. La cuestión es que así me la pasé hasta el sábado anterior a la fecha del examen, cuando decidí abrir un libro de física para cerrarlo diez minutos después, admitiendo que no iba a recordar en una semana lo que había olvidado con tanto empeño durante tres años.

Me tocó hacer la prueba un caluroso sábado no sé de qué mes, creo que a mediados de año, a un colegio particular que estaba hasta Taxqueña. Llegué con mis dos horas de anticipación a formarme junto a una larga barda, entreteniéndome mientras llegaba mi momento en dibujar monitos sobre un folleto de escuela patito para rechazados que me habían entregado.Como era de esperar el ambiente se mantenía muy activo, a mi lado jóvenes inocentes platicando con sus padres que los acompañaban, o con sus amigos que también iban a hacer el examen, situación que siempre me ha dado algo de repelús porque ¿qué no son capaces de hacer sus cosas sin la bola?; y en fin, muchos otros solitarios que meditaban sobre su incierto futuro. Agreguemos los vendedores de plumas, lápices, sacapuntas, gomas, fólders,  y repartidores de instituciones tipo  “SIMIuniversidades”  y tendremos el cuadro completo.

Al llegar la hora nos metieron a un salón decorado con recortes, abecedarios y demás parafernia educativa tipo escuela gringa. En ese momento todo mundo estaba en silencio, la tensión flotaba en el aire, yo observando despreocupadamente las caras de terror  de los adolescentes que me acompañaban, regocijándome en la tranquilidad que daba tener ya un lugar en una universidad pública (porque ni de chiste podríamos costear una particular). Claro que también sentí un ligero porcentaje de empatía; finalmente yo también había sufrido mucho en mi momento, había sudado frío y sentido que el mundo daba vueltas, mientras mis manos se congelaban y yo tragaba saliva. Ah, qué recuerdos.

Finalmente tuve en mi poder el cuadernillo y la hoja para rellenar bolitas. Finalmente pude constatar si el afamado examen de la UNAM era tan terrible, tan difícil, tan espantoso, tan endiablada, obscenamente complicado como mucha gente decía. El morbo por saberlo también había sido un motivo para enlistarme en todo ese proceso.

Y el examen era así…..

Mañana, no se pierdan la continuación de este valiosísimo post, donde les revelaré todo lo que ustedes quisieron saber acerca de la UNAM y yo, y claro, las respuestas del famoso examen.

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