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Archive for 30 julio 2009

Nunca he sido una persona que crea en cualquier asunto relacionado con milagros, apariciones, santitos y demás cosas. Desde pequeña mi educación, residuo del pasado comunista-light de mis padres me inculcó un gran escepticismo hacia todo ese tipo de cosas. Es más, incluso de más joven yo detestaba enormemente aglomeraciones de gente acudiendo a pedirle a X o Y entidad celestial milagros de todo tipo. Hasta dicen que cuando tenía la tierna edad de 6 o 7 años hice un dibujo del cura Hidalgo con su estandarte que decía QUE NO VIVA LA VIRGEN DE GUADALUPE

El hecho es que simple y sencillamente no me gustan ni las peregrinaciones, ni las procesiones, ni las  misas multitudinarias. Si no me gusta mucha gente en un mismo lugar, mucho menos eventos donde hay miles de personas reunidas por una causa que considero absurda.

Desde hace algunos años, por cuestiones de trabajo, tengo que pasar diario por el centro y más específicamente por el Metro Hidalgo. ¿Y qué templo está a las afueras de dicha estación? Adivinaron, el de San Hipólito, mejor conocido por ser de los principales donde se ejerce el culto a San Judas Tadeo, el santo de las causas imposibles, que usa una túnica blanca con verde y tiene una flamita sobre la cabeza cual Pokemón.Quesque es muy milagroso y no se que, el hecho es que es harto popular por estos lares.

Por si no lo sabían el 28  de cada mes es SU DÍA (¿conocen a un santo que tuviera tantos días al año? ese compa de veras debe ser bueno en su chamba) y cuando eso pasa, torrentes de personas de no muy confiable apariencia se lanzan hacia la pobre iglesia barroca cargando imágenes de distintos tamaños, atascadas de escapularios, cuentitas de colores, rosas y demás. Generalmente son jóvenes a los que denominaré “fans” porque visten playeras negras con el dibujito de Judas que además exhiben la oración correspondiente. Y en no pocos casos de ellos puedo decir que me daría miedo encontrármelos en una calle oscura en la noche, esas caras se cargan. Supongo que entre ellos debe haber raterillos y criminales de verdad, y  sus culpas han de ser directamente proporcionales al tamaño del San Judas que llevan cargando, algunos de ellos de escala casi natural.

Digamos que no me gustan esas multitudes, digamos que no me gustan esos ritos, digamos que no me agrada esa multitud en particular y el desmadre que causan en todos los medios de transportes de la región, entre los cuales se encuentra el Metro, noble limosina naranja que yo utilizo.

Pues resulta que este pasado martes llovía a cántaros, yo bajé en Hidalgo en la línea azul. Dada mi experiencia previa yo sabía que en transbordo a la línea verde, dirección Indios Verdes, iba a estar del vómito, cosa que se confirmó. Así que decidí tomar la ruta habitual, que es salirme del metro y abordar la pecera que me deja en mi casa. Alli empezó mi pequeño infierno, pues resulta que en mi gran inteligencia había olvidado que ese día se pone un horrendo tianguis garnachero frente al Templo de San Judas, desplazando a las peseras hasta un lugar indeterminado  que en medio de la lluvia, el aire y la multitud nunca pude divisar.

Verme contrariada casi me hace chillar de la desesperación. No podía regresar al Metro porque la bola de gente y vendedores de rosarios me tapaban la entrada, quise llegar hacia Reforma pero antes me tardé más de diez minutos en recorrer como 20 metros de terreno tapizado de puestos ambulantes de comida, basura, gente mojada, yo pisando charcos inmundos hechos de una mezcla de agua de lluvia ácida y fluidos de origen indeterminado con mis pobres lindos flats del Palacio de Hierro que tanto quiero, el líquido radioactivo empapando mis pies.

Al llegar a Reforma le pregunté a un Poli si sabía donde salían las peseras para mi casa, pero obviamente no sabía. Me tuve que subir a una que se fuera hasta La Villa, llena hasta las cachas de Fans From Hell de San Juditas con sus respectivas figuras de yeso, incluyendo un adolescente que llevaba una más grande que sí mismo (el chofer debió haberle cobrado pasaje también, IMHO). Yo mojada y de malas me mareaba por el aire encerrado del vehículo, maldiciendo a los mil demonios y santos de este país. Afortunadamente el trayecto no fue tan largo o de lo contrario sí me hubiera vomitado.

Cuando llegué a La Villa seguia lloviendo horriblemente. Mi paraguas chino extra chafa se deshacía con el aire, volví a pisar más asquerosos charcos provenientes de los puestos que rodeaban al metro hasta llegar a la entrada del mismo. Finalmente conseguí meterme al vagón deliciosamente vacío y pude llegar a mi casa, donde procedí a lavarme los pies esperando no haber contraído una nueva variedad de ÉBOLA JUDAISANO o a ver que.

Esa misma noche se murió mi PC, aunque después revivió. Conclusión: San Judas me odia. u_u

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Si en el futuro los rubicundos e ingenuos niños me preguntan “Oh decrépita anciana ¿cómo era la vida allá por el 2009?” yo les responderé que viví en el Sexenio del CHALE. ¿Y porqué lo nombré así, en honor a tan afamada palabra? Bueno, que levante la mano quién no ha dicho CHALE nada más viendo las portadas de cualquier periódico impreso, leyendo alguna noticia en internet o escuchando la radio. Las cosas están tan feas que CHALE es lo menos que llegamos a pensar.

De todos modos, éstas son mis razones para nombrar a éste Sexenio, el Sexenio del CHALE:

1.”Es la economía, estúpido”. Yo sé que el presidente Calderón no tiene la culpa de la crisis económica mundial que se avecinó. Pero bueno, por allí analistas y gentes sesudas dicen que la política económica del gobierno no está surtiendo efecto, otros dicen que se reaccionó tarde ante la situación, y otros que es una conspiración mundia blablabla. Tal vez don Carstens no actuó con la rapidez o la competencia que su puesto merecía, cosa que sorprendería ya que ocupó un alto puesto en el FMI y se educó en la Universidad de Chicago.

No comparto esa idea paranoica setentera tercermundista de que se están robando el dinero. Pienso en algo peor, que es que simplemente la gente que está en esos grandes puestos es medio inepta o campechana. Aunque ésta es sólo una opinión emitida al aire porque yo no sé absolutamente nada de macroeconomía; tal vez sí lo están haciendo bien pero como es costumbre quejarse de lo que uno desconoce , yo también lo hago. Mas incluso si su desempeño va por el camino correcto llego a la conclusión de que estamos bien fregados.CHALE

2. No hay empleos. Llevo ya un rato buscando chamba sin encontrarla. Las ofertas sí han disminuido aunque no tanto como pensaba; lo que sí es que los hambreados peleándonos por una vacante somos muchísimos más por lo que el porcentaje de probabilidad de quedarme con un puesto  ha disminuído. Éste no ha sido precisamente el Sexenio del trabajo, y ni se ve cuándo mejorará la cosa.CHALE

3. Narco War.Todos estaremos de acuerdo que ya era necesario ponerle un hasta aquí a esos delincuentes (a menos que tú seas un narco), sólo que para estos días lo único que hay de cierto es que esta Guerra es una GUERRA de verdad. Todos los días tenemos noticias de no se cuántos detenidos que supuestamente eran los meros meros de alguna organización delictiva. De decomisos gigantescos. Pero también de encajuelados, descabezados, ejecutados, balaceras, muertitos a diestra y siniestra. Personalmente yo ya tengo terror de viajar a algunos estados, andar por carreteras desoladas o pasar cerca de algún soldado o Policía Federal. Lo que parece es que al Preciso se le acabaron las ideas y se dedica a mandar a soldados a diestra y siniestra, como carne de cañón, cuando lo que se debería hacer es labor de inteligencia, de infiltración, operaciones encubiertas muy bien planeadas. A éste paso se va a acabar el Ejército (o se van a hartar) y patitas pa que las quiero.

Es triste pensar que la única organización -institución no podemos llamarla- cuyas partes están perfectamente bien coordinadas y organizadas, sin importar quién sea el jefe, es el narco. CHALE.

Dentro de éste rubro también debería incluir al crimen organizado. Ambos nos revelan lo corruptos que somos y lo descompuesta que está nuestra sociedad, pero mejor ya le paro porque ésto sí está traumante. Todo ésto nos lleva a pensar que tristemente ya no estamos seguros ni en nuestra casa, que son los criminales los que dictan cuánto debemos ganar, por dónde podemos pasar y en quién podemos confiar. CHALE.

4. Los partidos políticos. Sean quienes sean, los miembros de nuestros HDP Partidos Políticos sólo piensan en ellos, ellos y ellos. Seguro por allí debe haber un idealista que quiere cambiar las cosas, pero los otros grillos profesionales se los comen. Tener un Partido político es un negocio, si tu corriente no es la primordial no importa ya que seguirás teniendo ganancia. ¿Para qué inventar propuestas reales o siquiera pretender que importa la gente, si el gobierno los mantiene? Y como sus diputadillos y senadorcillos son los que hacen las leyes, seguro jamás harán una que les quite presupuesto o poder. Sería meterse autogol. CHALE.

5. Los góbers. Sin palabras, son caciques enormes que les vale un queso la población que “gobiernan”, y sólo andan pensando en “La Grande” a ver si se les cumple. Aparte son todos antipáticos,  se creen bellos e inteligentes, además de que practican esos arcaicos mecanismos de los acarreados y otras cosas (ejem Peña Nieto). Acá incluyo al Carnal Marcelo Ebrard, Mayor de la Ciudad de México.

6. El PEJE. Durante años hemos tenido que aguantar a este personaje, quien junto con su puñado de seguidores fieros y sordos recrean un MiniReich Región 4. Me irritan su discurso de los setentas, su actitud provocadora, sus delirios de grandeza, su Gobierno Legítimo que nadie pela, sus acciones violentas dignísimas ya ni de un país bananero, y el hecho de que se financíe todo esto con gobierno público. Y no se ve cercano el día en que  por gracia del universo se abra una grieta debajo de sus pies que se lo trague para siempre. Lo peor del caso es que éste tipo no existiría si no hubieran tanta ignorancia y pobreza. CHALE

7. La influenza. Pues el evento es tan reciente que todo mundo sabe a dónde voy, así que podemos repetir juntos: CHALE. CHALE y DOBLE CHALE.

8. El Presidente sale en la tele hasta para decir que ya salieron las tortillas. En lo personal a mí no me cae mal el Preciso, pero cada vez que veo que todos los canales lo transmiten dando algún mensaje, me da terror de que vaya a decir algo feo, como que ya nos fuimos al cuerno. Sin mencionar que me fastidia que siempre diga “hay que crear consensos”. COMO ODIO ESA FRASE. CHALE.

9. La selección mexicana. Bueno, sí, disfruto con placer cuando el equipo verde pierde contra Estados Unidos porque los gringos me caen bien. ¿Porqué? Porque serán unos palos sin gracia, pero son constantes, disciplinados, pacientes y trabajan en equipo. Eso vale más que tener una escuadra de divas que trabajan juntos 3 días al año y se confían en la inspiración.

Sin embargo yo iba al siguiente punto: es irritante toda la cobertura que se le hacen a esos tipos, es irritante cómo la gente se emociona con ellos y ELLOS son irritantes. Parece que no le echan ganas aunque ganen más de lo que yo ganaré jamás; me pone de malas su actitud que no es profesional porque les pagan unos sueldazos y no los desquitan.  Frustra bastante que no le echen ganas.

Finalmente, aquí entre nos, podríamos trazar una comparación entre estos monigotes y el estado del país: caído, sin rumbo, sin saber qué hacer y yéndose al caño.  CHALE

Y eso que voté por el Calderas y lo apoyo…pero..

CHALE.

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Ojos azules

Les presento una lectura corta, muy a propósito para ésta oscura noche lluviosa del 30 de Junio. Hoy se cumplen 489 años de la famosa “Noche Triste”.

Ojos azules
Arturo Pérez-Reverte

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Llovía a cántaros. Llovía, pensó, como si el dios Tlaloc o la puta que lo parió hubieran roto las compuertas del cielo. Llovía mientras resonaban afuera los tambores, y los capitanes iban llegando cubiertos de hierro, sombríos, con las gotas de agua corriéndoles por los morriones y la cara y las cicatrices y las barbas. Llovía sobre Tenochtitlán, cubriendo la capital azteca de una noche húmeda; lágrimas siniestras que repiqueteaban en los charcos del patio del templo mayor, y disolvían en regueros pardos las manchas de sangre de la última matanza, la de centenares de indios mexicanos, cuando en plena fiesta el capitán Alvarado mandó cerrar las puertas y los hizo degollar, ris, ras, visto y no visto, hombres, mujeres y niños, por aquello de que al que madruga Dios lo ayuda, y más vale adelantarse que llegar tarde. Los he cogido en el introito, dijo luego Alvarado, cuando Cortés fue a echarle la bronca. Se me fue la mano, jefe, se disculpaba, huraño. Pero por lo bajini se reía, el animal. Los he cogido en el introito.

Bum, bum, bum, bum. Apoyado en el portón, bajo la lluvia, el soldado de ojos azules reprimió un escalofrío mientras se ajustaba el peto y ceñía la espada. A su alrededor los compañeros se miraban unos a otros, inquietos. Al otro lado de los muros del palacio, afuera, los tambores llevaban sonando una eternidad. Bum, bum, bum, bum. Había toneladas de oro, pero ahora Moctezuma estaba muerto y se acababan las provisiones y todo se había ido al carajo. Bum, bum, bum, bum. También había miles y miles de mexicanos en la ciudad, alrededor, cubriendo las terrazas, llenando las piraguas de guerra en los canales y la calzada entre los puentes cortados. Mexicanos sedientos de venganza. Bum, bum, bum. Así todo el día y toda la noche, mientras en lo alto de los templos los sacerdotes alzaban los brazos al cielo y preparaban los sacrificios. Bum, bum, bum, bum. Aquello sonaba adentro, precisamente en el corazón, que los más cenizos ya imaginaban fuera del cuerpo, ensangrentado, abierto el pecho por el cuchillo de obsidiana. Bum, bum, bum. Menudo plan, pensó el soldado mirando las caras mortalmente pálidas de los otros. Venir desde Cáceres y Tordesillas y Luarca y Sangonera, que están lejos de cojones, para terminar abierto como un gorrino, con las asaduras hechas brochetas en lo alto de un templo, aquí donde Cristo dio las tres voces. Bum, bum, bum. Y además, de tanto oírlos, aquellos tambores habían adquirido un lenguaje propio. Si uno prestaba atención podía oír que decían: Teules malditos, perros, vais a morir todos hasta el último, y pagaréis el deshonor de nuestros ídolos, y vuestra sangre correrá por las aras y los escalones de los templos.

Bum, bum, bum. Eso decían aquella noche, pensó estremeciéndose, los jodidos tambores de Tenochtitlán.

Cortés, con cara de funeral, no se había ido por las ramas: tenían que romper el cerco. Dicho en claro, eso significaba Santiago y Cierra España, todos corriendo a Veracruz, y maricón el último. De modo que cargaron en caballos cojos y en ochenta indios aliados tlaxcaltecas la parte del oro que correspondía al rey, y luego dijo Cortés aquello de ahí queda el oro sobrante, más del que podemos salvar, y el que quiera que se sirva antes de darlo a los perros. De modo que los soldados de Pánfilo de Narváez, que habían llegado los últimos, se atiborraron de botín dentro del jubón y del peto, y bolsas atadas a la espalda, y anillos en cada dedo. Pero los veteranos que habían estado en Ceriñola y en sitios de Flandes e Italia y llevaban con Cortés desde el principio, y nunca se las habían visto como en el matadero de México, procuraban ir sueltos de cuerpo, sin mucho peso. Si acaso, como Bernal Díaz y algún otro, se embolsaron alguna joya pequeña, algún anillo de oro. Cosas que no les impidieran correr en una huida que iba a ser, eso lo sabían todos, de piernas para qué os quiero. Que no era bueno, como decía la mala bestia del capitán Alvarado, pasearse con los bolsillos llenos en noches toledanas como aquélla.

Bum, bum, bum. Seguía lloviendo cuando abrieron las puertas y empezaron a salir en la oscuridad. Sandoval y Ordás en la vanguardia, con ciento cincuenta españoles y cuatrocientos tlaxcaltecas, con maderos paya reparar los puentes cortados. En el centro, Cortés, otros cincuenta españoles y quinientos tlaxcaltecas con la artillería y el quinto del tesoro correspondiente al rey. Después salieron los heridos, los rehenes, doña Marina y las otras mujeres, protegidos por treinta españoles y trescientos tlaxcaltecas, entremetidos entre los capitanes y la gente de Narváez. Y por fin, Alvarado y Velázquez de León en la retaguardia, con un grupo de los cien soldados más jóvenes que debían moverse a lo largo de la columna, acudiendo allí donde el peligro fuese mayor. Eso, en teoría. En la práctica no había más órdenes que andar ligeros, pelear como diablos y abrirse paso por los puentes y la calzada como fuera. A partir de cierto punto, cada uno cuidaría de su pellejo. Dirección: primero Tacuba y luego Veracruz. Eso, los que llegaran.

Era el tumo de los últimos. Tiritando de frío bajo la lluvia, el soldado de los ojos azules terminó de atarse el saco de oro sobre el hombro izquierdo, se ajustó el barbuquejo del morrión, sacó la espada y echó a andar. El agua sobre los ojos lo cegaba, y la oscuridad le impedía ver dónde iba poniendo los pies. La columna se movía con ruido de pasos, oraciones, blasfemias, rumor metálico de armas y corazas. Iba a ser un largo camino, se dijo. Tacuba, Veracruz, Cuba, España. El peso del oro lo reconfortaba. Había venido muy lejos a buscarlo, había peleado y sufrido y visto morir a muchos camaradas por ese oro. Él tenía la certeza de que iba a salir con bien de aquélla; y a su regreso ya no tendría que arar la tierra ingrata en la que había nacido, seca y maldita de Dios, tierra de caínes esquilmado por reyes, curas, señores, funcionarios, recaudadores de impuestos y alguaciles; por sanguijuelas que vivían del sudor ajeno. Con aquel oro tendría para vivir bien y hacer una buena boda, para poseer su propia tierra y su propia casa. Para envejecer tranquilo, como un hidalgo, contándole a sus nietos cómo conquistó Tenochtitlán. Para morir anciano y honrado sin deber nada a nadie, porque hasta el último gramo de oro lo había ganado con su sangre, sus peligros, sus combates, su salud y su miedo.

Sintió un hueco en el corazón, y antes de ser consciente de su pensamiento, supo que pensaba en ella. Los soldados que iban delante se habían parado, y allí, inmóvil bajo la lluvia, mientras esperaba a que la columna reanudara su marcha, recordó. Sólo era una india, se dijo. Sólo era una de esas indias. Las había a cientos, y ésta no tenía nada de particular. No era ni especialmente bonita ni especialmente nada. Pero él la encontró en el momento oportuno, al principio, cuando las relaciones de españoles y mexicanos aún eran buenas. Se la había tirado como lo que era: una perra pagana. Se la había tirado disfrutándola, con rudeza. Sin embargo, ella le cobró afición al teule barbudo de ojos azules; volvió un día tras otro, y él repetía hembra entre las bromas groseras de sus compañeros. Qué la das, decían socarrones. Aquella mexicana se le quedaba mirando los ojos y lo acariciaba hablando cosas extrañas en su lengua. Era muy joven y muy triste; no se reía nunca, como si viviera envuelta en un presentimiento. Un día, ella le dio a entender que estaba preñada, y él se lo contó a los otros y todos se rieron mucho. Luego se la calzó por última vez antes de echarla a patadas, a ella y al bastardo pagano que llevaba en la tripa. Sin embargo, a la segunda o tercera noche en que no volvió, se sintió extraño. Anduvo un par de días buscándola, sin admitirlo ni siquiera ante sí mismo. Pero no dio con ella. Por fin reconoció, aunque tarde, que añoraba su piel sumisa, y eltono quedo de su voz cuando lo acariciaba, y aquella mirada oscura que a veces fijaba en él, orgullosa y lúcida e inconquistable allá adentro; y experimentaba una indefinible nostalgia de algo que apenas había llegado aconocer. Pensaba en aquella india con un hueco raro en el corazón, igual que el que sentía esta noche. Un hueco cuya intensidad superaba, incluso, la del miedo.

Porque el miedo ya era mucho. Los tambores habían acelerado su batir, y Tenochtitlán entera resonaba de trompetas y gritos de los mexicanos alertados: se van, los teules se van, acudid y atajadlos y que no quede uno con vida. Y de la noche surgían cientos y miles de guerreros que caían en turba sobre la columna, y la laguna y los canales se cubrían de canoas de indios vociferantes, y los pasos y los puentes se taponaban de caballerías muertas, y de fardos con oro abandonados, y de mexicanos armados y feroces tirando con lanzas y flechas y mazas. Resbalaban los caballos en la calzada mojada de lluvia y caían los hombres desventrados, gritando, a los canales, y avanzaban los españoles en la oscuridad, por los vados a medio llenar de los puentes, el agua por la cintura, lastrados por el peso del oro bajo el que se ahogaban muchos. Atrás, volvamos, gritaban algunos, corriendo a encerrarse de nuevo allí de donde ya no saldrían jamás. Otros apretaban los dientes y seguían entre la turba de indios, arremetiendo a cuchilladas, adelante, adelante, a Tacuba y Veracruz o al infierno esta noche; y Cortés y los que iban a caballo se alejaban ya a salvo picando espuelas con la vanguardia, dejando muy atrás los puentes y a los que iban a pie, dejando atrás a esa retaguardia sumergida bajo miles de mexicanos sedientos de venganza, a la retaguardia que ya no era sino un desorden de hombres luchando a la desesperada por abrirse paso, gritos por todas partes, gritos de los hombres que clavaban las espadas ensangrentadas, gritos de los heridos y agonizantes, gritos de los mexicanos que caían con valor inaudito sobre los soldados rebozados de hierro, sangre y fango de los canales, gritos de los españoles apresados a quienes cortaban los tendones de los pies para que no escapasen, antes de arrastrarlos vivos hasta las pirámides de los templos, donde los sacerdotes no daban abasto y la sangre corría en regueros espesos bajo la lluvia.

El soldado de los ojos azules peleó con bravura, a la desesperada, chapoteando en el barro, abriéndose paso a estocadas. El saco de oro le pesaba en el hombro pero no quiso dejarlo. Había ido muy lejos a buscarlo, y no pensaba regresar sin él. Avanzaba con un grupo de compañeros, batiéndose todos como perros salvajes, matando y matando sin tregua, y de vez en cuando alguno de ellos caía o era arrancado por las manos de los mexicanos y se oían sus gritos mientras se lo llevaban. La noche era cada vez más negra y turbia de bruma y lluvia, y en lo alto de los templos las antorchas ardían iluminando siluetas que se debatían en lo alto de los peldaños rojos, y los cuchillos de obsidiana bajaban y subían sin descanso, y seguían sonando los tambores. Bum, bum, bum, bum. Pero el soldado de los ojos azules ya no oía los tambores porque su corazón latía aún más fuerte en su pecho y en sus tímpanos. Las piernas se le hundían en el barro y el brazo le dolía de matar. Una piragua vomitó más guerreros aullantes que se abalanzaron sobre el grupo, y éste se deshizo, y se oyó la voz del capitán Alvarado diciendo corred, corred que ya no queda nadie detrás, corred cuanto podáis y que cada perro se lama su badajo. Y luego todo fue una carnicería espesa, tunc, y cling, y chas, carne desgarrada y golpes de maza y tajos de espadas, y el soldado oyó más gritos de españoles que morían o pedían clemencia mientras los arrastraban hacia los templos, y se dijo: yo no. El hijo de mi madre no va a terminar de ese modo. Llegaré a Veracruz y a Cuba y a España, y compraré esa tierra que me espera, y envejeceré contando mil veces cómo fue esta asquerosa noche.

El oro le pesaba cada vez más y lo hundía en el barro, pero no quiso dejarlo, no lo dejaré nunca, he pagado por cada onza, y sigo pagando. Vio ante sí unos ojos oscuros como los de aquella india en la que pensaba a trechos, pero éstos venían llenos de odio y la mano que se alzaba ante él enarbolaba una maza. Se abrazó al mexicano, un guerrero águila pequeño y valiente, y abrazados rodaron por el fango, golpeando el otro, acuchillando él. Tajó en corto con la daga, porque había perdido la espada. Sácame de aquí, Dios, sácame de aquí, Dios de los cojones, sácame vivo, maldito seas, sácame y la mitad de este oro la emplearé en misas, y en tus condenados curas, y en lo que te salga de los huevos. Llévame vivo a Veracruz. Llévame vivo a Tacuba. Llévame vivo aunque sólo sea hasta el próximo puente, que ya me las apañaré yo luego. Siguió adelante, y ya ningún otro español iba a su lado. Soy el último, pensó. Soy el último de nosotros en este puñetero sitio. Soy la retaguardia de una vanguardia que ya está a una legua de aquí. Soy la retaguardia de Cortés y de su puta madre, y este oro me pesa tanto que ya no puedo caminar. Estaba cubierto de barro y de agua y de sangre suya y mexicana, y los pies se negaban a moverse, y el brazo le dolía de tanto acuchillar. Estaba ronco de dar gritos y le ardían los pulmones y la cabeza; pero el hueco del corazón seguía allí, y no podía dejar de pensar en ella. Estará en alguna parte de esta ciudad con su bastardo en la tripa, mirando lo que pasa. Mirando cómo a los teules nos hacen filetes. Igual hasta piensa en mi. Igual se pregunta si he logrado pasar. Igual hasta siente que me vaya.

Más indios. Ahora ya no intentó escapar. Carecía de fuerzas, así que acuchilló resignado, una y otra vez, cuando la turba le cayó encima dando alaridos. Acuchilló a tajos con una mano sobre el saco de oro y la daga en la otra hasta que sintió un golpe en la cabeza, y luego otro, y otro, y varias manos lo sujetaron, y aún intentó clavarles la daga hasta que comprendió que ya no la tenía. Entonces le arrancaron el saco de oro y se lo llevaron por la calzada bajo la lluvia, a la carrera, arrastrando los pies por el suelo, hacia una de las pirámides cuyos escalones brillaban rojos a la luz de las antorchas en las que crepitaba la lluvia. Y gritó, claro. Gritó cuanto pudo, desesperado, de forma muy larga, muy angustiada, a medida que lo iban subiendo a rastras pirámide arriba. Gritó de pavor ante la multitud de rostros que lo miraba, y de pronto dejó de gritar porque la había visto a ella. La había visto allí, entre la gente, observándolo fijamente con aquellos ojos grandes y oscuros. Lo miraba como si quisiera retenerlo en su memoria para siempre; y él apenas tuvo tiempo de verla un instante, porque siguieron arrastrándolo hasta el altar ensangrentado, que rodeaban cadáveres de españoles con las entrañas abiertas.

Ahora oía otra vez los tambores. Bum, bum, bum. Tiene huevos acabar así, pensó. Bum, bum, bum. Es un lugar extraño, y nunca imaginé que fuese de esta manera. Sintió cómo lo levantaban en vilo, tumbándolo boca arriba sobre el altar mojado que olía a sangre fresca, a vómitos de miedo, a vísceras abiertas. Le quitaron el peto, el jubón y la camisa. Sentía un terror atroz, pero se mordió la lengua para no gritar, porque ella estaba allí, alrededor, en alguna parte, y él sabía que seguía mirándolo. Varias manos le inmovilizaron brazos y piernas. Quiso rezar, pero no recordaba una sola palabra de maldita oración alguna. Tenía los ojos desorbitados, muy abiertos a la lluvia que le caía en la cara, y de ese modo vio el cuchillo de obsidiana alzarse y caer sobre su pecho, con un crujido. Y en el último segundo, antes de que la noche se cerrara en sus ojos, aún pudo ver latir en alto, entre las manos del sacerdote, su propio corazón ensangrentado. Ojalá, pensó, mi hijo tenga los ojos azules.

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