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Archive for 3 noviembre 2009


Crédito: Rageforst

Una fortaleza, un oásis de tranquilidad en medio de la árida y bulliciosa zona de Buenavista. La Biblioteca Vasconcelos  me recordó, aún antes de conocerla, aquella historia de Borges “La Biblioteca de Babel”. Ciertamente es más impresionante en vivo que por medio de fotografías.

Al traspasar esa enorme puerta, entra uno a otro mundo, otro lugar, de contrastante frescura y tranquilidad. Serenidad relativa, ya que un bullicioso conjunto de voce, pertenecientes a los visiantes,  llena el amplio espacio del vestíbulo que presenta exposiciones varias. Hay un esqueleto de alguna creatura gigantesca  que no logré identificar, pero se pierde en la inmensidad del edificio.

La biblioteca es enorme, es gigantesca, es impresionante . A menos que sepas a lo que vas ¿por dónde empezar? Yo sólo estaba segura de que buscaba algo sobre la Historia del Arte. Consulté el mapa…¡séptimo piso! Un elevador me llevó rápidamente a mi destino.

Un piso y tres edificios para mi interés particular.  Al salir del elevador pude ver a través de una ventana el perfil de la ciudad, sus edificios, torres, un mar cubista de construcciones grises. En lo más alto ya no había ruido, pero tampoco un silencio sepulcral. Por los balcones se filtraba el sonido lejano de la música del Tianguis de El Chopo con canciones rancheras y la voz de una animadora que no sé de dónde vendrán. La abandonada, melancólica Torre de Banobras al poniente; las torres de Catedral y otra cúpula que no identifiqué al oriente. Y frente a mí el esqueleto desnudo de la próxima plaza que se construirá para el Tren Suburbano.

Cómodos sillones y una gran cantidad de sillas y mesas, en espera de que alguien las ocupe, lucen abandonadas. No debía de haber más de una veintena de lectores en todo el piso. La mayoría junto a sus laptops trabajaba en algún proyecto, ví por allí a un muchacho que observaba con detenimiento copias fotostáticas  de un libro de Leonardo Da Vinci.

Recorrí los estantes sin acercarme mucho al centro, donde el vacío me producía vértigo. La misma sensación de saberse de pie sobre unos gruesos vidrios que estaban casi suspendidos sobre la nada era un poco inquietante, pero después de un rato es posible ignorarla.

Libros, muchos libros. No tan especializados como yo lo querría, pero sí muy interesantes. Había un ejemplar muy grande de las Miniaturas de la Catedral Metropolitana. Había otro casi imposible de cargar sobre Leonardo Da Vinci. Había de todo un poco, libros sobre pintores, libros sobre teoría del arte, biografías, tratados, libros ilustrados, etc. Recorrí todo el edificio oriente hasta llegar a su extremo. Allí había un gran ventanal desde que se podía observar el norte del Valle de México. Y a lo lejos, la música de El Chopo y la del mariachi misterioso, llevados hasta arriba por la brisa, aunque ya muy atenuados, como en un sueño. En una esquina un sujeto roncaba a pierna suelta sobre un sillón. Una gotera en el techo había dejado un charco difícil de ignorar en el suelo.

Regresé por el otro lado de la estantería, examinando rápidamente cada uno de los libros. Hasta entonces no había tomado ninguno porque no había sentido el impulso de hacerlo. Entonces lo ví. “Paseos coloniales” de Manuel Toussaint. Sin dudar me arrodillé para remover de su cómodo espacio aquel libro empastado en rojo. Lo abrí. Me llegó el olor a nuevo combinado con el del indiscutible polvo acomulado. “Porrúa 1985” decía la portada. Un libro pocas veces utilizado o tal vez nunca consultado, sentí la necesidad de acariciar sus páginas intactas. Aunque suene ridículo pensé lo triste que debe ser para un ejemplar como ese permanecer para siempre impecable por el abandono en alguna estantería. Estar por la eternidad en silencio, cuando lo que él más desea es que alguien lo abra, lea sus páginas, las disfrute para que él pueda cumplir con su misión y así vivir en el alma de quien lo lea. (Ya sé que suena ridículo y cursi…)

Me senté en uno de los sillones y al leer las primeras páginas me conmoví. No por lo que dijera, sino por el hecho de que me encontraba en un lugar donde me sentía como en casa. En el silencio, sobre la ciudad, los usuarios estudiosos, hasta el tipo roncando en una esquina. Las palmeras de Insurgentes se movían, debajo tenía un gran jardín que pertenecia a la biblioteca, la brisa y los murmullos…

Dejé a Manuel Toussaint y proseguí mi visita, pero sentía dentro de mí una especie de tranquilidad que no podría describir. Ví más estantes y cuando llegué al fin regresé a algunos sitios a echarle una ojeada a otros ejemplares que me interesaban. No me entretuve demasiado, ya era tarde y tenía hambre. Bajé los siete pisos, pregunté algo en la recepción y retorné a ese mundo ruidoso y árido que me esperaba afuera.

Si pueden vayan a la Biblioteca Vasconcelos. Tienen una hermosa vista de la ciudad y un lugar tranquilo para estudiar. Estoy segura de que yo pasaré no pocos días allí en el futuro.

 

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