Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘cosas de la historia’ Category

Ánima ubicado al costado sur de la Catedral Metropolitana, México
Ánima ubicado al costado sur de la Catedral Metropolitana, México

Para nosotros, habitantes del siglo XXI, científico y racionalista, el tema de la muerte se evita y oculta. Pero durante cientos de años la muerte fue una presencia cotidiana y familiar;  los desórdenes sociales, las frecuentes epidemias y las condiciones climatológicas que destruían las cosechas  sesgaban con frecuencia la vida de hombres, mujeres y niños de todas las edades y condiciones sociales.

En aquel ambiente, carente de  explicaciones racionales que permitieran comprender los desdichados eventos que sucedían, las personas hallaban consuelo en la religión. El Catolicismo alentaba la creencia de que esta vida era sólo un tránsito pasajero del alma, cuyo verdadero destino se encontraba más allá de la muerte. Es por ello que los sufrimientos pasados en el mundo eran sólo una prueba para gozar de la presencia de Dios, pero únicamente si se seguían los preceptos que la Iglesia había establecido. Dependiendo de la conducta llevada durante la vida cambiaba  el lugar al que el alma se dirigía una vez que hubiera abandonado el cuerpo.

En el Cielo uno se encontraría de la presencia de la Trinidad, la Virgen María, los Ángeles y los Santos. Sin embargo era casi imposible que cualquiera fuera allí inmediatamente al morir, incluyendo aquellos que se habían portado bien. Dicho privilegio sólo estaba reservado para los mártires y santos.

Al Infierno llegaban aquellos que hubieran muerto en Pecado Mortal (como el suicidio y el asesinato), sin haberse confesado, o los “herejes” (como los musulmanes). Se trataba de un lugar espantoso, donde los condenados sufrirían por toda la eternidad de torturas acordes con los pecados cometidos mientras ardían en el fuego que causaba más dolores que todos los males del mundo juntos.

El Purgatorio era una zona que se encontraba en medio de los dos. Era un lugar de purificación, en donde   pasarían una temporada las almas de quienes fallecían en pecado venial, como los chismosos, los glotones o los perezosos. Es decir, casi todo mundo.  El fuego del purgatorio causaba grandes dolores, había oscuridad por todas partes y sólo se escuchaban los quejidos de las ánimas en pena. Dependiendo de las faltas era el número de años que se pasaba allí, en cualquir caso se creía que no podían ser menos de unos miles. Al final de la penitencia las almas eran rescatadas por los ángeles, quienes las llevaban ante la presencia de Dios.

La existencia del Purgatorio fue reconocida por el Iglesia Católica desde el siglo XII, sin embargo se le dio un fuerte impulso y difusión a partir del Concilio de Trento (1545-1563) como parte de la Contrarreforma, un poderoso movimiento en respuesta a las acciones de Lutero.  Para evitar que los fieles cayeran en las garras protestantes se necesitaba reafirmar su fe por medio de pinturas y sermones, haciendo vívidos las delicias del cielo o los tormentos del infierno y el purgatorio. Lo segundo se consideró más efectivo, ya que el temor al castigo era mejor motivador que la promesa de una recompensa.

Nos ocuparemos del purgatorio, por ser un espacio que ha producido interesantes fuentes iconográficas.

EL PURGATORIO

Para los habitantes de América, especialmente la Nueva España, que vivieron en el último tercio del siglo XVI y finales del XVII, era casi un hecho de que al morir sus almas irían al purgatorio. No era un pensamiento reconfortante, ya que los sermones que daban los sacerdotes, con gran teatralidad, se encaminaban a hacer sentir e imaginar en carne propia las penurias que les esperaban.

El alma, se halla despeñada en aquel profundo abismo despedazada con la pena de sentidos:nadando en aquel tenebroso lago, de negras llamas, ciega, a oscuras, sin poder ver la cara de Dios su Padre…

Para reforzar dichos contenidos los pintores retrataban a las ánimas solas, purgantes, desesperadas, abrazadas por las llamas de la purificación. En dichas representaciones podemos ver a hombres y mujeres desnudos, con las manos unidas en actitud de rezo, rostros compungidos y generalmente con los ojos vueltos hacia arriba, ansiosos de reunirse con Dios.

Las imágenes de las ánimas podían encontrarse solas o dentro de la composición de un cuadro mayor. Un ejemplo claro es el que presenta a las tres Iglesias:La Purgante, donde están las almas; la Militante que es la que se encuentra en la tierra, compuesta por sacerdotes y fieles, y la Triunfante que tiene su asiento en el cielo y como jefe a Dios, Jesús y la Virgen.

Una vez que el tiempo de expiar los pecados había pasado, un ángel descendía al purgatorio para rescatar al ánima y llevarla hacia la Gloria.

La creencia popular atribuía a la Virgen del Carmen  la capacidad de “sacar” a las almas del Purgatorio. Para ello se necesitaba llevar el escapulario, y si se moría usándolo el alma sería liberada al siguiente sábado de su fallecimiento. Por supuesto que esto tenía que estar acompañado por una vida ejemplar, porque si se ponían
el escapulario únicamente para salir del purgatorio no tendría efecto.

Los pobres sufrientes no podían hacer nada desde su ubicación para mejorar su situación, así que todo dependía de la ayuda que podían obtener del mundo terrenal. Habían misas especiales generales donde se rezaba para que las ánimas terminaran con su penitencia lo más rápido posible. Y es que un alma podía acortar su tiempo de estancia en el purgatorio a través de obras pías, donaciones, y sobre todo misas. Era muy común en los testamentos de la época dejar cierta cantidad de dinero para la “celebración de misas por mi alma” ; los más acaudalados donaban sumas muy fuertes o bien establecían capellanías para que rezaran por ellos eternamente. Quienes comunmente realizaban tal servicio eran los Carmelitas, cuyo fundador, San Simón Stock había recibido la revelación del escapulario por medio de la Virgen.

También se podían comprar indulgencias, literalmente se pagaba para acelerar el proceso.

Aquellos que no eran tan afortunados rezaban por las almas de sus parientes, esperando acortar su tiempo de purificación.  Se creía que una vez que estuvieran liberadas, dichas almas intercederían por los vivos con Dios. Durante el siglo XVII éste culto se propagó y llegó a ser muy fuerte. Los sermones respecto a las ánimas se realizaban los lunes a las ocho de la noche, en iglesias sumidas en la semi oscuridad, dictados por un sacerdote que recreaba, con habilidad casi teatral, el ambiente que se sufría en el purgatorio. Algunos fieles reportaron haber recibido visitas de las almas de sus parientes muertos, quienes les rogaban que hicieran tal o cual cosa para poder ser liberados y ascender al Cielo. La sugestión estaba a la orden del día en una sociedad para la cual no había una gran diferencia entre lo natural y lo sobrenatural.

Con el tiempo y la llegada del racionalismo en el siglo XVIII, poco a poco fue disminuyendo el poder del purgatorio en el ánimo de las personas. Sin embargo creo que aún quedan reminiscencias del culto a las almas, ya que ¿no abundan historias de fantasmas que no pueden obtener el descanso eterno por alguna razón, y vuelven a la tierra a completar una misión? Tal vez el pasado nos persigue.

Read Full Post »


Pues como ya mencioné en el post anterior, decir “artista” hace unos cuantos siglos implicaba, sí talento pero además mucho trabajo organizado y matado que no obedece al ideal que tenemos hoy en día de estas personas como seres atormentados tocados por la inspiración.

En la Nueva España como en el resto del mundo, al menos en lo que se refiere a la pintura, la actividad “artística” estaba regida por la organización medieval del Gremio. Ésta era una especie de institución que agrupaba a gente que se dedicaba a lo mismo; había un gremio de armeros, de plateros, de escultores, etc. Una de las figuras principales del Gremio, si no la base, era el Maestro, un experto en su oficio que tenía un taller a su cargo donde trabajaban oficiales y aprendices.  Éllos eran el eslabón más bajo de la “cadena alimenticia” , niños y adolescentes a los cuales se les enseñaba a trabajar; a medida que aprendían podían llegar a ser oficiales, y éstos, Maestros en sí mismos siempre y cuando pasaran un examen aparte de pagar una cuota.

Para ejemplificar esto me tomé la libertad de crear una historia con personajes ficticios, ubicada en la ciudad de México. ¿Porqué 1709? No sé, ese año me gustó.

——Un cuadro del Pepino (nombre sujeto a cambios o sugerencias)——

En una fría mañana del año de 1709, el maestro don Cristóbal de Sandoval no ponía atención a la misa, y con riesgo de condenar su alma no dejaba de pensar en la cita que tendría más adelante con  el Prior del convento de la orden de los Pepinianos.  De modo que en cuanto el cura los libró de sus obligaciones religiosas, salió con rapidez de la iglesia y se dirigió a su hogar que quedaba a tan sólo tres casas de la misma. Impacientemente devoró el desayuno consistente en panes, carnes y chocolate mientras su mujer le recriminaba sutilmente su aire distraído de esa mañana, pero como solía suceder desde hace unos quince años, no le puso atención. Acto seguido se dirigió al cuarto que hacía las veces de estudio, tomó la carta repasando los destalles, se ciñó la espada, se ató la capa, se puso el sombrero y salió a la calle.

Recorrió un par de cuadras esquivando los charcos de agua puerca de la ciudad, así como a los vendedores de todo tipo de mercancías y a los ociosos que se paseaban. Rápidamente llegó al convento de San Pepino, que era uno de los más importantes de la ciudad. El prior lo recibió todo amabilidad planteándole el asunto mientras degustaban algunos dulces enviados como regalos por las santísimas monjas Caramelas.  Resultaba que, como era de dominio popular, se estaba remodelando una capilla lateral de la iglesia de los Pepinianos; el retablo ya se estaba construyendo pero había que decorar algunas paredes y el prior, conocedor del trabajo del maestro, quería que éste elaborara un cuadro de San Miguel Arcángel derrotando a Satanás.

De haber sido más joven, don Cristóbal habría saltado a sus brazos por pura alegría, pero a su edad ya había aprendido a templar su carácter, así que luego de agradecer la oportunidad moderada y efusivamente a la vez-un arte que pocos dominan- acordó reunirse posteriormente con fray Bartolín -que así se llamaba el ilustre personaje-  para elaborar un contrato. En esos menesteres estuvo toda la semana, entrando y saliendo de su casa que también albergaba su taller, llevando a un compadre que era Licenciado, negociando los términos en que se llevaría a cabo el encargo, los pagos, los detallitos, la letra chiquita y demás. Una vez firmado el documento nuestro maestro se puso a trabajar, no sin antes recibir de muy buena gana un generoso adelanto por parte de su nuevo cliente.

Con éste dinero en la mano mandó a llamar a Tomás, que era su oficial preferido. Con tan sólo 20 años,  se había convertido en la mano derecha de don Cristóbal, quien confiaba en él plenamente, o al menos tanto como se podía en el hijo segundón de una india cacique y un español con trazas de moro*. Aún recordaba cuando se lo trajeron hace casi diez años, todo él un manojo de nervios y torpeza, pero el maestro había visto algo en él que lo llevó a enseñarle con particular atención. Tal interés había rendido sus frutos, ya que el joven  le era muy útil, podía delegar en él responsabilidades que no habría dejado a ningún otro, ni siquiera a oficiales de mayor edad. A él le ordenó mandar a preparar el lienzo sobre el cual habría de pintar, además de supervisar  la creación de los pigmentos en lo que el Maestro le daba los toques finales a encargos que ya tenía atrasados, como una Inmaculada para una iglesia en Oaxaca o una Dolorosa para los jesuitas de Santa Lucía. También tenía atorada una serie de pinturas que versaban sobre los siete Dolores de la Virgen, pero como los que se la habían encargado (los de la Cofradía del Chocorol) eran bastante necios para pagar y soltar dinero decidió suspender el proyecto hasta que todo se arreglara.

También sacó su colección entera de estampas y grabados, los cuales le servirían de referencia a la hora de crear la pintura.Para la cabeza de San Miguel eligió una de una estampa flamenca, para el cuerpo, otra pero italiana y para la Satanás separó una de un grabado español. El fondo sería negro con nubes iluminadas por una luz divina, lo usual.

En pocos días estuvieron listos el lienzo, las pinturas y los pinceles, elaborados por los aprendices que trabajaban en el taller.  Fueron éstos, junto con los oficiales, quienes detuvieron sus actividades por un instante para observar en silencio cómo él con toda su autoridad daba la primera pincelada. Estuvo unos segundos dudando, concentrándose a pesar de tener el boceto en la mano. Luego, simplemente comenzó. Los demás mirones suspiraron, aliviados, se rascaron la espalda o se sacaron un moco, y volvieron a su trabajo.

Las semanas pasaron. Don Cristóbal empleaba la mayor parte del día en San Miguel porque se trataba de un encargo muy importante que tal vez le abriría las puertas a mejores oportunidades. Nadie se atrevía a molestarlo a menos que fuera muy necesario. Debido a esto las figuras empezaron a aparecer rápidamente en la tela, una mañana se perfilaba el rostro, se insinuaba suavemente y en la tarde adquiría ya facciones. Poco a poco se le agregaban las luces y las sombras, se moldeaban los labios y los ojos, los rubios bucles que caían a sus lados. Lo mismo pasó con el poderoso torso, los musculosos brazos que blandían la lanza, o las brillantes alas. De Satanás ni hablar, fue pintado con tal maestría que la sirvienta de don Cristóbal se sobresaltó al verlo. Él se sonrio, sin duda a fray Bartolín le iba a gustar.

—–

Como ésta entrada ya se extendió, dejemos la conclusión para mañana.
*es lo que pensarían en aquel entonces criollos como Cristóbal, no es lo que pienso yo

Read Full Post »

En otro día en mi ociosidad me acordé que en la Universidad tuve uno de esos típicos compañeritos de diseño que querían hacer todo de manera “artística” y “conceptual”. O sea que hacía cada jalada extraña cuando podía, sin importar que el diseñito que creara tuviera algo que ver con la necesidad que se supone debería resolver (p. ej. una caja de cereal). Los que estudiaron diseño ya habrán identificado a éste tipo de personajes, que más bien se malviajaban por ir a La Esmeralda pero como no lo lograron se metieron a la carrera y no comprendieron dónde andaban y siempre tuvieron problemas por eso.

Nosotros vivimos en la concepción romántica del artista, a saber, un sujeto que vive en las más extremas y terribles condiciones, atormentado, desaliñado, genial y loco que se la pasa sufriendo por no poder crear hasta que un día tiene una chispa de inspiración, trabaja incansablemente sin comer ni dormir hasta que termina su obra. Luego con muchas dificultades la exhibe, recibe la crítica no siempre favorable, sufre por no ser comprendido y después de mucho tiempo alguien se da cuenta que sus creaciones son la gran cosa, lo presentan en todos lados y vive feliz (entre comillas) para siempre. En pocas palabra, hace lo que se le pega la gana y el mundo puede irse al diablo por no entenderlo.

Sin embargo después de haber leído e investigado sobre la historia del arte, he llegado a la conclusión que en realidad, ésta estampa que tenemos no es mas que algo bastante reciente y que durante muchos siglos los que llamamos “artistas” han desempeñado su labor impulsados más por el esfuerzo, la constancia y la dedicación, aparte de la necesidad monetaria, que por la llamada “inspiración”.

Tomemos de ejemplo a Miguel Ángel. El sujeto no pintó la Capilla Sixtina porque sintiera la imperiosa necesidad de hacerlo. Era su trabajo, su empleo, su chamba que alguien le había encargado, en éste caso la iglesia.  Alguien le pagó para que decorara esa Bóveda; la manera en que lo hizo se puede leer de distintas maneras pero el resultado es tan monumental y hermoso que simplemente no podemos evitar admirar al hombre que creó tal escena.


Tomemos el caso de otro personaje que es el máximo ideal de artista considerado por Hollywood y los creadores de Bets Sellers: Leonardo Da Vinci ¿De qué vivía?¿De inventar artefactos que no servían o de despanzurrar cadáveres para ver qué tenían adentro? ¡Pues de hacer chambitas! Pintando para la Iglesia, haciendo retratos de los cortesanos que rodeaban a su patrón Ludovico Sforza o diseñando las fastuosas fiestas que éste daba de vez en cuando. Después se daba tiempo de hacer lo que le interesaba, pero mientras tanto a darle a la pintura, con la cual, hay que admitir, llegó a alturas insospechadas gracias a su talento.

Podría sacar más ejemplos, pero si estudiamos un rato a los pintores entre los siglos XVI al XVIII podemos encontrar una constante sin importar nacionalidad. Un pintor era un hombre al cual cierta entidad, ya sea un personaje o una institución -generalmente la Iglesia- le pagaba para producir una obra que le serviría para ser exhibida ante un público. Dicha obra transmitiría algún tipo de mensaje al expectador, ya que no se trataba de un objeto meramente decorativo de carácter anecdótico. Por ejemplo, la nueva y pujante burguesía de los Países Bajos  le pagaba a alguien para retratar a los miembros de las corporaciones  comerciales, vistiendo severos ropajes que daban cuenta de sus valores morales y religiosos, pero a la vez reflejando la riqueza de sus encajes, joyas y viviendas. No se quedaban conformes con preservar para la posteridad las facciones de sus integrantes, sino la importancia que ellos tenían para la sociedad en que vivían, expresada a través de la imagen.

O la Ilgesia española encargaba una gran obra donde se mostrara la grandiosidad y majestad de Dios y del Papa que era su emisario en la tierra, para que los que iban a los templos no sintieran la inquietud de escuchar las habladurías de los herejes protestantes.

En fin, que los pintores de aquellos tiempos eran hombres que se tomaban muy en serio su trabajo, sin importar de dónde fueran.  Su labor era, como dijo Edison “90% transpiración, 10% inspiración”. Se les empleaba para resolver la necesidad de comunicación gráfica de sus “clientes”. ¿Les suena familiar?

¿Y en la Nueva España, qué pasaba? Eso lo veremos en nuestra próxima entrada.

Read Full Post »

Ojos azules

Les presento una lectura corta, muy a propósito para ésta oscura noche lluviosa del 30 de Junio. Hoy se cumplen 489 años de la famosa “Noche Triste”.

Ojos azules
Arturo Pérez-Reverte

Untitled-1
Llovía a cántaros. Llovía, pensó, como si el dios Tlaloc o la puta que lo parió hubieran roto las compuertas del cielo. Llovía mientras resonaban afuera los tambores, y los capitanes iban llegando cubiertos de hierro, sombríos, con las gotas de agua corriéndoles por los morriones y la cara y las cicatrices y las barbas. Llovía sobre Tenochtitlán, cubriendo la capital azteca de una noche húmeda; lágrimas siniestras que repiqueteaban en los charcos del patio del templo mayor, y disolvían en regueros pardos las manchas de sangre de la última matanza, la de centenares de indios mexicanos, cuando en plena fiesta el capitán Alvarado mandó cerrar las puertas y los hizo degollar, ris, ras, visto y no visto, hombres, mujeres y niños, por aquello de que al que madruga Dios lo ayuda, y más vale adelantarse que llegar tarde. Los he cogido en el introito, dijo luego Alvarado, cuando Cortés fue a echarle la bronca. Se me fue la mano, jefe, se disculpaba, huraño. Pero por lo bajini se reía, el animal. Los he cogido en el introito.

Bum, bum, bum, bum. Apoyado en el portón, bajo la lluvia, el soldado de ojos azules reprimió un escalofrío mientras se ajustaba el peto y ceñía la espada. A su alrededor los compañeros se miraban unos a otros, inquietos. Al otro lado de los muros del palacio, afuera, los tambores llevaban sonando una eternidad. Bum, bum, bum, bum. Había toneladas de oro, pero ahora Moctezuma estaba muerto y se acababan las provisiones y todo se había ido al carajo. Bum, bum, bum, bum. También había miles y miles de mexicanos en la ciudad, alrededor, cubriendo las terrazas, llenando las piraguas de guerra en los canales y la calzada entre los puentes cortados. Mexicanos sedientos de venganza. Bum, bum, bum. Así todo el día y toda la noche, mientras en lo alto de los templos los sacerdotes alzaban los brazos al cielo y preparaban los sacrificios. Bum, bum, bum, bum. Aquello sonaba adentro, precisamente en el corazón, que los más cenizos ya imaginaban fuera del cuerpo, ensangrentado, abierto el pecho por el cuchillo de obsidiana. Bum, bum, bum. Menudo plan, pensó el soldado mirando las caras mortalmente pálidas de los otros. Venir desde Cáceres y Tordesillas y Luarca y Sangonera, que están lejos de cojones, para terminar abierto como un gorrino, con las asaduras hechas brochetas en lo alto de un templo, aquí donde Cristo dio las tres voces. Bum, bum, bum. Y además, de tanto oírlos, aquellos tambores habían adquirido un lenguaje propio. Si uno prestaba atención podía oír que decían: Teules malditos, perros, vais a morir todos hasta el último, y pagaréis el deshonor de nuestros ídolos, y vuestra sangre correrá por las aras y los escalones de los templos.

Bum, bum, bum. Eso decían aquella noche, pensó estremeciéndose, los jodidos tambores de Tenochtitlán.

Cortés, con cara de funeral, no se había ido por las ramas: tenían que romper el cerco. Dicho en claro, eso significaba Santiago y Cierra España, todos corriendo a Veracruz, y maricón el último. De modo que cargaron en caballos cojos y en ochenta indios aliados tlaxcaltecas la parte del oro que correspondía al rey, y luego dijo Cortés aquello de ahí queda el oro sobrante, más del que podemos salvar, y el que quiera que se sirva antes de darlo a los perros. De modo que los soldados de Pánfilo de Narváez, que habían llegado los últimos, se atiborraron de botín dentro del jubón y del peto, y bolsas atadas a la espalda, y anillos en cada dedo. Pero los veteranos que habían estado en Ceriñola y en sitios de Flandes e Italia y llevaban con Cortés desde el principio, y nunca se las habían visto como en el matadero de México, procuraban ir sueltos de cuerpo, sin mucho peso. Si acaso, como Bernal Díaz y algún otro, se embolsaron alguna joya pequeña, algún anillo de oro. Cosas que no les impidieran correr en una huida que iba a ser, eso lo sabían todos, de piernas para qué os quiero. Que no era bueno, como decía la mala bestia del capitán Alvarado, pasearse con los bolsillos llenos en noches toledanas como aquélla.

Bum, bum, bum. Seguía lloviendo cuando abrieron las puertas y empezaron a salir en la oscuridad. Sandoval y Ordás en la vanguardia, con ciento cincuenta españoles y cuatrocientos tlaxcaltecas, con maderos paya reparar los puentes cortados. En el centro, Cortés, otros cincuenta españoles y quinientos tlaxcaltecas con la artillería y el quinto del tesoro correspondiente al rey. Después salieron los heridos, los rehenes, doña Marina y las otras mujeres, protegidos por treinta españoles y trescientos tlaxcaltecas, entremetidos entre los capitanes y la gente de Narváez. Y por fin, Alvarado y Velázquez de León en la retaguardia, con un grupo de los cien soldados más jóvenes que debían moverse a lo largo de la columna, acudiendo allí donde el peligro fuese mayor. Eso, en teoría. En la práctica no había más órdenes que andar ligeros, pelear como diablos y abrirse paso por los puentes y la calzada como fuera. A partir de cierto punto, cada uno cuidaría de su pellejo. Dirección: primero Tacuba y luego Veracruz. Eso, los que llegaran.

Era el tumo de los últimos. Tiritando de frío bajo la lluvia, el soldado de los ojos azules terminó de atarse el saco de oro sobre el hombro izquierdo, se ajustó el barbuquejo del morrión, sacó la espada y echó a andar. El agua sobre los ojos lo cegaba, y la oscuridad le impedía ver dónde iba poniendo los pies. La columna se movía con ruido de pasos, oraciones, blasfemias, rumor metálico de armas y corazas. Iba a ser un largo camino, se dijo. Tacuba, Veracruz, Cuba, España. El peso del oro lo reconfortaba. Había venido muy lejos a buscarlo, había peleado y sufrido y visto morir a muchos camaradas por ese oro. Él tenía la certeza de que iba a salir con bien de aquélla; y a su regreso ya no tendría que arar la tierra ingrata en la que había nacido, seca y maldita de Dios, tierra de caínes esquilmado por reyes, curas, señores, funcionarios, recaudadores de impuestos y alguaciles; por sanguijuelas que vivían del sudor ajeno. Con aquel oro tendría para vivir bien y hacer una buena boda, para poseer su propia tierra y su propia casa. Para envejecer tranquilo, como un hidalgo, contándole a sus nietos cómo conquistó Tenochtitlán. Para morir anciano y honrado sin deber nada a nadie, porque hasta el último gramo de oro lo había ganado con su sangre, sus peligros, sus combates, su salud y su miedo.

Sintió un hueco en el corazón, y antes de ser consciente de su pensamiento, supo que pensaba en ella. Los soldados que iban delante se habían parado, y allí, inmóvil bajo la lluvia, mientras esperaba a que la columna reanudara su marcha, recordó. Sólo era una india, se dijo. Sólo era una de esas indias. Las había a cientos, y ésta no tenía nada de particular. No era ni especialmente bonita ni especialmente nada. Pero él la encontró en el momento oportuno, al principio, cuando las relaciones de españoles y mexicanos aún eran buenas. Se la había tirado como lo que era: una perra pagana. Se la había tirado disfrutándola, con rudeza. Sin embargo, ella le cobró afición al teule barbudo de ojos azules; volvió un día tras otro, y él repetía hembra entre las bromas groseras de sus compañeros. Qué la das, decían socarrones. Aquella mexicana se le quedaba mirando los ojos y lo acariciaba hablando cosas extrañas en su lengua. Era muy joven y muy triste; no se reía nunca, como si viviera envuelta en un presentimiento. Un día, ella le dio a entender que estaba preñada, y él se lo contó a los otros y todos se rieron mucho. Luego se la calzó por última vez antes de echarla a patadas, a ella y al bastardo pagano que llevaba en la tripa. Sin embargo, a la segunda o tercera noche en que no volvió, se sintió extraño. Anduvo un par de días buscándola, sin admitirlo ni siquiera ante sí mismo. Pero no dio con ella. Por fin reconoció, aunque tarde, que añoraba su piel sumisa, y eltono quedo de su voz cuando lo acariciaba, y aquella mirada oscura que a veces fijaba en él, orgullosa y lúcida e inconquistable allá adentro; y experimentaba una indefinible nostalgia de algo que apenas había llegado aconocer. Pensaba en aquella india con un hueco raro en el corazón, igual que el que sentía esta noche. Un hueco cuya intensidad superaba, incluso, la del miedo.

Porque el miedo ya era mucho. Los tambores habían acelerado su batir, y Tenochtitlán entera resonaba de trompetas y gritos de los mexicanos alertados: se van, los teules se van, acudid y atajadlos y que no quede uno con vida. Y de la noche surgían cientos y miles de guerreros que caían en turba sobre la columna, y la laguna y los canales se cubrían de canoas de indios vociferantes, y los pasos y los puentes se taponaban de caballerías muertas, y de fardos con oro abandonados, y de mexicanos armados y feroces tirando con lanzas y flechas y mazas. Resbalaban los caballos en la calzada mojada de lluvia y caían los hombres desventrados, gritando, a los canales, y avanzaban los españoles en la oscuridad, por los vados a medio llenar de los puentes, el agua por la cintura, lastrados por el peso del oro bajo el que se ahogaban muchos. Atrás, volvamos, gritaban algunos, corriendo a encerrarse de nuevo allí de donde ya no saldrían jamás. Otros apretaban los dientes y seguían entre la turba de indios, arremetiendo a cuchilladas, adelante, adelante, a Tacuba y Veracruz o al infierno esta noche; y Cortés y los que iban a caballo se alejaban ya a salvo picando espuelas con la vanguardia, dejando muy atrás los puentes y a los que iban a pie, dejando atrás a esa retaguardia sumergida bajo miles de mexicanos sedientos de venganza, a la retaguardia que ya no era sino un desorden de hombres luchando a la desesperada por abrirse paso, gritos por todas partes, gritos de los hombres que clavaban las espadas ensangrentadas, gritos de los heridos y agonizantes, gritos de los mexicanos que caían con valor inaudito sobre los soldados rebozados de hierro, sangre y fango de los canales, gritos de los españoles apresados a quienes cortaban los tendones de los pies para que no escapasen, antes de arrastrarlos vivos hasta las pirámides de los templos, donde los sacerdotes no daban abasto y la sangre corría en regueros espesos bajo la lluvia.

El soldado de los ojos azules peleó con bravura, a la desesperada, chapoteando en el barro, abriéndose paso a estocadas. El saco de oro le pesaba en el hombro pero no quiso dejarlo. Había ido muy lejos a buscarlo, y no pensaba regresar sin él. Avanzaba con un grupo de compañeros, batiéndose todos como perros salvajes, matando y matando sin tregua, y de vez en cuando alguno de ellos caía o era arrancado por las manos de los mexicanos y se oían sus gritos mientras se lo llevaban. La noche era cada vez más negra y turbia de bruma y lluvia, y en lo alto de los templos las antorchas ardían iluminando siluetas que se debatían en lo alto de los peldaños rojos, y los cuchillos de obsidiana bajaban y subían sin descanso, y seguían sonando los tambores. Bum, bum, bum, bum. Pero el soldado de los ojos azules ya no oía los tambores porque su corazón latía aún más fuerte en su pecho y en sus tímpanos. Las piernas se le hundían en el barro y el brazo le dolía de matar. Una piragua vomitó más guerreros aullantes que se abalanzaron sobre el grupo, y éste se deshizo, y se oyó la voz del capitán Alvarado diciendo corred, corred que ya no queda nadie detrás, corred cuanto podáis y que cada perro se lama su badajo. Y luego todo fue una carnicería espesa, tunc, y cling, y chas, carne desgarrada y golpes de maza y tajos de espadas, y el soldado oyó más gritos de españoles que morían o pedían clemencia mientras los arrastraban hacia los templos, y se dijo: yo no. El hijo de mi madre no va a terminar de ese modo. Llegaré a Veracruz y a Cuba y a España, y compraré esa tierra que me espera, y envejeceré contando mil veces cómo fue esta asquerosa noche.

El oro le pesaba cada vez más y lo hundía en el barro, pero no quiso dejarlo, no lo dejaré nunca, he pagado por cada onza, y sigo pagando. Vio ante sí unos ojos oscuros como los de aquella india en la que pensaba a trechos, pero éstos venían llenos de odio y la mano que se alzaba ante él enarbolaba una maza. Se abrazó al mexicano, un guerrero águila pequeño y valiente, y abrazados rodaron por el fango, golpeando el otro, acuchillando él. Tajó en corto con la daga, porque había perdido la espada. Sácame de aquí, Dios, sácame de aquí, Dios de los cojones, sácame vivo, maldito seas, sácame y la mitad de este oro la emplearé en misas, y en tus condenados curas, y en lo que te salga de los huevos. Llévame vivo a Veracruz. Llévame vivo a Tacuba. Llévame vivo aunque sólo sea hasta el próximo puente, que ya me las apañaré yo luego. Siguió adelante, y ya ningún otro español iba a su lado. Soy el último, pensó. Soy el último de nosotros en este puñetero sitio. Soy la retaguardia de una vanguardia que ya está a una legua de aquí. Soy la retaguardia de Cortés y de su puta madre, y este oro me pesa tanto que ya no puedo caminar. Estaba cubierto de barro y de agua y de sangre suya y mexicana, y los pies se negaban a moverse, y el brazo le dolía de tanto acuchillar. Estaba ronco de dar gritos y le ardían los pulmones y la cabeza; pero el hueco del corazón seguía allí, y no podía dejar de pensar en ella. Estará en alguna parte de esta ciudad con su bastardo en la tripa, mirando lo que pasa. Mirando cómo a los teules nos hacen filetes. Igual hasta piensa en mi. Igual se pregunta si he logrado pasar. Igual hasta siente que me vaya.

Más indios. Ahora ya no intentó escapar. Carecía de fuerzas, así que acuchilló resignado, una y otra vez, cuando la turba le cayó encima dando alaridos. Acuchilló a tajos con una mano sobre el saco de oro y la daga en la otra hasta que sintió un golpe en la cabeza, y luego otro, y otro, y varias manos lo sujetaron, y aún intentó clavarles la daga hasta que comprendió que ya no la tenía. Entonces le arrancaron el saco de oro y se lo llevaron por la calzada bajo la lluvia, a la carrera, arrastrando los pies por el suelo, hacia una de las pirámides cuyos escalones brillaban rojos a la luz de las antorchas en las que crepitaba la lluvia. Y gritó, claro. Gritó cuanto pudo, desesperado, de forma muy larga, muy angustiada, a medida que lo iban subiendo a rastras pirámide arriba. Gritó de pavor ante la multitud de rostros que lo miraba, y de pronto dejó de gritar porque la había visto a ella. La había visto allí, entre la gente, observándolo fijamente con aquellos ojos grandes y oscuros. Lo miraba como si quisiera retenerlo en su memoria para siempre; y él apenas tuvo tiempo de verla un instante, porque siguieron arrastrándolo hasta el altar ensangrentado, que rodeaban cadáveres de españoles con las entrañas abiertas.

Ahora oía otra vez los tambores. Bum, bum, bum. Tiene huevos acabar así, pensó. Bum, bum, bum. Es un lugar extraño, y nunca imaginé que fuese de esta manera. Sintió cómo lo levantaban en vilo, tumbándolo boca arriba sobre el altar mojado que olía a sangre fresca, a vómitos de miedo, a vísceras abiertas. Le quitaron el peto, el jubón y la camisa. Sentía un terror atroz, pero se mordió la lengua para no gritar, porque ella estaba allí, alrededor, en alguna parte, y él sabía que seguía mirándolo. Varias manos le inmovilizaron brazos y piernas. Quiso rezar, pero no recordaba una sola palabra de maldita oración alguna. Tenía los ojos desorbitados, muy abiertos a la lluvia que le caía en la cara, y de ese modo vio el cuchillo de obsidiana alzarse y caer sobre su pecho, con un crujido. Y en el último segundo, antes de que la noche se cerrara en sus ojos, aún pudo ver latir en alto, entre las manos del sacerdote, su propio corazón ensangrentado. Ojalá, pensó, mi hijo tenga los ojos azules.

Read Full Post »

La historia de la moda es un tema que ha sido de mi interés  desde hace algunos años.  Incluso tengo libros caros al respecto además de una colección virtual de imágenes que van desde el siglo XVI hasta la actualidad.

A lo largo del tiempo mis periodos favoritos han ido cambiando. Justo en estos momentos estoy en mi etapa siglo XVIII, con especial énfasis en la década de 1780. Es por eso que decidí escribir ésta entrada, donde trataré de hablar un poco acerca de lo que se llevaba puesto en aquella época.

—-

Para la década de 1780, la moda femenina comenzaba a sufrir  cambios. A partir de los 1720 y hasta los 1770 la prenda más utilizada era el llamado robe à la francaise, que consistía en una especie de saco abierto por delante, profusamente decorado, con mangas llamadas de pagoda que llegaban hasta el codo. El saco  se unía mediante alfileres a una pechera también decorada, la cual a su vez se colocaba encima del corsé que en aquellas épocas era de madera.  Por detrás iba suelto. La falda, del mismo material, iba sobre unas estructuras que se extendían a los lados llamadas pannier, las cuales eran utilizadas para darle más volúmen a la parte inferior del traje.

Madame de Pompadour por 1750
Madame de Pompadour por 1750. Pueden apreciarse con algo de atención las distintas partes de su conjunto: saco, pechera y falda.  Reine des Centfeuilles

¿Se pondrían esas cosas? Los tremendos panniers¿Se pondrían esas cosas? Los tremendos panniers

Éste estilo fue el común para todo el mundo durante casi cincuenta años, y con sus respectivas variaciones de materiales, bordados y acabados, servía para toda ocasión. Era el más claro ejemplo de la fastuosidad, delicadeza y racargo casi ridículo de la corte francesa.

Para la década de 1770 se empezó a popularizar el robe á la anglaise (llamado así porque supuestamente se originó en Inglaterra), consistente en un conjunto de dos partes: la superior, una especie de saco-corsé en una pieza que a veces simulaba ser de dos, y la inferior  caracterizada por una falda sobre la cual se ponía otra abierta hacia el frente. Todo el conjunto armonizaba en tela, color y ornamentación.

0246-014 El típico robe á la anglaise.

Ustedes han notado, queridos lectores, que se abanadonaron los moños, los excesivos encajes y los brocados para dar paso a la ligereza del algodón, la sobriedad de un corte sencillo y la apariencia fresca y “ligera” de la portadora.  Dependiendo de la ocasión el róbe á la angláise podía ser elaborado con materiales más onerosos y con detalles más cargados, o permanecer como una sencilla (relativamente) prenda de vestir.

Otro traje  muy representativo, ésto sí de los 1780, es el llamado redingote, modificación francesa del término inglés “riding coat”. Ésta había sido utilizada por los gentlemen británicos desde principios del siglo XVIII que  utilizaban mientras cabalgaban por sus tierras. Las damas de aquel país terminaron por adoptarlo y luego fueron copiadas por las francesas.

El redingote consistía en un saco con cuello y solapas abierto por delante, revelando el corsé exterior que con sus coquetos botones imitaba el chaleco de los caballeros. Se hacía acompañar de una falda de un color combinable, y para rematar, un pañuelo de seda se amarraba al cuello de la portadora. Era un atuendo indispensable si se quería ir a cabalgar, a dar un paseo en coche o a pie.

Dameenredingote

Sin embargo una dama no podía salir a la calle sin el peinado de moda. En los 1770’s Georgiana, Duquesa de Devonshire y una celebridad de su tiempo, comenzó a usar peinados excesivamente altos, rígidos, armados sobre estructuras metálicas y complementados con cabello falso y empolvado, plumas, rizos postizos y demás.

gainsboro_ladyBlue

En los 1780’s el pelo no perdió volúmen, sólo cambió la manera de obtenerlo. Ahora se estilaban los tirabuzones enmarcando el rostro, sobre las orejas,  cayendo por los hombros y la espalda.

María Antonieta y su peinado más "natural"María Antonieta y su peinado más “natural”Me estalló el boiler.

Ningún peinado podría estar completo sin un sombrero gigantesco adornado con plumas y cintas.

bonnet%20hat

En cuanto a los caballeros no hay mucho que decir. El conjunto de casaca, chaleco, calzones, medias y zapatos permanecía inalterado con mínimos cambios. Y usaban pelucas empolvadas.

re3

A pesar de que puede observarse un cambio en la indumentaria entre 1770 y 1790, aún están presentes la ostentación y la extravagancia propia de regímenes autoritarios y monárquicos,  evidentes en el cabello empolvado o el excesivo maquillaje. No sería sino hasta la Revolución Francesa que la moda daría un giro completamente diferente, influenciada por los acontecimientos de su tiempo.

Read Full Post »

ESTE POST NO TIENE QUE VER CON PLANTAS….CASI

Saben sus mercedes que yo siempre me esfuerzo por ponerles contenidos de calidad, no sólo la primera cosa que se me venga a la mente. Ya no hablo de mi vida personal porque no es muy interesante que digamos, nada de antros gay a las 4 de la mañana, autos, consejerías estudiantiles, grandes proyectos, etc,etc…respecto a lo que me gusta y lo que no, tampoco planeo excederme porque si no, me van a conocer sin siquiera verme en persona, y eso no suena muy divertido. Sin mencionar a los malvados Ojos que todo lo ven.

De todos modos les pongo un ridículo relato que se me ocurrió ayer por la mañana. Está relacionado con las próximas festividades, basado en personajes reales con una o dos liencias literarias.

——

Joel Roberts Poinsett era un personaje diabólico, oriundo de Carolina del Sur, donde debía de tener una plantación mantenida por esclavos negros. Era médico de profesión, botánico aficionado, curioso, ocioso y malvado, como ya dije anteriormente. El primer embajador plenipotenciario de los Estados Unidos de Norteamérica para México.

Podemos imaginarlo una límpida mañana de diciembre a mediados de la década de 1820, ataviado en una elegante y larga levita entallada, ajustados pantalones blancos, dos o tres chalecos cuadriculados y el cuello envuelto por un pañuelo tan azul como el cielo. Para rematar, un sombrero de copa. Y como era Norteamericano, un mondadientes danzando entre sus labios, porque a pesar de haber estudiado en las Europas y tener una profesión, lo gringo loco no se lo quitaba fácilmente.

Poinsett caminó esquivando los puestos de fritangas y garnachas, siempre abundosos en la Plaza Mayor de la ciudad de México. Penetró en el hostil y hediondo Palacio Nacional, donde algún ayudante militar con uniforme desvaído, los ojos rojos y el aliento insoportable debido a la parranda de la noche anterior, le conducía a través de solitarios corredores desgastados que habían conocido mejores tiempos.

Finalmente llegaron a un despacho privado. El ayudante se retiró, dando salida a los numerosos gases intestinales que lo acosaban, dejando a los dos hombres solos.El Presidente Guadalupe Victoria, vestido como Dios manda, de uniforme de botones dorados y hombreras de oropel con infinitos pelitos que danzaban de un lado a otro cada vez que se movía, le pidió amablemente que tomara asiento.

Poinsett no se hizo del rogar. Apenas había asentado sus posaderas en la desvaída silla de tercipelo rojo bordado, llevó la mano hacia el bolsillo de su levita, de donde sacó una gorda chequera. Luego desprendió una pluma de exótico faisán fucsia del extremo de su sombrero de copa para mojarla en el tintero de plata del presidente, adornado con un águila devorando una serpiente. Esbozó algo en la chequera antes de alzar los ojos, el mondadientes moviéndose de un lado para otro.

Entonces, ¿cuánto querer por la mitad de su teritorio?

Podemos imaginarnos el gran esfuerzo que tuvo que realizar el Presidente Victoria para no sacar el sujeto a patadas de allí. En vez de eso optó por tener un ataque epiléptico. Poinsett suspiró, fue a buscar al ayudante medio ebrio, que trajo a un anciano doctor en no mejor estado. Hecho lo que creía su deber, guardó la chequera, limpió la pluma de faisán fucsia, se la colocó en el sombrero de copa y salió a la calle.

Victoria era un buen tipo, pensó. Sólo que un poco tocado, después de haber vivido como ermitaño en una cueva de la selva de Veracruz por algunos años, escondiéndose de los realistas. Eso no debió haber sido muy divertido.

Poinsett volvió a esquivar los puestos de fritangas, su estómago revuelto al oler el tufo de grasa a esas tempranas horas del día. Caminaba pensativo; no sería la última vez que lo intentaría. Seguiría al presidente a palacio, a su casa, a los bailes, a las cenas, al mercado y a la letrina, si fuera necesario. Mientras tanto se entretendría en intrigar, dividir, fundar logias masónicas, amarrar navajas entre los mexicanos y enfrentarlos, porque para eso lo habían mandado.

De todos modos, los Estados Unidos de América, Dios los bendiga, tendrían tarde o temprano ese pedazo de tierra. Por las buenas o por las malas.

Estaba pues en esos pensamientos nuestro amigo, cuando de la nada una piara le atacó. En realidad no la había escuchado venir por las polvosas calles de la ciudad, arrollando en su andar los puestos de frutas y pulque, así como infinidad de cristianos. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue un peludo hocico de un monumental cerdo rosado.

-O-

Al despertar arrumbado junto a una pared maloliente, notó con tristeza que ni la chequera, ni la pluma de faisán fuscsia, ni el sombrero de copa, ni el pañuelo, ni media levita, estaban con él. Algún lépero estaría en ese momento disfrutando de ellas. Suspiró resignado, así eran las cosas por allí. Lo bueno es que la chequera era falsa, un engaño hecho a propósito para tentar al presidente Victoria. Ni que fuera tan tonto para sacarla por allí.

Estaba ajustando su visión doble cuando entonces ella apareció ante sus ojos. Se encontraba allí, rozagante, fresca y coqueta, descansando en un jardín al otro lado de la calle. Lucía magnífica entre el polvo que la furiosa piara había dejado. El amor nació en ese mismo instante.

Poinsett no lo dudó. Miró a su alrededor; sólo habia aturdidos hombres y mujeres mareados por el atropello y por el pulque. De un sólo salto se acercó al jardín, tomó a la bella que le había robado el corazón con firme delicadeza, y salió corriendo de allí.

Nadie nunca se enteró, o más bien el importó aquel rapto. La acomodó en su casa, donde la veía por horas. La tenía a su lado cuando no se encontraba intrigando. Era tanto el amor que por ella sentía, que no dudó en llevársela a los Estados Unidos de Norteamérica, Dios los Bendiga, donde la pesumió con la intelectualidad de aquellos lares. Sus amigos, conocidos y parientes no dejaban de admirarla.

Poinsett fue muy feliz con ella. Por eso la compartía con todos. No podía dejarla en secreto. Si querían que se las pestara, la prestaba. A lo largo de los años, bajo su cuidado, tendría una prolífica descendencia, cuyos descendientes ahora se encuentran en muchas casas alrededor del mundo.

Esta es la historia de cómo Joel Roberts Poinsett, médico de profesión, botánico de corazón e intrigante profesional, sacó a la Euphorbia pulcherrima conocida en náhuatl como cuitlaxóchitl (planta de estrella) del anonimato para deleite de este geoide planeta. Especialmente los gringos le tienen tanta adoración, que el 12 de diciembre es su día oficial.

Curiosamente, aquí la conocemos como flor de Nochebuena. En muchas otras partes del mundo, se le llama Poinsettia .

“Qué ironía” se dijo un gordo lépero, que ataviado con media levita azul, un pañuelo del mismo color y un sombrero de copa, escribía cheques falsos en una chequera ídem con una pluma de faisán fucsia.

Cuando acabó de estafar a los inocentes pastorcitos que iban a Belén,se fue a la pulquería más cercana a ponerse borracho.

FIN

Haz click en la imagen para abrirla en tamaño completo.
By zeziliastrangelo
—————–

Como advertí, este cuento tiene demasiadas licencias y jaladas literarias. Pero es cierto que Poinsett la introdujo a los Estados Unidos, que ese es el nombre de la planta en náhuatl y latín, y que existe el día Nacional de la Poinsettia.

Y lo de la cueva, también.

Read Full Post »

Patriotismo No barato II

En fin, que nos habíamos quedado en que al terminar el 13 de septiembre de 1847 los gringos se encontraban ya en el umbral de la ciudad de México, habiendo derrotado a los mexicanos (aunque no con pocas bajas) en las batallas de Padierna, Churubusco, Molino del Rey y Chapultepec. Además hubo un difícil combate para tomar las garitas de la capital.

Mi general Santa Anna había decidido en consejo de guerra en La Ciudadela, a donde se habían replegado el resto de las tropas, que ya no valía la pena someter a la ciudad de México a los trabajos de la defensa y que ordenaba de inmediato evacuar la plaza. Habían salido en desorden al amparo de la noche rumbo al pueblo de Guadalupe Hidalgo, La Villa.

A la una y media de la mañana del 14 de septiembre una comisión formada por miembros del Ayuntamiento de la capital se encaminó valientemente hacia Tacubaya, donde estaba el cuartel del general Scott. Iban a pedir garantías para su ciudad, dado que el presidente de la república no les había dejado más órdenes de que le hicieran como pudieran.

Llegaron a eso de las cuatro al campamento norteamericano. Llevaban una capitulación donde decían que se rendían pero de mala gana, y una serie de puntos que esperaban los gringos se comprometieran a seguir; puntos que en resumen estipulaban que los invasores se sujetarían a las leyes mexicanas. Scott se negó rotundamente a firmar cualquier documento pero juró por su honor que respetaría las vidas y bienes de los mexicanos.

Muy temprano el mismo Scott entró a México con una buena parte de sus hombres, los cuales ocuparon la Plaza Mayor. Les observaban desde las ventanas, los zaguanes entreabiertos, las calles aún oscuras, cientos de ojos asustados e incrédulos que no podían aceptar lo que estaban viendo. Finalmente los yankees, que tal lejanos parecían, estaban frente a sus narices.

Poco antes de las siete de la mañana un soldado americano ondeó la bandera de las barras y las estrellas sobre la estructura de una estatua que nunca se construyó (el Zócalo) siento imitado por otro que hizo lo mismo desde lo más alto de Palacio Nacional, donde poco después se izó el lábaro estadounidense. Para entonces ya había amanecido y los ojos curiosos habían salido de sus escondrijos para situarse anonadados, un tanto furiosos, en las calles que antes habían sido suyas.

Cuando el general Scott apareció en el balcón para pronunciar algunas palabras, la multitud empezó a gritar toda clase de improperios e insultos, alzando los brazos amenazadoramente, agitándose.

Mientras tanto dos columnas, una lidereada por el general Worth y otra por el general Quitman entraron en la ciudad. Esta última es la que nos interesa. Se dirigía a la Plaza Mayor por la calle de Plateros (hoy Madero) cuando a la altura del callejón de López (¿? changos, y yo antes me sabía cuál era el callejón de López) una bala anónima, dirigida a Worth, impactó a uno de sus subalternos en la pierna. Los gringos de forma imprudente se metieron con violencia a la casa desde la cual creyeron había salido el tiro, castigando a sus habitantes. Y este fue el inicio de todo.

Como si se tratara de una señal aquellos mirones, gente común y corriente como nosotros, aterrorizada, furiosa, frustrada y enloquecida, se lanzó con sanguinarios instintos sobre los yankees, acorralándolos con la sorpresa. Rápidamente el alboroto se extendió y de todas partes comenzaron a salir mexicanos, de las casas, de los zaguanes, de los callejones, de las esquinas y plazas. Armados de palos, piedras, machetes y uno que otro con pistolas o fusil, cayeron sobre los americanos en un acto de defensa que nadie hubiera esperado de los capitalinos.Porque los habitantes de esta noble urbe en más de trescientos años sólo habían dado unas cuantas sorpresas al amotinarse contra virreyes, mientras que en los pocos años de vida independiente se habían limitado a suspirar cada vez que aparecía un pronunciamiento que obligaba a que dos bandos contrarios se bombardearan en medio de la ciudad.

Quién sabe qué fue. Tal vez fue patriotismo, tal vez fue odio, tal vez fueron patadas de ahogado, intentos desesperados de salvar sus vidas y bienes. De las azoteas de las casas llovían los adoquines que se habían mandado quitar semanas antes, así como piedras. En las calles se improvisaron barricadas, de la nada se formaron pequeños grupos conformados por licenciados, comerciantes, catrines, cargadores, artesanos y gente del pueblo en general que seguían espontáneamente a anónimos enardecidos portando banderas rojas, o negras, o incluso calzones de gringo ensangrentados.

Estos ciudadanos se les lanzaban encima con sus machetes o sus palos, los tiraban a pedradas de los caballos, les disparaban desde el anonimato y la protección de los edificios aledaños, desde las habitaciones de sus esposas, desde las entradas de sus comercios, al amparo de alguna fuente o zagúan que les sirviera como refugio. Vaguitos y muchachitos sin temor alguno se le encaraban a los americanos, retándolos y engañándolos, apedreándolos o echándoles cohetes.

Las mujeres derramaban agua hirviente desde sus balcones, o pedazos de loza, macetas, sus platos y tazas, cualquier cosa que encontraran incluyendo muebles que se iban a despedazar contra la calle descalabrando yankees. Otras tantas mujeres llevaban mensajes, agua, alimentos o municiones a los improvisados que combatían o bien abrían sus casas a los heridos. Y no faltaban las muchas que enfurecidas por la muerte de algún hijo, esposo, padre o hermano se salieran a la calle sin nada en las manos, acorralando gringos, echándoseles encima llenándolos de arañazos.

Frailes y sacerdotes arremangándose los hábitos, a pie o a caballo, en un brazo un estandarte de la Virgen y en el otro un cuchillo, palo o pistola, iban de un lado para otro en medio de la refriega gritando “¡Viva México!” a lo que sus fieros feligreses respondían con un “¡Viva!”

Las familias acomodadas colgaron de sus balcones banderas blancas, o de nacionalidades diferentes esperando hacerse pasar como ingleses, franceses o españoles para evitar el saqueo. Pero esto no le importó mucho a los yankees que de cualquier modo no dejaron de meterse en muchas casas para matar al padre, violar a la hija y pillar todo lo que pudieran. No fue esta conducta la de los oficiales y cuerpos regulares, sino la de los voluntarios que eran numerosísimos, gente bruta que se había enrolado por aventura o por codicia. Fueron estos voluntarios los que mayores disgustos causaron durante la guerra y la ocupación, pues nada respetaban, no conocían el honor sino sólo sus impulsos. Ellos mataron gente y persiguieron a los defensores, que escapaban junto con sus familias por las azoteas.

Por todas partes había escaramuzas, combates cuerpo a cuerpo, gringos despojados de todo y despedazados por nuestros compatriotas, así como mexicanos mutilados o moribundos que habían sucumbido ante las balas.

Cuando cayeron las tinieblas terminaron las revueltas. Las calles estaban llenas de muertos que nadie quería recoger por el puro miedo. Se escuchaban los gemidos de los heridos, en cada patio el llanto de aquellos que habían perdido un familiar o un amigo. Los sobrevivientes, hombres, mujeres,niños y ancianos encerrados en su hogares, no cenaron porque ninguna tienda había abierto sus puertas. Nadie quiso encender una luz, la ciudad de México estuvo a oscuras. Así transcurrió esa noche triste.

Apenas al amanecer el 15 de septiembre de 1847, el caos retornó. Tal vez convencidos de que la resistencia del día anterior habría de conmover a Santa Anna, quien estaba en Guadalupe Hidalgo, los capitalinos volvieron a las andadas. A las pedradas, los machetazos, los tiros de fusil, las emboscadas, el agua hirviendo.

Los ánimos se encendieron cuando en el transcurso del día corrió el rumor de que Santa Anna estaba a punto de volver. La llegada de un destacamento de dragones que fue despedazado por los norteamericanos parecía confirmar dicha idea. Los mexicanos esperaron una fuerza más numerosa pero esta nunca llegó.

El Presidente había sido efectivamente informado de que una resistencia espontánea se había llevado a cabo en la ciudad, pero al dirigirse a Peralvillo para evaluar la situación, dijo que se habían escuchado pocos disparos, insignificancias por las cuales no valía la pena molestarse.

Los yankees estaban furiosos y sorprendidos por lo que se habían encontrado. Una voz americana dijo que “los mexicanos celebraban bien su independencia”.

Así fue que el 15 las escenas del día anterior se repitieron. Pero a medida que menguaba el día, también empezaron a apagarse las energías de los defensores. Saber que el Presidente de la República, estando tan cerca no había hecho nada, fue desmoralizante. También ayudó un mensaje que había amanecido pegado en los muros de la ciudad, escrito por el alcalde de la misma, donde instaba a sus compatriotas a terminar con esa barbarie ya que no podía ofrecerle garantías a los gringos y por consiguiente Scott estaba amenazando con entregarla al pillaje (si ese no era pillaje, nada más imaginarse cómo sería el real pondría los pelos de punta a cualquiera…). Aparte recordemos que este era un movimiento espontáneo, sin organización, hecho por gente que estaba desesperada y realmente no sabía lo que hacía, mientras que las clases leídas y escribidas, aquellas capaces de darle rumbo prefirieron sentarse a esperar.

Lentamente los que quedaban vivos se metieron a su casas agujereadas por la metralla o los cañones; los que pudieron recogieron a sus muertos y heridos; los demás con ese suspiro característico cerraron sus zaguanes y volvieron a las sombras una vez más.

La noche del 15 al 16 transcurrió como la anterior, a oscuras, con hambre y lágrimas. No hubo ni gritos ni celebraciones ni ganas de hacerlo.

El 16 tuvo un amanecer sobre el Valle de México coronado con la bandera de los Estados Unidos de América ondeando sobre Palacio Nacional. ¿Qué humillación, qué frustración, que coraje y vergüenza habrán sentido los mexicanos, y los capitalinos en especial?Es difícil saberlo, pero alguna idea nos haremos al pensar que 161 años después este es un hecho que aún nos causa indignación, y a muchos los pone furiosos. Porque fue una guerra injusta, hecha por una nación que se aprovechó de las debilidades de otra. Y tal vez lo que de más coraje es que todo pasó por nuestra propia idiotez. A qué extremo se llegó que el que más arriesgó, se esforzó y puso todo en esta guerra fue el propio Santa Anna. Porque no hay que echarle la bola al bribón ese; para aquellos tiempos ya todo mundo sabía cómo era pero prefirieron dejarle la bronca a ver cómo la resolvía. ¿Quiénes fueron peores, él o los que lo llamaban para que les resolviera los problemas, liberales y conservadores?

Examinen a don Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón para encontrar todos sus defectos y virtudes y verán que es el perfecto mexicano, pero exagerado. Igual por eso a muchos les cae mal, no es más que un reflejo de sí mismos.

Esta es la increíble y triste historia de la defensa espontánea de la ciudad de México que realizaron sus habitantes, el 14 y 15 de septiembre de 1847. Un relato que bien valdría la pena contarle a todo el que se dejara, para que vean que la historia no sólo la hacen los señorones con nombre de calles sino también los anónimos como nosotros, esperando a formarla.

———

PD. 1. Sí, Juan Nepomuceno Almonte hijo de Morelos fue siempre un personaje con tintes conservadores, allegado a Santa Anna. Incluso llegó a ser Regente del Imperio Mexicano en tiempos de Maximiliano, pero esto nadie lo dice.

PD.2. La guerra contra Estados Unidos fue para ese país el primer gran conflicto llevado a cabo fuera de su territorio, su primer gran invasión. Allí se probaron jóvenes militares que después serían grandes estrategas de la Guerra Civil.

Los voluntarios cochinos y brutos que durante la ocupación violaron templos y se metían a las pulquerías serían de los primeros Marines en probar fuego enemigo a gran escala. Por si les quedaba duda he aquí la primer estrofa de su himno actual, el que cantan hoy en día en este momento

From the halls of Montezuma,
To the shores of Tripoli;
We fight our country’s battles
In the air, on land, and sea;
First to fight for right and freedom
And to keep our honor clean;
We are proud to claim the title
Of United States Marine.

Pues eso es todo, la ocupación es otro costal de harina bastante interesante, pues los gringos estuvieron diez meses en esta capital. Pero esa es oootra historia.

Read Full Post »

Older Posts »