Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘escrito quesque original mío’ Category

Mil disculpas por no haber posteado inmediatamente, pero ya saben, cosas de la vida.

—–


Las semanas transcurrieron en ardua actividad, mientras uno a uno los encargos se terminaban, entregaban y cobraban. Don Cristóbal de vez en cuando tenía obligaciones sociales que le hacian abandonar su trabajo durante algunas horas; generalmente su mujer lo presionaba para que se fuera a sentar a su lado mientras entretenía con chocolate y bizcochos a las visitas que le encantaba mantener en su casa.

Unas veces esto le parecía fastidioso, pero no faltaba la ocasión en que recibiera en su taller a viejos amigos. Tal era el caso de su otro compadre, un tal Pedro Palotes, maestro dorador, buen hombre que había tenido buenos clientes en el pasado pero que los había perdido gracias a su afición a la botella. Aunque alegre, se notaba en él la necesidad de obtener algún dinero. Su buen amigo Cristóbal no dudó en echarle una mano y antes de que pasaran tres días, fray Bartolín decidió que el marco en el cual se montara el lienzo de San Miguel sería encargado al taller del Maestro Pedro.

Los meses pasaron. Sería redundante decir cuánto se trabajó en ese tiempo. Mejor lleguemos a la parte donde San Miguel Arcángel recibió las últimas pinceladas que le otorgaron más gracia de la que ya de por sí tenía. El cuadro partió hacia el taller de don Pedro, donde recibió un primoroso marco de cedro con hoja de oro, con decoraciones vegetales, vides, hojas, flores, además de pequeñas cabezas de querubines. Los frailes alabaron durante años la destreza de la ejecución del tallado de las figuras; quién podría pensar que habían sido esos indios callados de ojos tristes, que con trabajos hablaban la castilla, los artífices de tan maravillosas primuras.

Un frío día de finales de Noviembre de 1709, con gran pompa y ostentación, la remodelada Iglesia de los Pepinianos  reabrió sus puertas a lo más selecto del Virreinato, celebrando una misa imponente. Allí estaban en primera fila representantes de otras órdenes, funcionarios del Ayuntamiento, nobles y miembros de la Universidad. Pero más importantes eran el Arzobispo y el Virrey que escucharon con devoción el sermón. Don Cristóbal los vió desde los últimos lugares, con la curiosidad de quien mira a un personaje de interés; sin embargo nunca se esperó que terminada la misa ambos guiados por fray Bartolín, se detuvieran a examinar el retablo principal y los cuadros que decoraban las capilla lateral. Se detuvieron por un par de minutos frente a su San Miguel; por la expresión que tenían en sus rostros -menos aburrida- nuestro Maestro dedujo que les había llamado la atención. Todavía estuvieron dentro de la iglesia por una media hora, cuando se despidieron con efusividad del prior de los Pepinianos que no cabía en sí de orgullo. En una carta enviada unos días más tarde, felicitaba muy entusiasta al pintor diciéndole que sin duda su cuadro había añadido gallardía a su templo.

Aquel triunfo obtuvo los resultados esperados. Pronto personajes tan acomodados como el Marqués de Testagrande le encargaron copias de su obra, pagando generosas cantidades por ello. También había peticiones más modestas, como la de un Bachiller que lo quería para su hacienda, o del párroco de Nopaltultepec que quería ponerla en su sacristía. Dependiendo de la importancia del que pagaba, nuestro Maestro ponía más o menos atención a cada una de las copias. Así, el trabajo para el Marqués fue casi completamente de hechura suya, con algunos elementos pintados por Tomás. Otros como el del Bachiller, se lo dejaba a su oficial para que hiciera una buena parte del mismo, y en cuanto al del párroco de Nopaltepec, era casi todo obra de Tomás, que imitaba tan bien su estilo que nadie nunca habría notado la diferencia. Si existían encargos aún más modestos lo más probable es que algún otro oficial del taller lo llevara a cabo  con la ayuda de algún aprendiz lo suficientemente experimentado. Cristóbal los supervisaba todo el tiempo,por lo cual nadie podría decirle que pecaba de perezoso, sino que  simplemente debía de relegar el trabajo a otros porque no se daba abasto.

Durante el resto del año el dinero llegó y llegó sin problemas. El día del cumpleaños de nuestro pintor éste organizó una alegre fiesta para celebrar la buena fortuna que había tenido últimamente. Invitó a sus compadres, a sus parientes, a sus colegas de oficio -algunos se morían de envidia, por eso mismo los quería allí- que degustaron de buena gana una incontable cantidad de carnes, frutas, fritangas, un par de cerdos y carneros, además de enormes cantidades de vino que corrían libremente por las gargantas. Ya entrada la noche alguien trajo unas cuantas guitarras y se improvisó un sarao que tuvo a todo mundo de bueno humor durante la madrugada.

Los oficiales y aprendices también asistieron, divirtiéndose de lo lindo. Ya entrado en alcoholes a don Cristóbal se le ocurrió que sería una buena idea anunciar sus intenciones de casar a su única hija viva, su única descendencia, con Tomás.  Pero suposo bien que ella se mortificaría de vergüenza ante sus amigas si lo hiciera en ese momento. No, era mejor esperar a que el joven pagara la cuota correspondiente, hiciera el examen para convertirse en Maestro y fundara su propio taller. Con su ayuda económica y moral, hablando bien de él con sus compañeros pintores, aunada a su propio talento -que tenía mucho, lo aceptaba- no tendría problemas en pasar la prueba. Y cuando eso sucediera, estaría en condiciones de casarse con su hija, que sería el eslabón de sangre que lo uniría por siempre a su taller.  Le era tan útil que estaba dispuesto a todo con tal de conservarlo, para que no se independizara y se fuera lejos. Si para eso había que casarlo con la pequeña María, la daba con gusto. De todos modos ya sabía que le estaría demasiado agradecido como para rechazar un acuerdo tan conveniente.

¿Qué pensaba Tomás? Sospechaba de las intenciones de don Cristóbal desde seis meses atrás, cuando por una razón u otra éste le echaba a la chica por delante, o le hablaba acerca de sus virtudes, o de la conveniencia de entrar en el estado matrimonial, a la par que  le comentaba lo bien que estaban trabajando los dos juntos, que esperaba que cuando fuera Maestro siguieran con tan buena relación, que allí siempre sería bienvenido, etc. Nuestro oficial era práctico; obtener el más alto grado en el Gremio había sido su ambición. Si debía casarse con una adolescente que no tenía malos bigotes -y con algo de buen humor hasta podía ser guapa- para entrar a la familia de Salazar, trabajando en conjunto con su futuro suegro, quien le daba estabilidad y renombre, hasta la muerte de éste -que esperaba sucediera en un tiempo conveniente- cuando heredara su taller…lo haría. Aunque a la próxima suegra esto le pareciera abominable.

¿Y qué decía la pequeña María? Ni tan pequeña. A los catorce años había visto morir a todos sus hermanitos de enfermedad o de frío. A veces se molestaba por no haber nacido hombre para continuar con la tradición artística de su padre y su abuelo.  Criada entre pintores esperaba casarse con uno, famoso por supuesto, que le regalara joyas y sedas. Fantaseaba con ser íntima de la Virreina. Tomás no era precisamente lo que esperaba, pero era talentoso, ambicioso, tenía el aval de don Cristóbal y ella esperaba que progresara incluso más que su progenitor. Así que por ella estaba bien.

——–

Conclusión.

En éste texto fantasioso pasado de lanza intenté mostrar todos los aspectos del trabajo del pintor en la Nueva España.  Quise plasmar lo difícil de este oficio, cuando en aquellos años los “artistas” eran considerados artesanos de mayor categoría. Si lo tomamos con un grano de sal, podemos considerar a estos pintores como los diseñadores gráficos de su tiempo. A través del lenguaje visual (cuadros) comunicaban a los espectadores el mensaje que los que encargaban querían transmitir (mover a la devoción, estar prontos a luchar contra el mal a través del ejemplo de San Miguel) al mismo tiempo que demostraban su estatus en la sociedad (los Pepinianos son mejores que los Jícamos porque tienen una mejor iglesia con mejores cuadros).  Si les iba bien, tenían trabajo para rato, lo que hacía que los Maestros  extendieran sus talleres, admitieran más aprendices y subieran a más oficiales, quienes los apoyaban en la producción de sus obras. Se les pagaba por hacer las cosas; dependía de su talento, de la manera de ejecutar los temas para complacer a sus “clientes” el éxito que pudieran obtener en vida. Se guiaban, “inspiraban” o basaban sus composiciones en creaciones del pasado, algo que los diseñadores de hoy en día también hacemos. Y le daban duro a su chamba.

También representé las relaciones de sangre yfamiliares que muchas veces unían a los miembros de los gremios. Sólo que esto sí ya no aplica en nuestros días, ¿o ustedes se casarían con otros diseñadores para compartir el trabajo?

Espero que les haya gustado este relato, y si no pues no me odien. Buenas noches.

Anuncios

Read Full Post »