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Archive for the ‘historia del arte’ Category

Ánima ubicado al costado sur de la Catedral Metropolitana, México
Ánima ubicado al costado sur de la Catedral Metropolitana, México

Para nosotros, habitantes del siglo XXI, científico y racionalista, el tema de la muerte se evita y oculta. Pero durante cientos de años la muerte fue una presencia cotidiana y familiar;  los desórdenes sociales, las frecuentes epidemias y las condiciones climatológicas que destruían las cosechas  sesgaban con frecuencia la vida de hombres, mujeres y niños de todas las edades y condiciones sociales.

En aquel ambiente, carente de  explicaciones racionales que permitieran comprender los desdichados eventos que sucedían, las personas hallaban consuelo en la religión. El Catolicismo alentaba la creencia de que esta vida era sólo un tránsito pasajero del alma, cuyo verdadero destino se encontraba más allá de la muerte. Es por ello que los sufrimientos pasados en el mundo eran sólo una prueba para gozar de la presencia de Dios, pero únicamente si se seguían los preceptos que la Iglesia había establecido. Dependiendo de la conducta llevada durante la vida cambiaba  el lugar al que el alma se dirigía una vez que hubiera abandonado el cuerpo.

En el Cielo uno se encontraría de la presencia de la Trinidad, la Virgen María, los Ángeles y los Santos. Sin embargo era casi imposible que cualquiera fuera allí inmediatamente al morir, incluyendo aquellos que se habían portado bien. Dicho privilegio sólo estaba reservado para los mártires y santos.

Al Infierno llegaban aquellos que hubieran muerto en Pecado Mortal (como el suicidio y el asesinato), sin haberse confesado, o los “herejes” (como los musulmanes). Se trataba de un lugar espantoso, donde los condenados sufrirían por toda la eternidad de torturas acordes con los pecados cometidos mientras ardían en el fuego que causaba más dolores que todos los males del mundo juntos.

El Purgatorio era una zona que se encontraba en medio de los dos. Era un lugar de purificación, en donde   pasarían una temporada las almas de quienes fallecían en pecado venial, como los chismosos, los glotones o los perezosos. Es decir, casi todo mundo.  El fuego del purgatorio causaba grandes dolores, había oscuridad por todas partes y sólo se escuchaban los quejidos de las ánimas en pena. Dependiendo de las faltas era el número de años que se pasaba allí, en cualquir caso se creía que no podían ser menos de unos miles. Al final de la penitencia las almas eran rescatadas por los ángeles, quienes las llevaban ante la presencia de Dios.

La existencia del Purgatorio fue reconocida por el Iglesia Católica desde el siglo XII, sin embargo se le dio un fuerte impulso y difusión a partir del Concilio de Trento (1545-1563) como parte de la Contrarreforma, un poderoso movimiento en respuesta a las acciones de Lutero.  Para evitar que los fieles cayeran en las garras protestantes se necesitaba reafirmar su fe por medio de pinturas y sermones, haciendo vívidos las delicias del cielo o los tormentos del infierno y el purgatorio. Lo segundo se consideró más efectivo, ya que el temor al castigo era mejor motivador que la promesa de una recompensa.

Nos ocuparemos del purgatorio, por ser un espacio que ha producido interesantes fuentes iconográficas.

EL PURGATORIO

Para los habitantes de América, especialmente la Nueva España, que vivieron en el último tercio del siglo XVI y finales del XVII, era casi un hecho de que al morir sus almas irían al purgatorio. No era un pensamiento reconfortante, ya que los sermones que daban los sacerdotes, con gran teatralidad, se encaminaban a hacer sentir e imaginar en carne propia las penurias que les esperaban.

El alma, se halla despeñada en aquel profundo abismo despedazada con la pena de sentidos:nadando en aquel tenebroso lago, de negras llamas, ciega, a oscuras, sin poder ver la cara de Dios su Padre…

Para reforzar dichos contenidos los pintores retrataban a las ánimas solas, purgantes, desesperadas, abrazadas por las llamas de la purificación. En dichas representaciones podemos ver a hombres y mujeres desnudos, con las manos unidas en actitud de rezo, rostros compungidos y generalmente con los ojos vueltos hacia arriba, ansiosos de reunirse con Dios.

Las imágenes de las ánimas podían encontrarse solas o dentro de la composición de un cuadro mayor. Un ejemplo claro es el que presenta a las tres Iglesias:La Purgante, donde están las almas; la Militante que es la que se encuentra en la tierra, compuesta por sacerdotes y fieles, y la Triunfante que tiene su asiento en el cielo y como jefe a Dios, Jesús y la Virgen.

Una vez que el tiempo de expiar los pecados había pasado, un ángel descendía al purgatorio para rescatar al ánima y llevarla hacia la Gloria.

La creencia popular atribuía a la Virgen del Carmen  la capacidad de “sacar” a las almas del Purgatorio. Para ello se necesitaba llevar el escapulario, y si se moría usándolo el alma sería liberada al siguiente sábado de su fallecimiento. Por supuesto que esto tenía que estar acompañado por una vida ejemplar, porque si se ponían
el escapulario únicamente para salir del purgatorio no tendría efecto.

Los pobres sufrientes no podían hacer nada desde su ubicación para mejorar su situación, así que todo dependía de la ayuda que podían obtener del mundo terrenal. Habían misas especiales generales donde se rezaba para que las ánimas terminaran con su penitencia lo más rápido posible. Y es que un alma podía acortar su tiempo de estancia en el purgatorio a través de obras pías, donaciones, y sobre todo misas. Era muy común en los testamentos de la época dejar cierta cantidad de dinero para la “celebración de misas por mi alma” ; los más acaudalados donaban sumas muy fuertes o bien establecían capellanías para que rezaran por ellos eternamente. Quienes comunmente realizaban tal servicio eran los Carmelitas, cuyo fundador, San Simón Stock había recibido la revelación del escapulario por medio de la Virgen.

También se podían comprar indulgencias, literalmente se pagaba para acelerar el proceso.

Aquellos que no eran tan afortunados rezaban por las almas de sus parientes, esperando acortar su tiempo de purificación.  Se creía que una vez que estuvieran liberadas, dichas almas intercederían por los vivos con Dios. Durante el siglo XVII éste culto se propagó y llegó a ser muy fuerte. Los sermones respecto a las ánimas se realizaban los lunes a las ocho de la noche, en iglesias sumidas en la semi oscuridad, dictados por un sacerdote que recreaba, con habilidad casi teatral, el ambiente que se sufría en el purgatorio. Algunos fieles reportaron haber recibido visitas de las almas de sus parientes muertos, quienes les rogaban que hicieran tal o cual cosa para poder ser liberados y ascender al Cielo. La sugestión estaba a la orden del día en una sociedad para la cual no había una gran diferencia entre lo natural y lo sobrenatural.

Con el tiempo y la llegada del racionalismo en el siglo XVIII, poco a poco fue disminuyendo el poder del purgatorio en el ánimo de las personas. Sin embargo creo que aún quedan reminiscencias del culto a las almas, ya que ¿no abundan historias de fantasmas que no pueden obtener el descanso eterno por alguna razón, y vuelven a la tierra a completar una misión? Tal vez el pasado nos persigue.

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Mil disculpas por no haber posteado inmediatamente, pero ya saben, cosas de la vida.

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Las semanas transcurrieron en ardua actividad, mientras uno a uno los encargos se terminaban, entregaban y cobraban. Don Cristóbal de vez en cuando tenía obligaciones sociales que le hacian abandonar su trabajo durante algunas horas; generalmente su mujer lo presionaba para que se fuera a sentar a su lado mientras entretenía con chocolate y bizcochos a las visitas que le encantaba mantener en su casa.

Unas veces esto le parecía fastidioso, pero no faltaba la ocasión en que recibiera en su taller a viejos amigos. Tal era el caso de su otro compadre, un tal Pedro Palotes, maestro dorador, buen hombre que había tenido buenos clientes en el pasado pero que los había perdido gracias a su afición a la botella. Aunque alegre, se notaba en él la necesidad de obtener algún dinero. Su buen amigo Cristóbal no dudó en echarle una mano y antes de que pasaran tres días, fray Bartolín decidió que el marco en el cual se montara el lienzo de San Miguel sería encargado al taller del Maestro Pedro.

Los meses pasaron. Sería redundante decir cuánto se trabajó en ese tiempo. Mejor lleguemos a la parte donde San Miguel Arcángel recibió las últimas pinceladas que le otorgaron más gracia de la que ya de por sí tenía. El cuadro partió hacia el taller de don Pedro, donde recibió un primoroso marco de cedro con hoja de oro, con decoraciones vegetales, vides, hojas, flores, además de pequeñas cabezas de querubines. Los frailes alabaron durante años la destreza de la ejecución del tallado de las figuras; quién podría pensar que habían sido esos indios callados de ojos tristes, que con trabajos hablaban la castilla, los artífices de tan maravillosas primuras.

Un frío día de finales de Noviembre de 1709, con gran pompa y ostentación, la remodelada Iglesia de los Pepinianos  reabrió sus puertas a lo más selecto del Virreinato, celebrando una misa imponente. Allí estaban en primera fila representantes de otras órdenes, funcionarios del Ayuntamiento, nobles y miembros de la Universidad. Pero más importantes eran el Arzobispo y el Virrey que escucharon con devoción el sermón. Don Cristóbal los vió desde los últimos lugares, con la curiosidad de quien mira a un personaje de interés; sin embargo nunca se esperó que terminada la misa ambos guiados por fray Bartolín, se detuvieran a examinar el retablo principal y los cuadros que decoraban las capilla lateral. Se detuvieron por un par de minutos frente a su San Miguel; por la expresión que tenían en sus rostros -menos aburrida- nuestro Maestro dedujo que les había llamado la atención. Todavía estuvieron dentro de la iglesia por una media hora, cuando se despidieron con efusividad del prior de los Pepinianos que no cabía en sí de orgullo. En una carta enviada unos días más tarde, felicitaba muy entusiasta al pintor diciéndole que sin duda su cuadro había añadido gallardía a su templo.

Aquel triunfo obtuvo los resultados esperados. Pronto personajes tan acomodados como el Marqués de Testagrande le encargaron copias de su obra, pagando generosas cantidades por ello. También había peticiones más modestas, como la de un Bachiller que lo quería para su hacienda, o del párroco de Nopaltultepec que quería ponerla en su sacristía. Dependiendo de la importancia del que pagaba, nuestro Maestro ponía más o menos atención a cada una de las copias. Así, el trabajo para el Marqués fue casi completamente de hechura suya, con algunos elementos pintados por Tomás. Otros como el del Bachiller, se lo dejaba a su oficial para que hiciera una buena parte del mismo, y en cuanto al del párroco de Nopaltepec, era casi todo obra de Tomás, que imitaba tan bien su estilo que nadie nunca habría notado la diferencia. Si existían encargos aún más modestos lo más probable es que algún otro oficial del taller lo llevara a cabo  con la ayuda de algún aprendiz lo suficientemente experimentado. Cristóbal los supervisaba todo el tiempo,por lo cual nadie podría decirle que pecaba de perezoso, sino que  simplemente debía de relegar el trabajo a otros porque no se daba abasto.

Durante el resto del año el dinero llegó y llegó sin problemas. El día del cumpleaños de nuestro pintor éste organizó una alegre fiesta para celebrar la buena fortuna que había tenido últimamente. Invitó a sus compadres, a sus parientes, a sus colegas de oficio -algunos se morían de envidia, por eso mismo los quería allí- que degustaron de buena gana una incontable cantidad de carnes, frutas, fritangas, un par de cerdos y carneros, además de enormes cantidades de vino que corrían libremente por las gargantas. Ya entrada la noche alguien trajo unas cuantas guitarras y se improvisó un sarao que tuvo a todo mundo de bueno humor durante la madrugada.

Los oficiales y aprendices también asistieron, divirtiéndose de lo lindo. Ya entrado en alcoholes a don Cristóbal se le ocurrió que sería una buena idea anunciar sus intenciones de casar a su única hija viva, su única descendencia, con Tomás.  Pero suposo bien que ella se mortificaría de vergüenza ante sus amigas si lo hiciera en ese momento. No, era mejor esperar a que el joven pagara la cuota correspondiente, hiciera el examen para convertirse en Maestro y fundara su propio taller. Con su ayuda económica y moral, hablando bien de él con sus compañeros pintores, aunada a su propio talento -que tenía mucho, lo aceptaba- no tendría problemas en pasar la prueba. Y cuando eso sucediera, estaría en condiciones de casarse con su hija, que sería el eslabón de sangre que lo uniría por siempre a su taller.  Le era tan útil que estaba dispuesto a todo con tal de conservarlo, para que no se independizara y se fuera lejos. Si para eso había que casarlo con la pequeña María, la daba con gusto. De todos modos ya sabía que le estaría demasiado agradecido como para rechazar un acuerdo tan conveniente.

¿Qué pensaba Tomás? Sospechaba de las intenciones de don Cristóbal desde seis meses atrás, cuando por una razón u otra éste le echaba a la chica por delante, o le hablaba acerca de sus virtudes, o de la conveniencia de entrar en el estado matrimonial, a la par que  le comentaba lo bien que estaban trabajando los dos juntos, que esperaba que cuando fuera Maestro siguieran con tan buena relación, que allí siempre sería bienvenido, etc. Nuestro oficial era práctico; obtener el más alto grado en el Gremio había sido su ambición. Si debía casarse con una adolescente que no tenía malos bigotes -y con algo de buen humor hasta podía ser guapa- para entrar a la familia de Salazar, trabajando en conjunto con su futuro suegro, quien le daba estabilidad y renombre, hasta la muerte de éste -que esperaba sucediera en un tiempo conveniente- cuando heredara su taller…lo haría. Aunque a la próxima suegra esto le pareciera abominable.

¿Y qué decía la pequeña María? Ni tan pequeña. A los catorce años había visto morir a todos sus hermanitos de enfermedad o de frío. A veces se molestaba por no haber nacido hombre para continuar con la tradición artística de su padre y su abuelo.  Criada entre pintores esperaba casarse con uno, famoso por supuesto, que le regalara joyas y sedas. Fantaseaba con ser íntima de la Virreina. Tomás no era precisamente lo que esperaba, pero era talentoso, ambicioso, tenía el aval de don Cristóbal y ella esperaba que progresara incluso más que su progenitor. Así que por ella estaba bien.

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Conclusión.

En éste texto fantasioso pasado de lanza intenté mostrar todos los aspectos del trabajo del pintor en la Nueva España.  Quise plasmar lo difícil de este oficio, cuando en aquellos años los “artistas” eran considerados artesanos de mayor categoría. Si lo tomamos con un grano de sal, podemos considerar a estos pintores como los diseñadores gráficos de su tiempo. A través del lenguaje visual (cuadros) comunicaban a los espectadores el mensaje que los que encargaban querían transmitir (mover a la devoción, estar prontos a luchar contra el mal a través del ejemplo de San Miguel) al mismo tiempo que demostraban su estatus en la sociedad (los Pepinianos son mejores que los Jícamos porque tienen una mejor iglesia con mejores cuadros).  Si les iba bien, tenían trabajo para rato, lo que hacía que los Maestros  extendieran sus talleres, admitieran más aprendices y subieran a más oficiales, quienes los apoyaban en la producción de sus obras. Se les pagaba por hacer las cosas; dependía de su talento, de la manera de ejecutar los temas para complacer a sus “clientes” el éxito que pudieran obtener en vida. Se guiaban, “inspiraban” o basaban sus composiciones en creaciones del pasado, algo que los diseñadores de hoy en día también hacemos. Y le daban duro a su chamba.

También representé las relaciones de sangre yfamiliares que muchas veces unían a los miembros de los gremios. Sólo que esto sí ya no aplica en nuestros días, ¿o ustedes se casarían con otros diseñadores para compartir el trabajo?

Espero que les haya gustado este relato, y si no pues no me odien. Buenas noches.

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Pues como ya mencioné en el post anterior, decir “artista” hace unos cuantos siglos implicaba, sí talento pero además mucho trabajo organizado y matado que no obedece al ideal que tenemos hoy en día de estas personas como seres atormentados tocados por la inspiración.

En la Nueva España como en el resto del mundo, al menos en lo que se refiere a la pintura, la actividad “artística” estaba regida por la organización medieval del Gremio. Ésta era una especie de institución que agrupaba a gente que se dedicaba a lo mismo; había un gremio de armeros, de plateros, de escultores, etc. Una de las figuras principales del Gremio, si no la base, era el Maestro, un experto en su oficio que tenía un taller a su cargo donde trabajaban oficiales y aprendices.  Éllos eran el eslabón más bajo de la “cadena alimenticia” , niños y adolescentes a los cuales se les enseñaba a trabajar; a medida que aprendían podían llegar a ser oficiales, y éstos, Maestros en sí mismos siempre y cuando pasaran un examen aparte de pagar una cuota.

Para ejemplificar esto me tomé la libertad de crear una historia con personajes ficticios, ubicada en la ciudad de México. ¿Porqué 1709? No sé, ese año me gustó.

——Un cuadro del Pepino (nombre sujeto a cambios o sugerencias)——

En una fría mañana del año de 1709, el maestro don Cristóbal de Sandoval no ponía atención a la misa, y con riesgo de condenar su alma no dejaba de pensar en la cita que tendría más adelante con  el Prior del convento de la orden de los Pepinianos.  De modo que en cuanto el cura los libró de sus obligaciones religiosas, salió con rapidez de la iglesia y se dirigió a su hogar que quedaba a tan sólo tres casas de la misma. Impacientemente devoró el desayuno consistente en panes, carnes y chocolate mientras su mujer le recriminaba sutilmente su aire distraído de esa mañana, pero como solía suceder desde hace unos quince años, no le puso atención. Acto seguido se dirigió al cuarto que hacía las veces de estudio, tomó la carta repasando los destalles, se ciñó la espada, se ató la capa, se puso el sombrero y salió a la calle.

Recorrió un par de cuadras esquivando los charcos de agua puerca de la ciudad, así como a los vendedores de todo tipo de mercancías y a los ociosos que se paseaban. Rápidamente llegó al convento de San Pepino, que era uno de los más importantes de la ciudad. El prior lo recibió todo amabilidad planteándole el asunto mientras degustaban algunos dulces enviados como regalos por las santísimas monjas Caramelas.  Resultaba que, como era de dominio popular, se estaba remodelando una capilla lateral de la iglesia de los Pepinianos; el retablo ya se estaba construyendo pero había que decorar algunas paredes y el prior, conocedor del trabajo del maestro, quería que éste elaborara un cuadro de San Miguel Arcángel derrotando a Satanás.

De haber sido más joven, don Cristóbal habría saltado a sus brazos por pura alegría, pero a su edad ya había aprendido a templar su carácter, así que luego de agradecer la oportunidad moderada y efusivamente a la vez-un arte que pocos dominan- acordó reunirse posteriormente con fray Bartolín -que así se llamaba el ilustre personaje-  para elaborar un contrato. En esos menesteres estuvo toda la semana, entrando y saliendo de su casa que también albergaba su taller, llevando a un compadre que era Licenciado, negociando los términos en que se llevaría a cabo el encargo, los pagos, los detallitos, la letra chiquita y demás. Una vez firmado el documento nuestro maestro se puso a trabajar, no sin antes recibir de muy buena gana un generoso adelanto por parte de su nuevo cliente.

Con éste dinero en la mano mandó a llamar a Tomás, que era su oficial preferido. Con tan sólo 20 años,  se había convertido en la mano derecha de don Cristóbal, quien confiaba en él plenamente, o al menos tanto como se podía en el hijo segundón de una india cacique y un español con trazas de moro*. Aún recordaba cuando se lo trajeron hace casi diez años, todo él un manojo de nervios y torpeza, pero el maestro había visto algo en él que lo llevó a enseñarle con particular atención. Tal interés había rendido sus frutos, ya que el joven  le era muy útil, podía delegar en él responsabilidades que no habría dejado a ningún otro, ni siquiera a oficiales de mayor edad. A él le ordenó mandar a preparar el lienzo sobre el cual habría de pintar, además de supervisar  la creación de los pigmentos en lo que el Maestro le daba los toques finales a encargos que ya tenía atrasados, como una Inmaculada para una iglesia en Oaxaca o una Dolorosa para los jesuitas de Santa Lucía. También tenía atorada una serie de pinturas que versaban sobre los siete Dolores de la Virgen, pero como los que se la habían encargado (los de la Cofradía del Chocorol) eran bastante necios para pagar y soltar dinero decidió suspender el proyecto hasta que todo se arreglara.

También sacó su colección entera de estampas y grabados, los cuales le servirían de referencia a la hora de crear la pintura.Para la cabeza de San Miguel eligió una de una estampa flamenca, para el cuerpo, otra pero italiana y para la Satanás separó una de un grabado español. El fondo sería negro con nubes iluminadas por una luz divina, lo usual.

En pocos días estuvieron listos el lienzo, las pinturas y los pinceles, elaborados por los aprendices que trabajaban en el taller.  Fueron éstos, junto con los oficiales, quienes detuvieron sus actividades por un instante para observar en silencio cómo él con toda su autoridad daba la primera pincelada. Estuvo unos segundos dudando, concentrándose a pesar de tener el boceto en la mano. Luego, simplemente comenzó. Los demás mirones suspiraron, aliviados, se rascaron la espalda o se sacaron un moco, y volvieron a su trabajo.

Las semanas pasaron. Don Cristóbal empleaba la mayor parte del día en San Miguel porque se trataba de un encargo muy importante que tal vez le abriría las puertas a mejores oportunidades. Nadie se atrevía a molestarlo a menos que fuera muy necesario. Debido a esto las figuras empezaron a aparecer rápidamente en la tela, una mañana se perfilaba el rostro, se insinuaba suavemente y en la tarde adquiría ya facciones. Poco a poco se le agregaban las luces y las sombras, se moldeaban los labios y los ojos, los rubios bucles que caían a sus lados. Lo mismo pasó con el poderoso torso, los musculosos brazos que blandían la lanza, o las brillantes alas. De Satanás ni hablar, fue pintado con tal maestría que la sirvienta de don Cristóbal se sobresaltó al verlo. Él se sonrio, sin duda a fray Bartolín le iba a gustar.

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Como ésta entrada ya se extendió, dejemos la conclusión para mañana.
*es lo que pensarían en aquel entonces criollos como Cristóbal, no es lo que pienso yo

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En otro día en mi ociosidad me acordé que en la Universidad tuve uno de esos típicos compañeritos de diseño que querían hacer todo de manera “artística” y “conceptual”. O sea que hacía cada jalada extraña cuando podía, sin importar que el diseñito que creara tuviera algo que ver con la necesidad que se supone debería resolver (p. ej. una caja de cereal). Los que estudiaron diseño ya habrán identificado a éste tipo de personajes, que más bien se malviajaban por ir a La Esmeralda pero como no lo lograron se metieron a la carrera y no comprendieron dónde andaban y siempre tuvieron problemas por eso.

Nosotros vivimos en la concepción romántica del artista, a saber, un sujeto que vive en las más extremas y terribles condiciones, atormentado, desaliñado, genial y loco que se la pasa sufriendo por no poder crear hasta que un día tiene una chispa de inspiración, trabaja incansablemente sin comer ni dormir hasta que termina su obra. Luego con muchas dificultades la exhibe, recibe la crítica no siempre favorable, sufre por no ser comprendido y después de mucho tiempo alguien se da cuenta que sus creaciones son la gran cosa, lo presentan en todos lados y vive feliz (entre comillas) para siempre. En pocas palabra, hace lo que se le pega la gana y el mundo puede irse al diablo por no entenderlo.

Sin embargo después de haber leído e investigado sobre la historia del arte, he llegado a la conclusión que en realidad, ésta estampa que tenemos no es mas que algo bastante reciente y que durante muchos siglos los que llamamos “artistas” han desempeñado su labor impulsados más por el esfuerzo, la constancia y la dedicación, aparte de la necesidad monetaria, que por la llamada “inspiración”.

Tomemos de ejemplo a Miguel Ángel. El sujeto no pintó la Capilla Sixtina porque sintiera la imperiosa necesidad de hacerlo. Era su trabajo, su empleo, su chamba que alguien le había encargado, en éste caso la iglesia.  Alguien le pagó para que decorara esa Bóveda; la manera en que lo hizo se puede leer de distintas maneras pero el resultado es tan monumental y hermoso que simplemente no podemos evitar admirar al hombre que creó tal escena.


Tomemos el caso de otro personaje que es el máximo ideal de artista considerado por Hollywood y los creadores de Bets Sellers: Leonardo Da Vinci ¿De qué vivía?¿De inventar artefactos que no servían o de despanzurrar cadáveres para ver qué tenían adentro? ¡Pues de hacer chambitas! Pintando para la Iglesia, haciendo retratos de los cortesanos que rodeaban a su patrón Ludovico Sforza o diseñando las fastuosas fiestas que éste daba de vez en cuando. Después se daba tiempo de hacer lo que le interesaba, pero mientras tanto a darle a la pintura, con la cual, hay que admitir, llegó a alturas insospechadas gracias a su talento.

Podría sacar más ejemplos, pero si estudiamos un rato a los pintores entre los siglos XVI al XVIII podemos encontrar una constante sin importar nacionalidad. Un pintor era un hombre al cual cierta entidad, ya sea un personaje o una institución -generalmente la Iglesia- le pagaba para producir una obra que le serviría para ser exhibida ante un público. Dicha obra transmitiría algún tipo de mensaje al expectador, ya que no se trataba de un objeto meramente decorativo de carácter anecdótico. Por ejemplo, la nueva y pujante burguesía de los Países Bajos  le pagaba a alguien para retratar a los miembros de las corporaciones  comerciales, vistiendo severos ropajes que daban cuenta de sus valores morales y religiosos, pero a la vez reflejando la riqueza de sus encajes, joyas y viviendas. No se quedaban conformes con preservar para la posteridad las facciones de sus integrantes, sino la importancia que ellos tenían para la sociedad en que vivían, expresada a través de la imagen.

O la Ilgesia española encargaba una gran obra donde se mostrara la grandiosidad y majestad de Dios y del Papa que era su emisario en la tierra, para que los que iban a los templos no sintieran la inquietud de escuchar las habladurías de los herejes protestantes.

En fin, que los pintores de aquellos tiempos eran hombres que se tomaban muy en serio su trabajo, sin importar de dónde fueran.  Su labor era, como dijo Edison “90% transpiración, 10% inspiración”. Se les empleaba para resolver la necesidad de comunicación gráfica de sus “clientes”. ¿Les suena familiar?

¿Y en la Nueva España, qué pasaba? Eso lo veremos en nuestra próxima entrada.

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